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El ex presidente español Felipe González, siempre observador de la realidad mexicana, aseguró que el PRI tiene un adversario político muy serio: “el PRI”. En ese sentido, se dijo convencido de que “si arreglaran esto, sería distinto, porque podríamos identificarlo en términos de proyecto ideológico, pero por el momento es complicado”. (El Universal, Jueves 14 de julio de 2011)”.
Felipe González

El tiempo constitucional del período presidencial actual ya entró en su última fase. La crisis del modelo presidencial mexicano permite seis años constitucionales de mandato, aun cuando el Ejecutivo tenga notables y visibles muestras de agonía política y sea considerado un “muerto viviente”, se mueve en apariencia por el catéter constitucional en el régimen político. En esa realidad, es obvio poner una mirada al PRI que hoy tiene reales posibilidades de regresar a Los Pinos, pero con dos salvedades: incapaz de volver a la hegemonía electoral sintetizada en el “carro completo” y la necesidad de convivir con el pluralismo político, que es una realidad desde antes del 2000 cuando por primera vez perdió la elección presidencial. En segundo término, su capacidad para reformar el régimen presidencial que amerita más que un compromiso de una fracción del partido, un sentido democrático de Estado.

El PRI que afirmó el modelo presidencial en el cardenismo, hoy está llamado a transformarlo y bien lo sabe, cuando desde la oposición vivió cuatro legislaturas en el Congreso Federal. Una restauración al viejo sistema presidencial tendría riesgo en ganar el 2012 sin reconocer las nuevas coordenadas del proceso democrático mexicano al que el propio PRI contribuyó desde los años 60. Democratizar el presidencialismo, fundamentar carreras legislativas y cuadros políticos, y reafirmar la esencia nacional del priísmo son pendientes que debe tomar quien sea candidato. Esconderse en el ruido de la política electoral de matraca y confeti sin responder a ello sería un espejismo peligroso.
El PRI, el partido de la Revolución, ha vivido dos transformaciones radicales: la primera, la pérdida del poder presidencial que no lo dejó aniquilado como muchos analistas suponían, y dos, la capacidad para moldearse a una nueva realidad democrática en sus procesos electorales cada día más competitivos, en los que ha sabido dar batalla en el nivel estatal y municipal.
Refundar el PRI surgió  como excepción y no como norma por parte de algunas dirigencias nacionales que lo encabezaron en esta última década, por más slogans que hablaran de un nuevo PRI desde Insurgentes Norte. Algunos grupos internos del partido abrazamos la realidad de millones de ciudadanos que vislumbraron que el pluralismo político mexicano no puede quedar anclado en fuerzas políticas extremas de una derecha tan despegada del México profundo, y una izquierda más cercana al dogma y revestida en un caudillo.
El PRI en la era de Moreira
Hoy, a más de una década de la primer derrota, aceptar la militancia en el PRI no basta, y por ello se tiene que definir en un partido plural en su interior, ¿a qué clase del PRI pertenece uno? Más que las diversas miradas ideológicas cohesionadas en el viejo partido por la lógica aspiración democrática al poder, en los modos de entender la política hay una división entre recuperar lo irrecuperable o una nueva dinámica de transformación democrática que debe de tener su primera esencia en la vida interna del partido histórico; el viejo estilo de mando, disciplina férrea, voto duro y estructura orgánica como “en los mejores tiempos”, no es la mejor ruta para recomponer la confianza en el voto ciudadano.
Colosio, solo una estatua en el PRI
Entre el tradicionalismo priísta que prefirió la comodidad de ganar elecciones sin un ejercicio de transformación -e inclusión interna-, o el PRI preocupado por entender que las hegemonías en procesos democráticos están acabadas y hay una necesidad de transformación radical del propio partido, no sólo en su interior sino también en las estructuras del régimen político que sepa conciliar pluralidad con democracia efectiva en resultados concretos a la ciudadanía, hay dos grandes bandos que deben buscar reconciliación después… en dado caso de la victoria.
La falacia que se ha querido imponer del fin de las ideologías es tan cuestionable como lo demuestra cuando la derecha se apropia de momento de la agenda de la izquierda y, a su vez, ésta asume puntos de la derecha. El PRI debe superar sus contradicciones internas, en mucho sostenidas por una derechización en sus filas por conveniencia al poder y, en otras, por pretender etiquetar al PRI con el viejo modelo del siglo XX inapropiado para el México del siglo XXI. La nacionalización de los bienes naturales o el empuje de la política exterior son marco histórico, pero las estrategias de cambio deben de estar latentes para no vivir en recuerdos. En otro caso, no transformar desde dentro el poder en el PRI es seguir afianzando parcelas intocables como el viejo corporativismo que, en esencia, sigue exigiendo curules federales plurinominales a cambio de parálisis en la legislación mexicana.
Refundar significa aislar intentos antidemocráticos de neo caudillos y grupos que añoran ser salvadores. Ahora, buscar en la Federación la madre de todos los males de la vida de un Estado, es una irresponsabilidad del mismo tamaño de los errores de los gobiernos federales panistas, que el sector progresista del PRI no puede enarbolar. La reforma fiscal fallida e incluso la política, también tienen en el PRI un mea culpa a más de una década de escasa legislación. Se buscó lo inmediato, como el presupuesto anual, pero no las transformaciones que el país requiere y que ayudarían al propio PRI a pavimentar su regreso al poder.
Frente a la elección del 2012 no hay ya espacios para buscar una refundación integral, sencillamente porque lo que no se hizo en más de una década no se podrá hacer en unos meses. Hay sectores que abiertamente dicen: “nunca necesitamos cambiar porque no lo necesitamos y seguimos ganando elecciones”. En ese sentido, el PRI tiene una de sus peores debilidades. A tan pocos meses del cambio en el poder no hay un Programa real en que se haya ganado la confianza de la ciudadanía, de gran parte de ella descontando un poderoso voto duro. No me refiero al Programa que deba enarbolar por Ley el PRI ante el registro del candidato, que si bien es fundamental realizarlo entre todos los priístas de manera auténtica y no en asambleas vacías, es todavía un pendiente nacional que debemos resolver.
Un franco deterioro para el PRI es velar por la protección a figuras deleznables al partido y a la vida republicana. Velar por proteger a quienes han violentado la ley no es la mejor arma para dar credibilidad del partido que se dice en transformación, y que da pruebas de tener un sistema que premia a los que han fragmentado la confianza ciudadana y la sobriedad en el poder, y no a quienes han sido leales, transparentes y con aportaciones que rebasan lo electoral para contribuir a importantes segmentos de las políticas públicas nacionales.
El ideólogo del PRI, don Jesús Reyes Heroles
“Conocer para actuar y actuar para verdaderamente conocer”, frase acuñada por Jesús Reyes Heroles, tiene hoy más que nunca vigencia, como también una visión crítica de los que hemos militado en el PRI en estos años de oposición, y que creemos que transformándolo también contribuimos al desarrollo de México.

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