La discursiva política con frecuencia ancla en el imperativo de alcanzar acuerdos fundamentales para dar curso, sobre todo, a las iniciativas presidenciales observadas como fundamentales para la República. Esto es como si el criterio de la superioridad política no fuera discutible en cuanto atesora la representación nacional y se erige como símbolo. Acaso es en este punto en donde comienza la tremenda distorsión que lleva a confundir el término patria con la jerarquía institucional enfundada en la banda tricolor mítica. Cuando el llamado “primer mandatario“ descienda de este pedestal oficioso comenzará entonces la democracia.
Los panegiristas habituales del poder público insisten ahora, como una de las pruebas de la supuesta transformación política, en la validación de los contrapesos, sobre todo el del Legislativo, para “demostrar“ que el presidencialismo atávico ha sido vencido, al fin, por el fervor popular en pro del cambio. Y no son pocos quienes creen que el ejercicio de la crítica, por ejemplo, exhibe las diferencias con el pasado dado que se ha perdido la solemnidad en el trato al titular del Ejecutivo y nadie hace vallas para recibirlo cuando retorna al país luego de un vieja internacional. Esto es como si el maquillaje de las reverencias constantes cubriera toda la perspectiva.
A la crítica no sólo se le reprime con violencia sino también con el desdén que deviene de una mala interpretación de la tolerancia: esto es como si se dictara una sentencia para posibilitar que todos hablen pero sin que nadie haga caso ni mucho menos secunde sus pronunciamientos. Así, el espíritu de la democracia se reduce a las permanentes alianzas en petí comité sin considerarse las opiniones de cuantos disienten, con o sin razón, al tiempo que sus voces se pierden en el desierto de la indiferencia.
Y respecto a los amortiguadores legislativos no puede negarse, salvo si la mirada es tuerta, que el exaltado “freno al cambio” por el cual el régimen anterior pretendió justificar su costoso inmovilismo redujo el debate público a una visión maniquea de la realidad: los “malos”, situados en el círculo rojo, no dejaron trabajar a un presidente sin carácter y sin iniciativas siquiera para alcanzar los consensos necesarios. La pereza de aquel mandatario, el señor Fox, y la ambición de su cancerbera, la señora Marta, tiraron por la borda los recursos dialécticos de una democracia traicionada por la inercia.
Lo peor es que, en la actualidad, los valores han cambiado y el chantaje abierto, con la consiguiente presentación de facturas contra una administración que no ha podido lavar su pecado original, marca las pautas de los acuerdos camarales con el aval de una corriente política que representa, porque no ha sido capaz de evolucionar y sigue manteniendo dentro de su estructura a las mafias del pasado cercano, a cuanto de lastre reunió el sistema político mexicano. El PRI, más bien los coordinadores de sus bancadas en las Cámaras, está constituido como fiel de la balanza y negocia, entre otras cosas, la permanencia de sus peores engendros y la impunidad sobre cuantos no pueden oculta sus largas colas –Gamboa, Bartlett y tantos otros-. Incluso se simulan enfrentamientos intestinos, como los del PAN y el PRD, para matizar los verdaderos móviles.
Los contrapesos, entonces, se pierden bajo el dominio de los vicios atávicos, la colusión soterrada entre éstos, y la ausencia de verdadera vocación democrática que obligaría a extender coberturas, hacia el pueblo supuestamente soberano, en busca del aval mayoritario y no del reducido apoyo de uno entre cada cinco empadronados, esto es el veinte por ciento de la población con derecho a voto y posibilidad de ejercerlo. Ni un solo paso se ha dado, desde el luminoso día de la culminación de la primera alternancia en 2000, para asegurar el peso de las mayorías pensantes sobre las minorías incondicionales. Y a esta realidad, más bien a este vicio, se le llama ahora democracia.
Debate
En los regímenes parlamentarios no basta con ganar la elección ni obtener el mayor número de diputaos y senadores. Para asegurar la formación del gobierno es menester garantizar, mediante “pactos poselectorales”, el consenso de la mayor parte de los representantes populares siempre que no se alcance en las urnas una mayoría absoluta, un escenario cada vez más lejano por la rispidez de la competencia política y la fragmentación partidista que deviene de la misma. En las naciones en donde el bipartidismo impera, como en los Estados Unidos, es evidente que no todas las corrientes están representadas ni todos tienen voz aun cuando se digan y sientan ejemplares quienes defienden el establishment. Este es el antecedente por demás claro del Pacto por México
Ya va siendo hora de revisar los rasgos positivos, y también los negativos, de las distintas versiones democráticas esparcidas por el mundo. No creo que el bipartidismo estadounidense sea ideal; tampoco la extraña amalgama de la monarquía con el parlamentarismo a la manera de británicos y españoles; mucho menos el estilo mexicano por el que fluyen primero las complicidades antes que los intereses colectivos. Pero, sin duda, de cada un de estos modelos pueden obtenerse lecciones de gran importancia para intentar construir una democracia no sólo viable sino duradera y perfectible siempre.
