Karl Marx desdibujaba la dialéctica como una espiral de procesos que suelen repetirse en el tiempo, como resultado de una combinación de factores, lubricantes de esas fases.

            Factores que se desarrollan entre sí en un determinado caldo de cultivo que, de alguna forma, sirven para obtener una lectura de las consecuencias que podrían desatarse.

            Como en las recesiones y en las medidas de política económica emanadas, la mayoría siguiendo un patrón que incluye reactivar el gasto, aumentar las recaudaciones… la creación de nuevos impuestos; así como llevar recortes y austeridades en ciertas áreas.

            Y luego están las consecuencias políticas de ese clima económico, social, demográfico, de las confluencias ideológicas del momento: en tiempos duros se polarizan los pensamientos de los electores y esto tiene serias consecuencias políticas.

            Los partidos políticos aprovechan esas “necesidades” del elector al que pretenden seducir vendiéndoles el discurso que requieren escuchar porque están tan molestos con la mala situación económica que, deben culpar a alguien y castigar en las urnas.

            El homo economicus siempre tiene una posición política, hasta la misma indiferencia al gobierno, a votar, a las elecciones y a los candidatos es en sí misma una posición.

            Como  lo es con el voto de castigo y con el voto duro hacia los partidos ubicados en las posiciones más extremas: cada cambio económico acompañado de incertidumbre, de caídas en el PIB, de destrucción de empleos, de cimbrar el establishment es un germen para los nacionalismos y totalitarismos; así brotó el fascismo.

            Y así, esta actual vorágine que estamos atravesando y sufriendo a raíz de la pandemia nuevamente sirve de caldo de cultivo para que el fascismo germine, lo mismo que los totalitarismos de ultraizquierda y los populismos.

            Mientras Rusia, China, Myanmar y otras naciones refundan los totalitarismos del siglo XXI,  el fascismo en Europa sale del armario desenterrando sus peores discursos del pasado: incita al odio, fomenta el miedo y los individualismos.

            Al tiempo que los populismos buscan cualquier oportunidad para manosear las leyes y los sistemas electorales, la Constitución y el juego democrático para alterarlo a su favor.

A COLACIÓN

            En España, la campaña electoral para elegir presidente a la Comunidad de Madrid, lleva unos días bastante enrarecida; hay un juego sucio de barro y golpes bajos que no hacen más que alimentar a la ultraderecha que suena ya como pivote para que, Isabel Díaz Ayuso, candidata del Partido Popular (PP) pueda formar gobierno una vez se cumplan los pronósticos de ganar las elecciones.

            Ayuso necesitaría una amplísima mayoría para no tener que pactar con ningún otro partido y lograr ser investida, pero esa probabilidad es escasa por lo que, la ultraderecha de Vox, se frota ya las manos como socios.

            La campaña se ha vuelto una plataforma del discurso del odio, manchada además de las suspicacias y dudas que generan los sobres con amenazas escritas y balas de origen militar enviadas (se ignora quién lo ha hecho) al ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska; a la directora de la Guardia Civil, María Gámez y a Pablo Iglesias, actual candidato en Madrid por el ultraizquierdista Podemos.

            La más reciente carta enviada -el lunes pasado- a María Reyes Maroto, actual ministra de Comercio e Industria con una cuchillo aparentemente ensangrentado ha hecho saltar todas las alarmas.     

            Hay muchas suspicacias de por medio, ¿qué partidos salen más beneficiados de esta polarización? Además de lo mal que queda Correos con sus sistemas de escaneo y los  controles de seguridad de cada Ministerio.  El odio solo sirve para echar más gasolina en un momento en que la confusión, la rabia, el temor y la incertidumbre avivan la actual llamarada.

Claudia Luna Palencia