Pecando quizá de catastrofismo anticipado, desde hace meses se ha insistido en este espacio sobre la existencia de una crisis del régimen polÃtico nacional que afecta lo mismo a los partidos polÃticos que a las instituciones republicanas, en demerito de la vida social y económica del paÃs.
Percepción que de una o otra manera se ha venido confirmando con el inicio formal del proceso electoral que desembocará en los comicios del 2012, sin que la clase polÃtica tenga una clara conciencia de ello o, en su defecto, cuide las formas para hacerle menos ostensible para no agitar al avispero.
Si bien existe la idea cada vez más generalizada de que éste proceso electoral será atÃpico, poco se ha profundizado en ello, ateniéndose a experiencias de pasados comicios, a un injustificable optimismo y, al hecho innegable de la pertinaz amenaza de la incursión de la delincuencia organizada en el desarrollo de la contienda y en sus resultados, sin tocar aspectos a mi juicio determinantes, como el deterioro creciente del tejido social, el efecto dominó de la crisis sistémica global, el agotamiento del modelo neoliberal y el presumible fracaso de la post modernidad como forma de vida, asà como la descomposición del aparato del Estado Mexicano, reflejada tanto en el comportamiento de una administración gubernamental incapaz de superar la corrupción, como en la conducta pública y privada de los actores polÃticos.
Aspectos estos últimos que la clase polÃtica se niega en principio a reconocer, dando por sentado que el México de hoy es el México de ayer y de siempre, sin atender a los cambios profundos que acusa la sociedad mexicana en los albores del Siglo XXI.
Si bien, en la forma todo parece igual, en el fondo el crecimiento demográfico, la creciente desigualdad y pobreza, las nuevas tecnologÃas de la información y comunicación, asà como entre otros factores la incapacidad e inmovilismo del aparato del Estado para atender con eficiencia y eficacia las necesidades reales y sentidas de la población, nos ofrecen un panorama distinto, cuantitativa y cualitativamente diferente al acusado en los últimos lustros del Siglo XX.
PolÃtica envilecida
Perdido rumbo y brújula para entender a la sociedad presente y, por ende, actuar en consecuencia, se envilece la polÃtica, privilegiándose la simulación, la mentira y el gatopardismo, en demerito del bien común y de la democracia representativa que, en teorÃa, sustenta al régimen polÃtico.
El ejercicio de la polÃtica en el terreno electoral, más que contienda democrática se entiende hoy como una guerra darwiniana en la que habrá de prevalecer el más fuerte y no el más capaz, en la ya de sà compleja tarea de gobernar a México. En tal lucha sin cuartel, el fin justifica los medios en detrimento del estado de derecho y de la sociedad a la que el régimen se debe. A la confrontación de posicionamiento ideológico, programas y propuestas, se impone el pedestre objetivo de alcanzar el poder por el poder mismo. México es el botÃn y de ello devienen conductas de partidos y actores polÃticos, hoy agrupados en lo que ya se conoce como la partidocracia mexicana.
El pragmatismo como norma y el saqueo e impunidad como regla de oro de una llamada clase polÃtica, mientras el paÃs se hunde entre el deterioro social y económico, asà como la pérdida de confianza y credibilidad en el aparato del Estado. En este contexto, el régimen polÃtico caduco y obsoleto no da más como instrumento de cohesión, identidad nacional y conducción de la vida polÃtica, económica y social con visión de futuro, del México de hoy.
La llamada clase polÃtica no ve, no escucha, confiada en la presunta indiferencia social, mientras se derrumba el tinglado.
Escenario a la vista
En este degradado escenario inicia la guerra que no contienda electoral. Más que “velar armasâ€, como coloquialmente se dice, partidos y actores polÃticos, con el presidente Calderón a la cabeza, blanden las bacinicas, dispuestos a enlodarse unos a otros en busca del “Vellocino de oroâ€. El interés nacional y el bienestar de la gente no figuran en sus planes, salvo como temas colaterales motivo del discurso proselitista.
Los exabruptos de Calderón Hinojosa en torno a la intervención de de delincuencia en los comicios, o las declaraciones de sus adversarios descalificándole por descubrir el hilo negro, el escándalo en torno a la deshonestidad de Humberto Moreira, las pifias de Peña Nieto y de Cordero, o el soterrado y no por ello menos obvio conflicto al interior del PRD por la candidatura de López Obrador, son apenas un pálido reflejo de lo que nos espera a lo largo del proceso electoral.
La sociedad, vÃctima de tales excesos, deja hacer deja pasar, en espera de una oportunidad que nunca llega, de tomar la iniciativa e impulsar los cambios estructurales que el paÃs demanda. Polarizándose la idea de votar o no votar en los próximos comicios, como si de esta perversa dicotomÃa dependiera el hacer posible un México mejor.
O se acepta la profundidad de la crisis del régimen polÃtico y se actúa en consecuencia, o al baile a todos nos llevan las muchachas.
Llegó la hora, a mi juicio, de observar un poco más allá de nuestro ombligo, alzar la mirada para percibir lo que de no cambiar, nos ofrece un ominoso futuro.
Mérida, Yucatán.
Publicado en la Revista Gurú PolÃtico (http://www.gurupolitico.com) y reproducido con la autorización de su Director.
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