En Roma, el pasado 5 y 6 de septiembre, se reunieron los ministros de Salud de los países miembros del G20, con México por supuesto incluido y España, como invitado de honor, para discutir una estrategia en común en los meses venideros para vencer, de una vez por todas, a esta  maldita pandemia.

            Reunirlos a todos ha sido un gran esfuerzo considerando que, a pesar de la vacunación, tenemos que continuar con una serie de medidas de prevención y  de seguridad personal para evitar el contagio.

            Roberto Speranza, ministro de Sanidad de Italia, y anfitrión del evento,  aventuró con  cierto optimismo que de esta reunión pudiese resultar efectivo el Pacto de Roma a fin de contar con un gran acuerdo  para dar acceso global y universal a las vacunas antiCovid.

            La esperanza estaba servida, en un grupo que aglutina y representa, al 85% del PIB mundial y cuyas decisiones son de un gran peso preponderante; y cuya unión es ahora más necesaria.

            En el G20 están Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Francia, Alemania, Italia, India, Indonesia, Japón, México, República de Corea, Rusia, Arabia Saudita, Sudáfrica, Turquía, Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Europea (UE).

            En realidad han logrado ponerse de acuerdo y es que, si no se vence al egoísmo imperante en el tema de la distribución de las dosis, será el SARS-CoV-2 el que terminará derrotando, a la ciencia y a la inteligencia humana, porque el individualismo es todavía peor que un virus.

            Como resultado de los debates entre los ministros, se coincidió en que a través del Pacto de Roma, se inmunice al 40% de la población mundial antes de que concluya 2021. La intención es que empiecen a circular las vacunas con mayor celeridad en aquellas naciones a las que llegan a cuentagotas.

            Lamentablemente no se pudo lograr la liberalización de las patentes del SARS-CoV-2 lo que permitiría a los países producirlas libremente, en caso de contar con las instalaciones y los medios para hacerlo.

            Eso nos hace seguir a merced de las condiciones impuestas por las farmacéuticas, pero por lo menos, se logró un paso  esencial: darles más vacunas a los países que menos inmunizados están.

            El G20 ha logrado hacer lo que por sí sola la Organización Mundial de la Salud (OMS) no pudo evitar: primero,  con la creación de COVAX, porque con este mecanismo pretendió evitar que las vacunas quedasen monopolizadas en un grupo de países pudientes y fracasó en su cometido; y segundo, buscó  que la tercera dosis de la vacuna quedase retrasada en un puñado de países poderosos para que dichos viales fuesen a países de África o del Caribe… tampoco lo consiguió. Es verdad, que en Roma, los ministros reunidos acordaron igualmente crear mecanismos para reforzar más el ámbito de actuación y las atribuciones de la OMS. Esta pandemia debe servir para corregir los errores cometidos, reforzar no solo a las instituciones internacionales sino primordialmente a los organismos de salud pública nacionales.

            La pandemia tiene que hacernos más proactivos para crear un know how antipandemias… un cortafuegos que impida que una epidemia localizada en un sitio determinado, dentro de una frontera geográfica focalizada, se convierta en acicate de la población mundial. No debe volver a repetirse este error garrafal en que la OMS misma se ha visto involucrada, como en su momento lo denunció el entonces presidente estadounidense, Donald Trump, prácticamente convertida en “tapadera de China”.

A COLACIÓN

            También se discutieron otros temas como la temida obligatoriedad de las vacunas: mientras  en España las han suministrado al 75% de la población adulta, se cuenta con un millón de adolescentes inmunizados a partir de los doce años de edad y la gente sigue abierta a vacunarse sin amenazas, en otros países como Francia e Italia acorralan a la población a vacunarse o vacunarse.

            De hecho, el primer ministro italiano, Mario Draghi, estudia la obligatoriedad de la vacuna contra el coronavirus bajo un esquema todavía más férreo que el francés. En esa dirección prevaleció el disenso entre el G20.