El egoísmo no tiene límites. Para disimularlo los hombres inventaron la cortesía. Para regularlo y contenerlo, instituyeron el Estado.

Schopenhauer.

En las últimas tres décadas hablar de la gobernabilidad se ha convertido en un tema colectivo que se ha desarrollado bajo tres grandes elementos: eficacia, estabilidad y legitimidad en cuanto al funcionamiento del sistema político. Dichas aristas han permitido definir al proceso de gobernabilidad como un sistema de arreglos institucionales, con sus pertinentes incentivos selectivos y colectivos, que dota a los diferentes actores políticos y sociales de un marco común de acuerdos para la convivencia necesaria e indispensable en una sociedad.

Se dice que el término gobernabilidad fue bautizado en el siglo XIX por el constitucionalista inglés Walter Bagehot quien identificaba al orden y a la obediencia como elementos de la cultura política y los asociaciaba bajo el anglicismo governability. Durante la mayor parte del siglo XX fue un término poco utilizado y sustituido por el debate en cuanto a la dicotomía socialismo-capitalismo y las formas de mando, de gobierno, que emplearon dichos sistemas.
La crisis del estado de bienestar y la consecuente emergencia social vivida en la séptima década del siglo XX fueron elementos cruciales para la recuperación y reoperacionalización del término gobernabilidad. Fue en los trabajos de la Comisión Trilateral del Banco Mundial encabezados por Michel Crozier, Samuel Huntington y y Joji Watanaku donde se reincorporó oficialmente a la academia y al debate político dicho vocablo.

En nuestro castellano, la palabra gobernabilidad es reciente, dado su origen y generalización en inglés, el término fue aceptado oficialmente por la Real Academia Española (RAE) hasta el año 2001. La acepción establecida por la RAE es que la gobernabilidad es una cualidad de gobernable, es decir, la manera u forma en que se puede ser gobernado. Dicho término implica una primera observación sobre la definición restringida que se elaboró: se establece una relación de obediencia pero no se explícita el papel y definición operativa de aquel que tiene la capacidad de gobernar.

En la ciencia política se han vertido una cantidad de acepciones bajo la moda de la corriente neoinstitucional. En este sentido, Antonio Camou la define como un estado de equilibrio dinámico entre el nivel de las demandas sociales y la capacidad del sistema político para responderles de manera efectiva y legitima. Por su parte, Manuel Alcántara entiende por gobernabilidad aquella situación en que concurre un conjunto de condiciones favorables para la acción de gobierno de carácter medioambiental o intrínsecas a éste. Añade que por ingobernabilidad nos referimos a una situación disfuncional que dificulta la actividad y la capacidad gubernamental.

Ambos términos reflejan un diseño operativo y condicionante de elementos que favorecen la aparición de un estado equilibrado. Michael Coppedge establece cinco condiciones que favorecen la aparición de dicho estado: a) la capacidad y el deseo de todos los grupos políticamente relevantes para comprometerse con algún tipo de arreglo institucional que sirviese para dirimir sus diferencias; b) la aceptación de compromisos institucionales democráticos que confieren gran peso a los grupos de masas políticamente relevantes (básicamente los partidos políticos) por parte de aquellos otros de carácter más elitista (Iglesia, empresarios, militares, etc.); c) la aceptación de arreglos que permitan la representación efectiva de estos últimos grupos por parte de la clase política elegida; d) la efectiva representación de los ciudadanos por esta clase política elegida; e) la creación y el mantenimiento de mayorías que funcionen basados en criterios partidistas como consecuencia de decisiones tomadas por la clase política.

La concreción de las condiciones que permiten la existencia de la gobernabilidad no podría ser observada y analizada si la voluntad de los individuos no existiese para llegar a tales acuerdos y arreglos de convivencia. En este sentido, la obra que me permito presentar, es sin duda una propuesta erudita que intenta comprender no los arreglos colectivos sino el comportamiento y las motivaciones individuales que lleva a los actores políticos y sociales a generar puntos de encuentro y desencuentro.

El Dr. Márquez Muñoz nos ofrece un texto interdisciplinario que vincula los conocimientos de las distintas disciplinas de las ciencias sociales (filosofía, ciencia política, sociología, economía e historia) con el fin de obtener una explicación del papel de la envidia en la gobernabilidad.

La envidia como variable dependiente de estudio de la gobernabilidad es sin duda una apuesta por las cualidades de aquellos que gobiernan, no de los que son gobernados. En Las claves de la gobernabilidad se nos invita, con un léxico sencillo y claro, a dar ese salto histórico y comprender los procesos de gobierno, buen gobierno y gobernabilidad desde los primeros teóricos de la ciencia política.

La existencia de un repaso intelectual sobre el concepto de envidia y gobierno son hoy más que bienvenidos en la arena académica. Lejos de medir con indicadores cuantitativos a la gobernabilidad, el texto asume un compromiso histórico por revisar y establecer una tipología de la envidia y su relación con la política. Así descubrimos el carácter sacro, temible, banalizado e ideológico de la envidia. Asimismo, nos responde en cuanto al origen del sentimiento estableciendo una triple caracterización de dicha génesis: holista, individualista y de embotamiento. Establece la importancia crucial del concepto de escasez como catapulta de la envidia en los seres humanos.

El último enfoque del apartado teórico del libro asume la importancia de la construcción del mundo político moderno a partir de un análisis de cuatro épocas de la sociedad: Medievo, renacimiento, siglo XVII y la modernidad. En estas cuatro etapas se caracteriza el papel de la envidia y su relación con el medio político y social.

Una de las preguntas claves a las que nos invita el libro es a respondernos qué sería de la política sin la envidia. ¿Es esta última un motor de imitación, crecimiento y desenvolvimiento de los actores por obtener mayores beneficios selectivos o colectivos? No vislumbro un juicio positivo o negativo de la envidia, me permito vislumbrarla como un acto natural del cual los seres humanos no podemos dejar a un lado fácilmente. Se puede ser más o menos envidioso pero el sentimiento siempre está presente.

Bienaventurados son los textos que nos permiten desentrañar el funcionamiento de los sistemas políticos y de sus instituciones. Nos ayudan a aclarar y diseñar nuevos modelos desde un enfoque estructural, funcional y sistémico, pero lo que es cierto, es la necesidad de replantear el papel del individuo frente a las nuevas adversidades políticas. No se trata solamente de buscar equilibrios o mejores soluciones para una sociedad determinada sino de entender primero la complejidad de la sociedad post-contemporánea en la que vivimos a partir de una serie de rasgos de comportamiento de los individuos.

La historia nos permite entender nuestros orígenes y desarrollo como sociedad pero las crisis sociales existentes son nuevas oportunidades para entender al individuo frente a esos nuevos escenarios. ¿Cómo funciona la envidia en estos nuevos paradigmas? He ahí una pregunta pendiente para un siguiente ensayo inteligente –nuevamente- de nuestro amigo y profesor Jorge Márquez.
Politólogo. Twitter: @rodianrangel