fmi

Grecia sólo es una especie de símbolo; ahí, aparentemente, se encuentra el epicentro de una crisis global que, pese a sus esfuerzos, ni el Fondo Monetario Internacional (FMI), ni la acción conjunta de los países desarrollados ha conseguido controlar, y que está poniendo en entredicho un modelo económico que, al parecer, ha fracasado.
Grecia no es realmente el epicentro, quizá sea la economía europea más vulnerable junto con Portugal. Tampoco es el sistema bancario de toda Europa, como lo dejó entrever Robert B. Zoellick, presidente del Banco Mundial (BM), en Israel. El sistema bancario ha sido el gran beneficiario de una serie de estrategias económica, para bien o para mal de todo un modelo productivo.

El verdadero epicentro se encuentra, precisamente, en las recetas que el FMI se empeña en dar a Europa, en esa medicina amarga que los griegos, simplemente, se negaron a tragar y que la Comunidad Europa ha acordado integrar en las constituciones de sus miembros (con excepción de Inglaterra y la República Checa): limitar sus déficits al .5 por ciento de sus PIB.
Se trata, en pocas palabras, de no gastar más de lo que se produce, lo cual suena muy razonable. Pero nada más suena porque, en la práctica, implica limitar el desarrollo cuando la producción local no es suficiente para impulsarlo.
Cualquier empresario lo sabe; si quiere desarrollar su empresa debe invertir. Para eso existen los créditos. Al invertir gasta más de lo que produce a fin de garantizar su crecimiento.
En la práctica, para un país, no gastar más de lo que se produce significa austeridad, y la austeridad, lo sabemos de sobra los mexicanos, no se reparte equitativamente; siempre hay alguien que paga las cuotas de otros.

Medicina amarga
Quien conoce de plantas sabe que una hoja amarga puede ser medicinal. Pero antes que eso es venenosa. Y al parecer lo mismo ocurre con las recetas del FMI, no porque de antemano sean un veneno. Cualquier medicamento, en exceso, resulta contraproducente.
En la reunión de Davos, Suiza, Christine Lagarde, directora gerente del FMI, comentó: “Hace tres años fue un error que el FMI recetara estímulos generalizados para países con problemas distintos, y ahora es un error esa oleada de austeridad que no tiene en cuenta las especificidades de cada caso”.
Las economías emergentes no hemos recibido, como recetas del FMI, los estímulos generalizados; en cambio sí la austeridad. Y la austeridad ha implicado, además de la disciplina fiscal, secar los mercados y reducir la capacidad adquisitiva de la población.
Y ahí está el meollo del asunto; a partir de cumplir con las recomendaciones del FMI, los mercados tienden a hacerse más pequeños y, desde luego, el dinero escasea. Bajo esa perspectiva es difícil gastar menos de lo que se produce, pues sin dinero, las posibilidades de producir más se reducen.
Por eso, los griegos se han negado a seguir consumiendo más medicinas amargas; parecen pedir, a gritos, que los mismos ideólogos del FMI y del BM las prueben. Por lo pronto, Grecia y Portugal, éste último con problemas económicos casi tan serios como el primero, han sido desahuciados.
Italia y España no las tienen consigo; ambos han aplicado fuertes medidas de austeridad y, aun así, se encuentran en una situación muy comprometida. No sólo por sus problemas económicos; además por los problemas sociales que, sobre todo España, enfrentan.
La ortodoxia económica, pues, impulsada por los organismos financieros, ha demostrado, en los últimos cuatro años, ser mera ideología, una ideología a la que, liderada por Alemania y los organismos financieros internacionales, Europa se aferra sin remedio.
Incluso, los directores de esos organismos financieros internacionales piden a los gobiernos europeos sensibilidad política, una sensibilidad política, desde luego a modo de tales organismos, pues no parte de tomar en cuenta, como verdadera sensibilidad política, el sentir y las necesidades de los gobernados.
Por lo pronto, la crisis europea golpea, sin prisas pero sin pausas, diría Serrat, a las economías globales; la producción manufacturera de los gigantes asiáticos ha debido bajar, mientras los expertos consideran que el incremento en la producción alemana es insuficiente.
Quizá, proponen algunos expertos, como John Gray, es momento de regresar a las tesis keynesianas. De lo contrario, ocurrirá con el capitalismo lo que ya le sucedió al socialismo. Y entonces sí, tendremos que hablar del fin de la historia, por lo menos de la historia de la modernidad.   Â