La lección estadounidense se da durante los complejos procesos preelectorales en los que se obliga a los aspirantes a ser nominados como candidatos a la presidencia a medir territorios y apoyos antes de ser abanderados por sus respectivos partidos. Tal ejercicio de revisión interna, no exento de confrontaciones, sirve no sólo para atemperar los ánimos sino para medir los verdaderos alcances de cada postulante en la búsqueda de un liderazgo que conecte y convenza a la militancia.
En otra perspectiva, la de las monarquías parlamentarias, el imperativo de lograr la convergencia de distintas fuerzas políticas minoritarias para asegurar el andar de quien está llamado a ejercer el gobierno por mandato del mayor número de electores, aun cundo no se alcance entre ellos mayoría plena, ofrece a la ciudadanía la garantía de que las cuestiones torales, es decir aquellas que implican la defensa de los valores nacionales el despegue de las transformaciones necesarias, no serán motivo de réplicas infectadas e inflamadas por los sectarismos sin otro sustento que la soberbia de los dirigentes opositores.
En México nos faltan los pasos decisivos para alcanzar el nivel de la viabilidad democrática sin lastres ni manipulaciones perversas. Por ejemplo, para hacer valer la fuerza de la mayoría en las segundas vueltas electorales cuando ninguna corrientes sea capaz de lograr, en la primera oportunidad, el consenso de, cuando menos, la mitad más uno de los votantes. Esto, para este columnista, es fundamental para vitalizar al modelo y extenderlo, afianzándolo con los acuerdos entre distintos partidos aun cuantos parezcan situados en los extremos. Las coincidencias son tantas que bastaría leer la declaración de principios de cada uno de ellos para encontrarlas sin asomo de dudas.
De allí la importancia fundamental de reformar nuestra estructura en lo fundamental, no sólo en cuanto toca al maquillaje de los órganos y árbitros electorales como se dio a través de la nueva legislación electoral cuyos defensores insisten, para explicar sus limitaciones, en la necesidad de que se den paralelas otras propuestas transformadoras para llegar al buen puerto de la democracia. Esto es en la reforma integral del Estado tan prometida y, por ahora, marginada bajo mil pretextos, los de la seguridad nacional entre ellos.
No hay imposibles cuando la voluntad democrática impera. Y es ésta, por desgracia, la que falta en el desafinado concierto institucional en el México de las simulaciones revalidadas.
El Reto
En España, el monarca funge, hasta hoy aunque ahora con repelentes claros, como fiel de la balanza y concentra facultades incluso para designar, en su condición de jefe del Estado, al jefe del gobierno cuando sea imposible la puesta de acuerdo entre las corrientes políticas diversas. Tal sería, desde luego, la última opción que, desde luego, cancelaría la imagen de una democracia viable aun cuando la administración provisional confluyera hacia un nuevo proceso comicial con la intención de que fuera menos sesgado. Esto es, una segunda vuelta, si bien más maquillada que en no pocas naciones latinoamericanas en donde se privilegia esta figura.
Lo que, en definitiva, no es sano es mantener las cosas como están, salvo en lo referente al cambio de funcionarios electorales para sancionar la parcialidad de los salientes. Y tal está sucediendo en México en donde todas las simulaciones son posibles. Para colmo, acuerdos soterrados de por medio, se mantienen en los gobiernos estatales hasta a los protectores de las bandas de pederastas. Los Legionarios del PRI, cabría nombrarlos. Abundaremos.
La Anécdota
El PAN en México, apañado por una parte de la clase empresarial –la que se consideró obligada a garantizar la continuidad por temor a no encontrar respaldos gubernamentales de producirse un viraje hacia la izquierda-, no cesó de señalar a su adversario central como “un peligro para México”.
El Partido Popular, con menos campaña a cuestas, utilizó durante la última campaña electoral en España, dos promocionales arrancados del corazón latinoamericano: dijo proyectarse “con cabeza y corazón” –suprimiendo la parte de la “mano dura” que exaltó el Partido Patriótico en Guatemala-, y sentenció a su rival socialista por representar “un riesgo para los bolsillos”. Lo mismo… con el diccionario de sinónimos al lado.
Lo grave es que también la izquierda en México, bajo la batuta de quien fue señalado como una amenaza para la estabilidad financiera, cae en los mismos prejuicios. Hace algunos años, Andrés Manuel López Obrador se refirió al Congreso como “un peligro para el país” por no coincidir con las proclamas callejeras y provocadoras del “Frente Amplio”. La identidad de la sintaxis podría servir como medidor para la auténtica fidelidad democrática.
























