elecciones

“La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás”
Winston Churchill

El próximo domingo tendremos elecciones en Michoacán, según los resultados son muchas las cosas que están en juego. Son muy variadas las preguntas, que en este sentido debieran surgir. Una manera de hacer el correspondiente planteamiento sería: ¿qué gana la sociedad o en última instancia qué gano yo, -perdón por omitir las siglas de los partidos pequeños- si en las elecciones triunfa el PRD, el PRI o el PAN?

Un aspecto fundamental, que a todos nos atañe y afecta por igual, es que el triunfo o la derrota de un candidato puede significar para la democracia, por un lado, una amenaza o, por otro, un apalancamiento.

Sinceramente no veo la misma convicción democrática en Silvano Aureoles y en Fausto Vallejo respecto a la que observo en Luisa Ma. Calderón. Los tres candidatos presentan fortalezas y debilidades, pero no las mismas ni en el mismo grado. Estoy convencido que el PAN representa todavía la mejor alternativa para generar -satisfactoriamente- una convivencia basada en la libertad, la igualdad, el respeto y la inclusión.

No sobra hacer un poco de memoria, este estado, así como nuestro país, ha vivido años de autoritarismo que solo se han ido superando con mucho esfuerzo, gracias a la férrea convicción democrática de muchos mexicanos, para lograr hoy tener una democracia incipiente que bien vale la pena cuidar y luchar por llegar a conseguir algún día -ojalá no lejano- su consolidación.

La forma de ejercer el poder, las formas de organización, los sistemas de creencias y de valores, y la vinculación del poder estatal con la esfera social, son los factores que, al analizarse, permiten calificar a un régimen de gobierno como autoritario. Prácticamente por todos es reconocido que, hasta fines del siglo pasado y durante unos 70 años, en una situación semejante a una monarquía sexenal, el poder político en México se concentró en una élite facciosa comandada sin discusión por el presidente de la república en turno. La oposición, durante este tiempo jugaba solo un papel testimonial y en momentos ayudaba, sin quererlo, a legitimar al régimen. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) disfrutó de una hegemonía partidaria teniendo como real jefe al propio presidente, quien no sólo definía quien lo sucedería en el puesto, sino que también determinaba o al menos “palomeaba” los nombres de quienes aspiraban a ser gobernadores o legisladores. Tal como se describe en los sistemas autoritarios, no existía una ideología definida por parte del partido en el poder; así, podía irse de una izquierda paternalista como la de Lázaro Cárdenas a una más conservadora como lo fue con Manuel Avila Camacho, o hasta el retorno de otra izquierda populista con Luis Echeverría.

El inicio de la transición democrática en México es un momento difícil de precisar y bajo diferentes perspectivas puede ubicarse en diferentes años, entre los que pudieran destacar: 1968, con el movimiento estudiantil y su trágico desenlace; 1988 con la aparición del Frente Democrático Nacional y las elecciones cruciales de ese año y, para algunos es en el  año 2000, cuando se materializa la alternancia de partido político en la presidencia de la república.

De 1977 a los primeros años de los 90’s transcurrió el cambio democrático. El recorrido hacia elecciones libres, competidas, universales y con participación pluripartidista, como es lógico, ineludiblemente dependía de las “reglas del juego” electoral. Las escritas eran revisadas, discutidas y aprobadas en el Congreso de la Unión de conformidad con la voluntad del Presidente en turno, al menos hasta 1997. Entre las “reglas” operantes destacaban las no escritas, también consentidas por el “primer mandatario” y ejecutadas por su partido político, lo que representaba que hubiera heterogeneidad en su aplicación a lo largo y ancho del país.

El año de 1988 resulta paradigmático para la vida electoral mexicana. La competencia por la presidencia de la república fue realmente reñida y por primera vez el PRI perdió la mayoría calificada en la Cámara de Diputados, lo que en adelante lo obligó a pactar cualquier reforma constitucional. Además el crecimiento electoral de la izquierda cimbró políticamente al país. Ya nada detendría el cambio, unos meses después contábamos con una institución que vendría, con el tiempo, a representar un árbitro electoral imparcial, el IFE.
Destaca nacionalmente el avance entre 1988 y 1994 del PAN en poco más de 10 puntos porcentuales en las preferencias electorales, coincidiendo con la emergencia y fortalecimiento del Partido de la Revolución Democrática, quienes también crecieron aproximadamente 8 puntos entre las intermedias de 1991 y las presidenciales de 1994.

Desde 1997 ningún partido político tiene mayoría absoluta en el congreso federal. El Poder Judicial cuenta con autonomía suficiente y ahora la Suprema Corte de Justicia de la Nación dirime efectivamente las controversias entre el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo. Existe pues un mesurado equilibrio entre “poderes”. Se cuenta con instituciones electorales que razonablemente fungen como un árbitro autónomo e independiente del gobierno y la alternancia en el ejercicio de gobierno entre diferentes partidos políticos ya no es noticia.
Este cambio se ha efectuado de manera progresiva, gradual y no de ruptura, sin violencia. Tenemos un sistema político competitivo y pluralista; las elecciones son más o menos libres y equitativas, prueba de ello es la incertidumbre de quién resultará vencedor en ellas y a la vez se tiene la certidumbre de que se tiene una oportunidad relativamente justa de lograrlo. Sin embargo en el ámbito local no es raro que se siga intentando la manipulación e inducción del voto mediante prácticas no ortodoxas. Los caciques regionales no se han extinguido y poderes de facto, con cierta frecuencia, influyen en quien participa y en quien gana una elección.
Este brevísimo recuento sobre la evolución democrática permite darnos cuenta que no ha sido nada fácil alcanzar ciertos logros y que debemos cuidar lo ganando. El próximo domingo cumplamos responsablemente con la obligación de ir a votar, ojalá lo hagamos con la sola presión de nuestra -muy personal- conciencia.