La reelección fue abatida por la Revolución. Dijéramos que fue la primera damnificada del cambio que toda lucha de este tipo trae consigo y algo más: derivó de la urgencia de extinguir los largos mandatos para quienes conquistar el poder significaba hacerlo, como otrora sucedía con los Papa y ya no, de manera vitalicia. Desde luego, los tiempos han cambiado pero no concuerdo con cuantos asumen que ya va siendo hora de dar, en México, un paso hacia los disfrazados gorilatos sudamericanos aunque pretendan disfrazarse de democráticos manipulando al colectivo y “haciéndolo recapitular”, como sucedió en Venezuela luego de un primer referéndum negativo a Chávez, con sucesivos plebiscitos hasta que se dio la aprobación definitiva… y la consiguiente enfermedad que lo sacó, al fin, del juego. (Recomiendo a los amables lectores el libro de David Owen, “En el Poder y la Enfermedad”, Siruela, 2009-, en donde se cuentan las vicisitudes de un buen número de mandatarios, en la última centuria, obligados a pasar por el quirófano o, de plano, medio vivir con el oxígeno de la Presidencia tal y como le sucedió a Don Adolfo López Mateos durante su periodo presidencial).
El último en pasar por las urnas para reelegirse fue el ecuatoriano Rafael Correa bajo la argumentación de que, sin él, su país corría el riesgo de volver hacia atrás, esto es con un viraje extremo a la derecha, si votaban por el empresario opositor. Esto es, una vez más, vuelve a darse la lucha sorda entre conservadores quienes siguen el modelo de la especulación so pretexto de ganar más para crear un mayor número de empleos y combatir así el hambre colectivo; y liberales con un amplio abanico de posibilidades incluyendo los mesianismos descocados, bajo banderas sociales que luego se convierten en pretexto para enriquecerse y extender el nepotismo a costa de los demás. Es la misma línea con diferentes rostros y distintas siglas, lo mismo en América Latina que en España donde “socialistas” y “populares” –acaso antiguas rémoras de los “nacionales” franquistas, el único fascismo triunfante al término de la Segunda Guerra Mundial-, mantienen su puja con un veinte por cierto del padrón indefinido y, por ende, decisivo para una u otra causa según soplen los vientos, la “modernidad” neoliberal ha proseguido con el esquema sin encontrar, a través de más de dos siglos ya, una opción válida para el ejercicio de una democracia menos inducida por los grupos fácticos del poder.
Vayamos a las raíces. Hace unos días, con motivo de los fastos por el aniversario de la ciudad, se inauguró en Durango el espléndido Museo Francisco Villa que, sin duda, será un referente de gran importancia para historiadores, visitantes y coterráneos del brillante “Centauro del Norte”, Doroteo Arango. Pese a ello, la cabeza del revolucionario vaga por allí, sin destino cierto, como una venganza extendida por los xenófobos estadounidenses que se desquitan así contra el único guerrero capaz de invadirlos en su tiempo, en Columbus, y convertirse por ello en un icono. (El otro ataque sufrido por los soberbios vecinos belicistas en su campo fue de carácter terroristas y no precisamente puede considerársele una invasión territorial, en septiembre de 2001).
Lo curioso del asunto es que, hasta hoy, no hay quienes descifren, a cabalidad, la autorías intelectuales del crimen del personaje, retirado en su finca de Canutillo, en Parral, Chihuahua, donde solía proveerse de insumos y de contactos para comercializar los frutos arrancados con devoción a las hectáreas ganadas por sus aportaciones a la causa revolucionaria más allá de las leyendas de una crueldad excesiva alentada, precisamente, por los distorsionadores del norte para quienes no hay más héroes que los propios, incluyendo los mandatarios más nefastos como aquel que ordenó arrojar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaky, en Japón, donde todavía se arrastran las consecuencias. ¡Ah! Y por cierto, Harry S. Truman se reeligió sobre la senda de la sangre… ajena y nunca fue acusado como criminal de guerra; lo habría sido, sin duda, de haber perdido la conflagración universal. La historia, se repite sin cesar, la han escrito los vencedores… hasta ahora cuando los críticos son contrapesos ineludibles.
Nixon también fue reelecto y Obama igualmente pese a los descalabros del escándalo de Watergate y las evidencias sobre los escasos alcances del primer hombre de color que habita la Casa Blanca. No se ha juzgado, por ejemplo, a los dos ex mandatarios Bush, los del clan petrolero que buscó –y consiguió en gran medida- hacerse de las reservas en Medio Oriente… y en México, acaso también en Venezuela en donde tanto se parlotea contra la Unión Americana mientras se atenta contra los intereses de los inversionistas europeos, extendiéndose las mecánicas expropiatorias contra la petrolera española Repsol en Argentina, Ecuador y Bolivia… en donde sus mandatarios se han reelecto, si bien Cristina Fernández, la gaucha, lo hizo en seguimiento de un plan para relevar al marido y calentarle la silla –podemos hablar literalmente- y preparar su retorno… hasta que la guadaña se atravesó en su camino.
No creo que les vaya muy bien a los países sudamericanos con mandatarios reelectos, salvo en el caso de Brasil. Los retornos, como el de Alan García en Perú y Carlos Andrés Pérez en Venezuela, engendraron sucesiones extremistas y de tiempo indefinido… incluso dos veces como en el caso de los peruanos quienes, pese a las evidencias de corrupción de García, votaron por él, o cuando menos eso se dijo, cuando volvió a postularse luego de un tiempo para aplicar la medicina proveedora de la amnesia pública.
