Recuerdo perfectamente las palabras de aquel novio que tuve en la universidad: eres peligrosa con esos tus libros bajo el brazo, puedo entender qué está pasando por tu cabeza y corazón según el autor que estés leyendo. Se refería a Rayuela, La insoportable Levedad del Ser y, por supuesto a los poemas de Sabines.

Leer nos completa. Cuando un libro tiene el descuido de llamarnos en una librería, en una biblioteca o en nuestro librero, nos invita a caminar de la mano en la imaginación y la explicación del modo de ver el mundo de los autores, de inventar y recorrer lugares, épocas, senderos, espacios que creeríamos inexistentes. Creo que por eso me parece incomprensible que el día de hoy, no se lea.

La semana pasada recibí los trabajos de cierre de semestre de la materia Métodos de Investigación Jurídica de la Universidad, sobra decir que es una materia que de verdad me costó trabajo, considerando dos factores principales: por un lado, lo numeroso del grupo. Trabajar de manera directa y con asesorías programadas con 40 muchachos es un verdadero reto, en lo que agendan, escriben, corrigen y elaboran herramientas cuantitativas de investigación se me acababa el tiempo y un poco la paciencia, pero esa era más bien por la segunda razón: no leen ni por equivocación y están habituados a copiar y pegar la información de los trabajos de páginas de internet publicados por otras personas con anterioridad.

Independientemente de la explicación y tarea con relación al plagio y los derechos de autor (por algo son futuros abogados) lo más difícil para mí fue intentar orientarlos a encontrar una pregunta de investigación, un planteamiento del problema, precisar objetivos y realizar hipótesis. ¿La razón? considero que se debe a que como no ejercitan la capacidad asertiva de la lectura, no saben qué, cómo, dónde y por qué preguntarse las cosas que pasan alrededor y si son o no las más adecuadas.

Giovanni Sartori en Hommo Videns refiere precisamente este vacío al permitir que las personas vean el contenido de las noticias televisadas en lugar de hacerlo directamente en el periódico, utilizando para tal efecto la palabra “desempleo” y del análisis que realiza ejemplifica con bastante claridad y simpleza cómo nos acostumbramos a ver los efectos pero no a cuestionarnos los orígenes de lo que nos sucede.

Hago toda esta reflexión porque creo que, como siempre, todos tenemos en parte responsabilidad de nuestras acciones, y en esta caso es bien compartida con quienes nos inculcan hábitos desde pequeños. Últimamente hay una campaña televisiva (¿lo pueden creer?) que pide a los padres de familia le dediquen veinte minutos de lectura compartida con sus hijos. El trasfondo es realmente bueno, difícil de entender y cuestionable tal vez en cuanto de dónde viene, pero creo que si estamos hablando de una generación que esperamos tenga la capacidad, motivación e impulso de orientar soluciones por sus medios, debemos de obligatoriamente inducirlos a conocer, descubrir, investigar, cuestionar todo lo posible y encontrar soluciones… todo eso se logra con la lectura y, como diría mi amiga Mónica la brillante arquitecta que conozco, las matemáticas.

Además, también ese ánimo que nos despierta la imaginación, el poder a través de la lectura realizar los esquemas mentales que nos hagan conocer lugares reales o imaginarios estimulan también nuestra capacidad de creación y, sobre todo, nos hace desarrollar la inventiva y la multiplicidad de respuestas que se pueden ocurrir a cualquier pregunta, sean o no realizables.

Y, para cerrar, habría que ver lo que dice Einstein: “La imaginación es más importante que el conocimiento”.

Licenciada en Derecho por la UNAM y tiene una Maestría en Administración Pública por la Universidad Autónoma de Chiapas. Ha trabajado en diversas instancias gubernamentales y ha sido docente de universidades privadas.