España está por romperse. Lo auguramos hace varios años. Todavía, en 2009, insistimos ante varios turistas catalanes en esa posibilidad y la negaron aduciendo que todo era pasajero. Pero no fue así. El primer estandarte fue el equipo de fútbol Barsa, luego siguió el movimiento antitaurino, después la decadencia de los Duques de Palma -la hija menor del Rey y su yerno- que habían fincado en Barcelona y después, en cadena, la negligencia del gobierno español ante el despertar del independentismo catalán encabezado por el presidente de la Generalita, Arturo Mas, y continuado por la izquierda radical Eskerra Republicana. El ochenta por ciento de los entrevistados en esa autonomía, además, se inclinaron por la desaparición de la monarquía cuyo sustento, la jefatura del Estado, parece sólo una cortina de humo… que cuesta muchos millones de euros.
La Corona se tambalea. Las implicaciones del caso Noos, por las cuales el yerno Iñaki Urdangarín –uno de mis nietos se llama como él, por cierto-, fue implicado por un fraude millonario que ya se conectó a la Infanta Cristina y al Rey, mientras, además, crecen las acusaciones por corrupción del presidente del gobierno, el franquista Mariano Rajoy Brey, a sólo catorce meses de su asunción, con pruebas fehacientes de que recibía “sobres” con grandes cantidades en líquido para evadir al fisco, ha crispado los ánimos de los casi seis millones de “parados” –desempleados- con los que la oficialidad no sabe que hacer. La inconformidad crece y las autoridades sólo intentan paliar sus efectos con pronósticos optimistas que, de ninguna manera, se reflejan en los hechos.
No hay nada peor para las sociedades nacionales que el convivir entre posiciones extremas, irreconciliables. En España, liberales –o socialistas-y conservadores –o populares- se dividen por igual a una franja estimada entre 34 y 36 puntos del global de los votantes; el resto, el de los indecisos, por lo general jóvenes a quienes la Guerra Civil no parece interesarles tanto como las “marchas” –o parrandas”- dispuestas para alcanzar la liberación respecto a sus propios hogares –luego vuelven a ellos sin posibilidad de mantenerse o esperando las herencias-, es el que inclina la balanza, de un extremo a otro, cada que llegan los comicios generales. Los bandazos no responden al carisma y capacidad de los ponentes sino a los resultados negativos de cada administración o los excesos torpes de los presidentes que se creen infalibles hasta el momento mismo en que son tocados por la democracia callejera.
En tales términos, es absurdo la preeminencia de una Monarquía que ya no se respeta ni a sí misma, perdidos los controles familiares de la Corona y en ausencia mental, de hecho, de un rey juguetón y promiscuo que antes caía bien y ahora es sencillamente insoportable para las masas. Por otra parte, la sostenida historia de amor entre los príncipes Letizia y Felipe –por costumbre coloco a la mujer por delante aunque con ello se vulnere el antiquísimo protocolo-, el de la plebeya periodista y el aristócrata que jugó a los soldados y marinos vistiéndose como ellos en misiones más mediáticas que efectivas, cada vez parece menos sostenible al conocerse las dotes impositivas de ella y la debilidad de carácter de él. Con estas cartas no es posible augurar un futuro para la Corona aunque los propios izquierdistas insistan en sostenerla –o cuando menos lo hacían hace algunos meses-, por considerarla una especie de símbolo de aglutinamiento o, cuando menos, un muro para contener las corrientes encontradas de la historia, siempre entre los mismos bandos irreconciliables.
En México, cuando menos, se rompió la esencia bipolar de los partidos con la presencia de una corriente de izquierda que fue creciendo cuando dejó de ser simplemente una opción de acompañamiento para el partido hegemónico. Al surgir el PRD, en 1989, aprovechando el registro del comunista PSUM de Heberto Castillo –un monumento a la lealtad-, se tuvo la esperanza de que la transición política no fuera a contracorriente de nuestra historia aunque sí alimentara una reacción de los conservadores, y de la Iglesia como principal grupo de presión, al sentirse relegados. No fue así pero caímos en la trampa de la negligencia y la inoperancia que, tras doce años de desaciertos, nos convirtió en una nación extremadamente violenta que, sin embargo, no desalienta las inversiones de afuera porque todo se ha puesto en ganga desde los bancos hasta las telecomunicaciones y pronto hasta los energéticos según se teme a pesar de los discursos del presidente Enrique Peña Nieto en contra de esta perspectiva.
En cierta medida, en materia política México y España, como si surgieran del mismo árbol genealógico -si bien aborrezco el término de “madre patria” que parece supeditarnos a las boinas sobre los amplios sombreros charros-, tienen hilos comunes en cuanto a las historias paralelas. El regreso del franquismo allá; el del PRI, acá, demuestran cierta amalgama que destruye los propósitos de cambio. En España se arrodillan ante los lineamientos de la Unión Europea, erigida en una especie de Cuarto Reich sin necesidad de invasiones hitlerianas; y en México, Estados Unidos pretende seguir dictando las normas, o las rectorías en los renglones financieros, políticos y sociales. De una manera u otra, nuestro destinos ya no dependen de quienes integran las naciones sino de los intereses supranacionales entre los cuales el tráfico de drogas y el de armas marchan a la par, hacia el mundo entero, por las puertas de la frontera entre México y Estados Unidos y la de Madrid como acceso inmejorable para la Unión Europea; y de allí hacia Asia y todos los puntos de la tierra.