Igual en México los cantos de sirena suenan a predadores deseosos de conservar sus poderes fácticos. ¿No es significativo que Fidel Velásquez, nuestra momia mayor, fallecido en los prolegómenos del nuevo milenio, casi centenario, utilizara los últimos hálitos de su voz entrecortada para proponer la reelección de Carlos Salinas? Y le faltó vida para hacer lo propio con la figura de Zedillo, el gran simulador, quien le enterró porque a la parca cuando llega no puede vencérsele.
¿No es éste un antecedente, considerando los brotes de rebeldía de Elba Esther, “la novia de Chucky”, de quienes ahora comienzan a endulzarle los oídos al presidente Peña Nieto con la monserga de que su “Pacto por México” no debe limitarse a seis años por lo cual es conveniente que siga el sendero de los “iluminados” latinoamericanos dispuestos a quedarse de manera vitalicia… como ya ni Benedicto XVI se atreve? No creo en las casualidades sino en los hilos conductores; y éstos nos indican, sin remedio, que los caciques sindicales, como los corporativos insensibles, siempre apuestan por el continuismo y se inquietan y molestan con las sucesiones. Aquí y en cualquier parte del mundo.
No puede explicarse de otro modo que la monarquía, herencia de Franco a España, se extienda sobre los ibéricos por treinta y ocho años, uno menos de los gobernados por quien fue llamado “el caudillo”; tampoco que en México comience a hablarse con devoción del dictador Porfirio Díaz cuyos recuerdos son los de mayor venta ¡en el Museo de la Revolución sito en el Monumento conmemorativo de la ciudad de México! Me aterra el cuestionamiento pero es inevitable: ¿el retorno del PRI a Los Pinos debe comenzar a ser visto como una tendencia hacia las tiranías disfrazadas, envueltas por la supuesta democracia de las elecciones amañadas –como las de Venezuela y demás países citados incluyendo la híperpotencia del norte, y con ello en pos de las reelecciones que contrarían el espíritu revolucionario en el centenario de la “Decena Trágica”?
Cuando menos, en estas condiciones, la reflexión es imperativa lo mismo que el análisis histórico sobre la formación de los hitos nacionalistas y las falsedades jamás corregidas. La derecha ni para eso sirvió; al contrario, dejó las cosas como estaban, incluyendo el absurdo de ignorar que víctimas y victimarios reposan, con diferencia de una columna, en el Monumento a la Revolución que se diseñó para ser sede del Congreso de la Unión. De mentiras y medias verdades estamos rebosantes.
Debate
Ahora se dice que es necesario un “diálogo” con la poderosa maestra Elba Esther Gordillo Morales, chiapaneca, por su provocadora oposición a la reforma educativa que obliga al censo y evaluación del gremio magisterial, inatacable e intocable durante largos lustros. Esto es: cómo no puede vencérsele con las armas de la razón y el poder, es preferible pactar, concediéndole buena parte de sus peticiones, con tal de que no siga alebrestando a sus lacayos vestidos con togas como si fueran las vestiduras invisibles del Emperador.
Nada más vergonzoso: la democracia no consiste en gobernar bajo el flagelo del temor y las limitaciones que imponen los grupos de poder por los que la comunidad nacional jamás ha votado, sólo los miembros incondicionales y los reducidos rebeldes con apenas voces para gritar en alto. Se eligió a un Presidente con la intención no sólo de modificar las truculencias de la bárbara “guerra de Calderón” sino también para justificar el retorno priísta si era capaz de deshacerse de las mafias. Menos mal que el PRD le ayudó cooptando a personajes como el mal nacido Bartlett para reducir la presencia de entes del pasado en el Institucional; pero no basta con eso, desde luego, y mucho menos si las insolencias no cesan en la ruta vergonzosa de las negociaciones en la cúpula del poder. Peña, como sus antecesores, parece atrapado por quienes le han medido y ahora lo “chamaquean” sin el menor pudor como acaso sucede igualmente con el mandatario estatal de Chiapas, Manuel Velasco Coello, cuyas energías comienzan a mermar entre la avidez por el amor y la sensualidad del poder. Dicho exactamente así, en este orden de ideas.
En fin, es lastimoso que un presidente, en plena etapa de consolidación, ceda tanto antes de hacer sentir su fuerza institucional, legal, esto es en ejercicio de facultades y funciones que, de ninguna manera, deben compartirse con nadie, mucho menos con la casi intangible “novia de Chucky” –el apodo se lo puso este columnista, lo subrayo para desafiar a quienes se dicen sus creadores-.
La Anécdota
Enrique Peña Nieto me dijo –”2012: La Sucesión”, Océano, 2010-, con referencia a sus relaciones maritales con su primera esposa, Mónica Pretelini, muerta el 11 de enero de 2007 acaso por una negligencia infortunada:
“Teníamos diferencias, como en cualquier matrimonio. Y, en mi caso, no voy a negarlo tenían un fundamento: mis infidelidades. Arrastro esta debilidad desde muy joven”.
Lo que no sabemos es si Angélica Rivero, la segunda mujer formal del mandatario, tenga la misma paciencia que su antecesora o acabe por optar por las apariencias con consecuencias funestas. Es, simplemente, una especulación.

























