Magdalena Arqueros Valer, desde Roma
La olla era grande de cobre “chilenisímo”, dentro de esta joya, se deslizaban los trozos del magnífico cochayuyo, y posteriormente los porotos burros, mas las esencias de orégano, y hierbas varias. Para que decir de la cebolla picada en pequeños cubos. Todo esto era revuelto con una artística cuchara de madera. Había una relación entre atmósfera, conversación, y un vínculo y nexo entre porotos, cochayuyo y cucharón. ¡Qué Belleza! ¡Qué aroma!
Los porotos escurrían. Era un oleaje, una ondulación en esa olla de cobre, se sentía la energía del cochayuyo, crujiente y mórbido. Este, ya con el cocimiento, había perdido lo liso y sus trozos eran rugosos, con pequeñas texturas. El caldo, originado por el cochayuyo, era violeta y denso como nutriente del alma. Los porotos burros, mantecosos, delicados y perfumados, hacían hileras unos contra otros para ser los primeros en ser tocados y saboreados. La cocinera tomó esta y lo volcó en la olla de cobre, así cayeron como gotas de néctar, cebolla, manteca y ají de color dentro de los porotos con cochayuyo.
Yo no puedo olvidar esta escena, atónita, asombrada de ver este baile de elementos que eran destinados a nuestros estómagos. Ellos eran deseosos de que llegara el momento crucial de ser servidos en nuestra mesa. Como es de rigor en un gran mantel a cuadros quizás rojo o azul. ¡Qué maravilla! Poder recordar este deleite, sellado en mi mente y en mi estómago…
























