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¿Qué nos falta ver?, preguntaba hace unos días a un antiguo amigo cuya capacidad de asombro pareció agotarse, una vez más –y tal porque en varias ocasiones me lo ha repetido-, con la renuncia al Papado de Joseph Ratzinger. En seis décadas de vida no había podido atestiguar un episodio similar; tampoco en seiscientos años. Y ahora, con simplismo que revela cuál sería la única tragedia para la juventud de nuestra era, seguramente la desaparición del mundo cibernético con cuanto contempla el mismo incluyendo el twitter tejido a la piel y el facebook cosido a la conciencia de la soledad, que unen y separan con idéntica medida, convertidos estos instrumentos no sólo en una ruta excepcional para la comunicación entre los seres humanos libres de ataduras como una vía de escape, precisamente, para la soledad. Y en esta coyuntura de los tiempos modernos acaso recala la enorme confusión acerca de nuestra real perspectiva hacia el futuro inmediato.

Una muestra es suficiente para entender la paradoja en el neurálgico presente mexicano: cuando más se estima la urgencia de llenar los vacíos de poder, legados de una derecha tan negligente como incapaz, comienzan a surgir las llamadas policías “comunitarias” en los pueblos y villas -en principio en Oaxaca-, donde no ha sido posible detener el flagelo del crimen organizado, los abusos de los militares contra la población indemne y, sobre todo, la incapacidad policíaca para asegurar el orden, la concordia y la paz en las mismas. Esto es: si el gobierno no hace su tarea fundamental, precisamente la preservación de la tranquilidad pública, entonces la sociedad no tiene otro remedio que recurrir a su propia capacidad para defenderse; una teoría, por cierto, no muy alejada de la que sostienen, en Estados Unidos, las multimillonarias empresas ligadas a la industria de las armas –y al mercado negro de las mismas, mucho más productivo cuando se extiende hacia regiones con mayor calado contra la cultura occidental-, cuya arenga a favor de la libertad constantemente es desmentida por los hechos cruentos en los que las víctimas suelen ser escolares, es decir los más indefensos entre una comunidad convertida en rehén de los violentos.

 

 

En México, como hemos reseñado desde hace largos años, se ha ido perdiendo la fe en la justicia; este columnista dejó de creer en ella en 1986 por motivos personales que he debido hacer públicos. Y la fobia tiene dimensiones alarmantes en cuanto a que, en la mayor parte de los casos, se opta por no denunciar los abusos para no caer en las garras de quienes aseguran harán su trabajo a favor de la equidad y la paulatina reincorporación de las víctimas paralelas –familiares, amigos, compañeros de trabajo- tras el rastro de cuantos quedan sin voz para reclamar el bien más preciado: el de la existencia. Es entonces cuando deben plantearse las razones del escepticismo general, del cansancio cívico y, sobre todo, del imperativo de tomar la ley y la justicia por propia cuenta. No es lo deseable… pero a nadie puede negársele el derecho a sobrevivir.

Es todo un desafío para la naciente administración de Enrique Peña Nieto cuyo arranque notable sufrió un severo atorón en enero que prosigue en febrero. No se anima a pasar de las palabras a los hechos, acaso aconsejado por quienes tienen temor de ser blancos de los daños colaterales. No es poco el miedo que se percibe en los corrillos de la alta política a sabiendas de las infiltraciones –muy redituables en términos económicos y de poder-, a un amplio sector de la clase política, sin exceptuar partido alguno, que juega a la contra camuflada en una supuesta fidelidad de principios cuando son los primeros mercenarios dispuestos a medrar con ellos. Casos abundan, como el del tránsfuga Bartlett, el “sin madre” que pasó de ser represor de la izquierda en pro de un “presidente fuerte” y no legal –en tiempos del nefasto difunto De la Madrid-, a la condición de defensor de revoltosos y experto en cuestiones energéticas cuando fue incapaz, en su momento, de impedir el avance de las transnacionales precisamente durante el sexenio en el que México dejó hacer, dejó pasar, a los grandes consorcios del exterior sin dificultades para adueñarse de los rubros estratégicos. ¡Cuánto bien le hace a este personaje la amnesia colectiva!

En la misma medida, no son pocos los ex priístas que surcan el vuelo defendiendo los extremos. Los hay de todas las medidas: desde Ricardo Monreal Ávila, belicoso tribuno con escaso sentido de su responsabilidad como representante de la soberanía popular y no de un solo personaje, en este caso López Obrador, hasta Diódoro Carrasco, el “cacique junior” como loe llamó Porfirio Muñoz Ledo, aterido a la derecha como refugio sin el menor rasgo de ideología y de sentido de la progenie. Otros, como el gobernador de Tabasco, Arturo Núñez Jiménez, permanecen siendo iguales, aunque refugiados en distintas siglas, porque creen en su propia formación más allá de colores y siglas circunstanciales. Ante esta perspectiva cabe preguntarse si los mexicanos no tenemos derecho a quitarnos la venda d los ojos y comenzar a ejercer el raciocinio con buena dosis de memoria histórica. Si aceptamos esta disyuntiva seremos capaces de entender la desesperación de muchos pueblos y villas dispuestos a crear sus propias policías, con carne y espíritu comunitario, para defenderse del acoso del crimen organizado que domina, en buena medida y en una parte importante del territorio nacional, a las instituciones de fuerza pública llamados a defender ese término abstracto conocido como “soberanía popular”.

