El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) ha impulsado leyes a favor del derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y a favor del reconocimiento de las sociedades de convivencia como resultado del movimiento social español que lleva décadas luchando por estos derechos.

La postura de la Iglesia Mexicana respecto a la derrota del PSOE en las más recientes elecciones en España por esta causa no es más que un absurdo intento de manipular a la población y amenazar, de cara a las elecciones de 2012, al gobierno de izquierda del Distrito Federal, que también ha legislado por el pleno reconocimiento de dichos derechos.

La apabullante derrota que sufrió el PSOE, que va más allá de señalamientos tan maniqueos, es un tema que nos concierne y que debemos analizar.

El movimiento social de izquierda salió a las calles para exigir al gobierno un cambio de rumbo en el sistema económico neoliberal y con ello una democracia real, es decir incluyente donde quepan todas y todos. La debacle del PSOE tiene una razón muy concreta: que sus demandas no se vieron reflejadas en la plataforma electoral del Partido y que como gobierno, si bien ha avanzado en el camino hacia el reconocimiento de derechos civiles, no ha sido capaz de modificar el rumbo y garantizar los derechos económicos del grueso de la población.

Ante los ojos de un alto número de la población, el PSOE se muestra tan similar a la derecha que dejaron de verlo como opción y prefirieron salir a las calles.

Grave error de la izquierda electoral resulta recorrerse al centro, pero más grave aún volverse administradores de la crisis neoliberal. Una izquierda tan similar a la derecha no contribuye a los procesos de permanente transformación de las sociedades, por lo que no tiene razón de ser y ese mensaje lo está dando hoy la juventud española; justo a tiempo en España para las elecciones presidenciales y una postura muy pertinente para todas las naciones que padecemos los estragos del neoliberalismo.

Las y los jóvenes nos negamos a quedarnos sin futuro, sin sueños, sin aspiraciones. Una vez más nos negamos a reconocer en lo habitual algo natural, algo imposible de transformar.