Me encanta abrir la puerta del coche a las mujeres, sobre todo las muy guapas –bellas son todas-, y esmerarme en lo que la urbanidad llama caballerosidad. No obstante, no niego haber tenido problemas en un punto: cuando cuestiono a una de las damas del poder –Elba Esther Gordillo, durante varios lustros, la señora Marta o Rosario Robles Berlanga quienes formaron, bajo el foxismo, el trío femenil más espeluznante de la época-, me llueven calificativos, misógino el más usado, para descalificar argumentos y señalamientos directos. Esto es: la igualdad no implica que cualquiera se atreva a ganarle el paso a una dama cuando se trata de llamar a un taxi o subir por un elevador.
Alrededor del último Cónclave, varias mujeres se presentaron en la Plaza de San Pedro con el dorso al descubierto para señalar, enérgicas, sus protestas contra la pedofilia y la cerrada –y antidemocrática- elección del Papa. Si consideramos a los millones de feligreses esparcidos por el mundo, ya no es justificable que sólo ciento quince Cardenales –varios de ellos acusados de proteger a los pederastas con sotanas, y evidentemente así ha sido-, constituidos en “príncipes de la Iglesia”como se les llama, elijan al nuevo Pontífice cuando, aun contra la resistencia del alto clero, éste ha perdido dos de sus condiciones esenciales: la infalibilidad y el carácter de vitalicio, arrojados a la basura cuando Benedicto XVI simplemente se consideró incapaz de enfrentar los desafíos contemporáneos y dejó en otro la responsabilidad de conducir a la grey, retirándose “a una vida para la oración”.
De la misma manera podría destacarse la resistencia de la Iglesia contra el derecho de las mujeres a ser ministras de culto. Alguna vez, hace ya muchos años, Monseñor Girolamo Prigione Pozzi –el italiano quien llegó a conocer la política mexicana mejor que varios de cuantos se sienten intocables por su cercanía con el presidente Peña Nieto-, me dijo al respecto, sin convencerme:
–Sucede que Jesús sólo tuvo apóstoles, hombres, sobre quienes construyó los pilares de nuestra Iglesia. No hubo mujeres alrededor y esta ha sido la señal para mantener las formas.
Pese a ello, existen muchas dudas. Más allá de la ficción de la célebre obra de Dan Brown, “El Código Da Vinci”, cualquiera que observe la magnífica “Última Cena”de Leonardo –una de las copias fidedignas preside mi comedor-, puede observar con claridad que a quien se pretende ubicar como “Juan”, el discípulo preferido, cuenta con formas femeninas indiscutibles, torneados los senos y en conjunción exacta con el Señor. De allí las numerosas versiones sobre la posibilidad de que El Maestro no fuera célibe lo que tiraría por la borda las teorías que excluyen a las mujeres y las someten, tantas veces, a la condición de servidumbre para los altos prelados. No conozco Cardenal ni Obispo que no presente a un grupo de “monjitas”como sus colaboradoras más cercanas ni son pocos los casos en que resulta alguna de ellas algo más, dentro del tópico de compañeras afectivas. Al propio Prigione se le ha señalado por sus interrelaciones con la hermana Alma que terminó siendo diputada bajo los auspicios de los muy píos hermanos Vázquez Raña.
Por ello fue igualmente notorio que varias bengalas, de color rosa, iluminaran la Santa Sede en cuya Capilla Sixtina las “Eminencias”dialogaban sobre el futuro del catolicismo, eligiendo al argentino Jorge Mario Bergoglio, Francisco I, con setenta y seis años, en un mundo rebosante de desafíos para la religión usada incluso como pretexto para justificar, con el Islam, las “guerras santas”al estilo de Las Cruzadas en el medioevo. Con ello apuntaban hacia un derecho, por demás explicable en un mundo de igualdad que tiende a reducir la esclavitud del género femenino bajo los fundamentalismo del oriente aun cuando poco se diga de la discriminación que implica la marginación injustificable para que puedan ejercer los ministerios católicos, esto es como si no tuvieran este privilegio por el solo hecho de su sexo. No es aceptable bajo los dogmas de la razón contemporánea, aun cuando “las monjitas”–así se refieren a ellas los prelados-, sean equiparadas con las servidoras domésticas o enfermeras de desahuciados y enfermos con males infecciosos de alto riesgo.
En cambio, en otros renglones, la igualdad se ha confundido con los privilegios sobre los hombres. Sucede casi lo mismo con quienes integran los movimientos lésbico-gays quienes, so pretexto de haber sido reprimidos durante largo tiempo, consideran su derecho a romper con las barreras saliendo a las calles –en su día y otros más- en actitud provocativa y promiscua, como si los demás, esto es los heterosexuales, no fueran sino seres despreciables y equivocados por no compartir sus gustos. Este es un extremo, radical diríamos, alentado por ciertos políticos, digamos Marcelo Ebrard Casaubón en la ciudad de México cuando la gobernó, con cierta inclinación por exaltar a quienes, sea por consideraciones hormonales o por una educación basada en las persecuciones, salieron del clóset para recibir, ahora, aplausos por ello; esto es, se aprecia mucho el “valor”de cuantos aceptan tales condiciones en público cuando esto va siendo, día a día, bastante más que una moda… no pasajera.