Desde luego llegar al nivel de la anarquía nos acerca, sin remedio, a la condición de “estado fallido”, beneficioso para cuantos tienen sed de conquista sobre la riqueza del subsuelo y de las costas mexicanas. En un mundo arrostrado hacia las crisis artificiosas, creadas para beneplácito de la especulación mundial a manos de una derecha dispuesta a la globalización y a la corrupción disfrazada –obsérvese el triste caso de España y del presidente de su gobierno, Mariano Rajoy Brey, franquista de cepa-, es preocupante el avance de la sinrazón que exhibe la debilidad estructural de los funcionarios públicos en ejercicio. Sobre todo cuando se prometen soluciones inmediatas y pasan casi tres meses en el mismo punto con un refrendo incesante a la letanía de las palabras. Cuando menos, Peña Nieto se ha ganado ya la condición de “gran jilguero” mientras le comen el mandado Elba Esther, “la novia de Chucky”, y Carlos Romero Deschamps, el salmantino del oro negro, en plena involución institucional. Únicamente para tanta cuerda retórica sirvieron los llamados a la alternancia para conseguir con ello una suerte de tregua con la violencia que se ha vuelto insoportable en veintidós estados de la República, diez de ellos con presencia de grupos subversivos y los demás cautivos de los cárteles en pleno reacomodo territorial como si el gobierno fuera un invitado de piedra.

No justificamos, entiéndase bien, a quienes se toman la libertad de armarse incluso para defenderse contra los abusos de las propias autoridades. ¿O vamos a negar las constantes “recomendaciones” y reportes de la Comisión Nacional de Derechos Humanos sobre los excesos de la tropa que se toman como botín cuanto encuentran a su paso, incluyendo mujeres a quienes violan sin recato?¿Quizá para proceder contra tanto espécimen prepotente sea necesario acreditar la nacionalidad española –como las seis chicas hispanas de Acapulco cuyos abusadores fueron supuestamente encontrados en menos de una semana para no extender el escándalo internacional? En el mismo renglón podemos situar a la francesita Cassez quien gozó del privilegio de ser convertida en una suerte de heroína por burlarse de la justicia mexicana mientras permanecen en las cárceles cientos de “presuntos culpables” asfixiados igualmente por los “errores procesales”. Basta ya de tanta falacia; porque es inadmisible, sencillamente, que la xenofobia se aplique al revés: esto es en contra de los conacionales y a favor de los de fuera. A eso se llama chovinismo y, por desgracia, ya se convirtió en una institución más en las procelosas aguas de la corrupción ¿diplomática?

Debate

Y van ochenta y dos días. Más palabras, muchas más, que soluciones específicas. Los pactos están quedándose en el papel mientras se juega a la contra de la Presidencia, incluso desde dentro, y se hace publicidad a los coordinadores camarales del PRI, Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa Patrón, que alientan, en sus fueros internos, una salida parecida a la de Benedicto XVI: una renuncia a mitad del camino para anunciar la arribazón definitiva, y permanente, de la antigua clase política renovada… en mañas y ardides en la cúpula del poder.

No se creerá en Peña Nieto mientras no sea capaz de determinar, de una vez por toda, el fin del sindicalismo caciquil que representan la bravucona “maestra” Gordillo Morales, la “novia de Chucky”, y Carlos Romero Deschamps, el arriero del oro negro. No podremos acreditar la llegada de la democracia si no se juzga, en serio, a los grandes predadores que han sido desde echeverría hasta calderón –ambos con minúsculas-, aunque uno arguya la caducidad de su ancianidad y el otro el refugio “académico” de Harvard, el nuevo centro para asegurar los beneficios del “lavado de dinero” en la era de los malvados. ¿Va a ganarle, de nuevo, la perversidad al bien?¿O seremos capaces, en conjunto, de sacar la cara para vencer a los impostores? Pero, ¿cómo hacerlo sin caer en la tentación de la anarquía que nos deja en la indefensión total? Admito que, por ahora, este columnista no tiene la solución en la mano; pero acaso subrayar el hecho nos acerca a ella; es un primer paso, sin duda, hacia el inicio de la gran reacción popular en demanda de instituciones verdaderamente representativas. ¿El parlamentarismo? Hasta hoy… nadie ha revocado nuestra tesis al respecto y eso ya es bastante.

La Anécdota

El panorama es por demás temible, incierto. No sólo por las convulsiones mundiales, ya de por sí señaladamente graves –la renuncia de Ratzinger al Papado pudo deberse a su condena contra el tráfico de armas desde Libia a Siria, uno de los secretos mejor guardados en México en donde, muy posiblemente, anide el nudo de la cuestión-, sino por la vulnerabilidad de nuestro gobierno, por ahora incapaz de proceder contra los caciques desafiantes y empecinados en tomarle la medida.

 

Para colmo, se extienden los rumores sobre una crisis matrimonial en el seno de la familia Peña-Rivera. Y esto, quiérase o no, desestabiliza emocionalmente a cualquiera. El presidente, en estos momentos coyunturales, no se puede dar el lujo de mantener, además, un frente interno tan complejo y polémico. Es como si se tratase de otra entidad incendiada.