En el caso de las mujeres, por ejemplo, es innegable que existe protección jurídica a las mismas, por ejemplo en cuanto a la custodia de los hijos luego del divorcio, aun cuando se demuestra el descuido de algunas madres hacia ellos o, cuando menos, se sienta en al banquillo de los acusados a los maridos que sólo pueden defenderse sin merecer justicia plena. Cierto: la actitud “machista”de no pocos mexicanos, obligó a proteger a las señoras cuyas voces tienen más resonancia ante los jueces aunque se hagan evidentes algunas malas interpretaciones o falsedades, de plano, durante los procesos.
Por ejemplo, en lo referido a los “malos tratos”resulta inverosímil considerar, en materia de parejas en fase de desunión, que los hombres, y no las damas, sean los agredidos psicológica y hasta físicamente, sobre todo cuando sólo usan las manos para defenderse de las acciones histéricas de sus consortes que estiman sus garantías de seguridad como una suerte de blindaje insuperable para provocar las reacciones aireadas de los esposos y acusarlos por ellas. Me decía un buen amigo, comunicador, en España:
–Para ellas se vale gritar; para nosotros, si lo hacemos, puede intervenir la Guardia Civil.
Y conozco de casos en los que los varones llaman a la policía para tratar de contener a las mujeres afectadas por el aburrimiento o el cansancio, y ser ellos quienes terminen pagando las penas sin haber provocado las reacciones antisociales de sus compañeras; ya saben, claro, que serán siempre más creíbles sus versiones para resolver las querellas matrimoniales aunque existan pruebas documentales claras y suficientes para asegurar las provocaciones y disgustos que terminan en las manos, por efecto del arrojo de ellas y no de los señores. Además, para el hombre es casi un estigma reconocer que fue el agredido y no el agresor por efecto de una equivocada formación machista. ¡Cuántas veces se han cometido injusticias por ello!
Si de igualdad de género hablamos, no debieran emplazar a juicios familiares en donde todas las ventajas son para las mujeres y los hombres deben resignarse, sin ser culpables, a la lejanía respecto a sus hijos, por el solo hecho de una tergiversación de los hechos a sugerencia de abogados listos a llevarse una buena tajada ganando los juicios con alegatos sencillos, muy distantes al equilibrio necesario. Es, digamos, el lado opuesto de la moneda porque, además, sobre todo en tiempos de crisis, muchas veces las mujeres ganan más que los hombres o se las ingenian, tortuosamente, para poner sus haberes a nombre de ellas, aprovechando la figura de la separación de bienes, dejando a los ex maridos poco más que en la inopia, sin ganas de producir más, vencidos emocional y materialmente. Podría narrar muchos hechos al respecto pero el espacio no alcanza.
Debate
Un gran amigo mío, el doctor José Antonio Cevallos Rivas –poeta y autor de varios éxitos musicales como letrista excepcional-, es uno de los precursores del movimiento de los católicos que, al volverse a matrimoniar –tras fracasos debidos a la infidelidad de sus consortes o cuestiones aún más álgidos-, son excluidos de por vida de los sacramentos en los que tanto creen; esto es, no pueden confesarse y comulgar con lo que se sienten profundamente excluidos de la grey y difícilmente pueden alcanzar la tranquilidad e incluso la felicidad anhelada.
Pese a ello, las normas canónigas son muy estrechas en lo particular aun cuando, a últimas fechas y de la mano de algunos escándalos políticos relacionados con los favores del alto clero para separar a los mujeres y hombres relacionados con el poder –el político y/o el financiero-, se han reducido los requisitos para poder acreditar nulidades por efecto de bautismos inexistentes, la ausencia de hijos en el primer matrimonio o la franca infidelidad del consorte denunciado. A ello se han acogido algunos, previo pago de derechos naturalmente, y sólo muy pocos han alcanzado el propósito para recuperar con ello todos sus derechos como feligreses fieles. Es sólo una puertecita que, de ninguna manera, implica un perdón absoluto sino sólo la dación de una nueva oportunidad. En cierto modo, el estigma queda bajo la confidencialidad, dudosa, de los archivos clericales.
Esto es: es más sencilla la nulidad cuando se trata de una mujer que la exige a diferencia de los hombres a quienes se observa, como cantaba Sor Juana Inés de las Cruces, como motivos de la depredación de los matrimonios aun cuando los hechos sean contrarios a esta tesis general bastante cuestionable. Quien esto escribe, debió esperar a una segunda separación para recuperar mis derechos a ser confesado y comulgar, salvo en el día en el que mi hijo menor recibió, por vez primera, la Hostia sagrada. Y me pesa por dentro saber que, en términos religiosos, procreé dos hijos, bautizados, en situación de desacato al derecho canónigo. Un tremendo absurdo que me niego a aceptar por respeto, precisamente, a mi progenie.
El nuevo Papa, Francisco I, argentino y latinoamericano –esperemos que sea tan buen goleador como Higuaín o Messi-, sea o no reformista por esencia, debe ocuparse de este equívoco notorio antes de que se pierdan, por decepción, millones de feligreses más.
La Anécdota
Allá con los franciscanos que custodian el maravilloso Convento de la Cruz en Querétaro, ávidos de hablar de política, no puede evadir el tema de las diferencias entre mujeres y hombres ante las jerarquías eclesiásticas; y uno de los frailes me reviró, convencido:
–Imagínese que se nos aparezca por aquí una Marta Sahagún; ni quien nos cocine. ¡Sería espantoso!
El misógino comentario me hizo reír… para no perder la compostura y el respeto.
