Menos protocolos, como los recientes e innecesarios homenajes al ejército –por un centenario sacado de la deriva de la historia a partir de la “marcha de la lealtad” encabezada por los cadetes del Colegio Militar y no por los mandos castrenses no renovados, esto es con la guardia porfiriana en primer término que propició la contrarrevolución orquestada por el “chacal” Victoriano Huerta y el beodo estadounidense, Henry Lane Wilson –dos de los personajes más detestables de la crónica mundial-, y sin la necesaria renovación de los mandos. Hace cien años, por cierto, quien estaba en el poder, a la mala y como consecuencia d sendos magnicidios –contra Madero y Pino Suárez; pero también contra la letra de la Constitución vigente entonces-, era Huerta y nadie se atrevería a mencionarlo como quien renovó al ejército de nuestro país. La tremenda deformación pinta, de cuerpo entero, a los operadores de la imagen presidencial. ¡Por favor!
Es necesaria la revisión histórica. Aquí y allá. ¿Qué peso específico tiene la dinastía de los Borbones con una interminable secuela de hechos de la peor ralea?¿Y el retorno de las viejas mafias –siguen guerreando salinistas y zedillistas como si no tuviéramos memoria-, incapaces de sanearse a sí mismas siquiera para posibilitar la recuperación de la credibilidad pública? Paralelismos inescrutables con ventaja para México: todavía en nuestro país está firme el nacionalismo y firmes los símbolos… aunque nos amenacen ochenta cárteles y cien grupos armados en veintidós entidades de la República. Dijéramos que este punto, el del patriotismo que no reniega de la letra de su Himno Nacional ni abofetea el lábaro de la unidad como sucede en la desgastada España a punto de romperse, es parte de nuestra salvación o una salida que debemos aprovechar contra los malos augurios.
La monarquía, en fin, ya no tiene futuro. Mientras más tiempo pase será más cruel su caída; y tal deberían entenderlo sus beneficiarios principales con los antecedentes conocidos como los asesinatos del Zar de Rusia y su familia y la guillotina que cayó sobre Luis XIV y su María Antonieta en la plaza parisina llamada ahora de “La Concordia”. El destino de los reyes que no saben retirarse a tiempo suele ser bastante peor a los destierros intermitentes de las testas coronadas. Pero, por desgracia, no quieren entenderlo ni repasando las páginas del horror que, en España, llenan cientos de volúmenes.
Y así, como la Monarquía, el presidencialismo en México debe ceder de una vez por todas.
Debate
¿Por qué proteger a calderón –minúsculas-? Es lo mismo que hacer lo propio con el siniestro Genaro García Luna, su ex secretario de Seguridad Pública ahora afincado en Florida, muy seguro de sí mismo. El ex presidente, refugiado en Harvard –para deshonor de esta institución otrora prestigiada-, ha sido señalado por prevariación, además de proteger a sus grandes aliados millonarios –dispensándoles discrecionalmente del pago de sus impuestos mientras se aplicaba el terrorismo fiscal contra vsus adversarios, y ocultar las verdaderas cifras de desaparecidos, en un número muy parecido al sostenido en esta columna: veintisiete mil. ¿Nadie responderá por la ausencia de pesquisas, la negligencia y las actuaciones criminales de este dúo fatídico para México?
El colmo del cinismo lo escenificó el diputado Luis Alberto Villarreal, coordinador de los panistas en la Cámara baja, cuando, cerca del priísta Manlio Fabio Beltrones, espetó respecto a las “policías comunitarias”: “esto no sucedió con calderón –minúscula-“. Y claro que no sucedía porque el pueblo era brutalmente masacrado y sin respuesta; ahora, sin que lo justifiquemos, han sacado los arcabuces para defenderse como un llamado de atención contra la herencia negra del calderonismo. ¿O es preferible tener las manos atados cuando matan a los nuestros a vista y paciencia de la oficialidad infiltrada? No creo en la justicia, tampoco en la que se hace por propia mano… ero menos creo en la demagogia rampante de los panistas irresponsables. (Y eso que Luis Alberto es amigo mío y espero que lo siga siendo por otros valores que posee en el terreno de la política).
La última semana del calderonismo –en donde este columnista fue víctima igualmente- debe ser revisada minuciosamente. Quizá en este periodo aniden las pruebas necesarias para señalar al dúo fatídico que arrasó con cuanto encontró a su paso.
La Anécdota
Si queremos conocer la verdad es necesario descifrar cuanto pasó por la puerta número cuatro de Los Pinos durante el mal gobierno de calderón –minúscula-. (Vuelvo a la lectura de “Nuestro Inframundo”, Jus, 2011). Por este acceso, pasaban desde mariachis hasta falenas y jovencitos que alegraban las tardeadas en Los Pinos que fueron extendiéndose hasta ser diarias. Las organizaba Genaro García Luna y siempre contaron con la presencia del entonces secretario de la Defensa, Guillermo Galván. La seguridad reunida mientras las matazones no paraban. Ilustración exacta de lo que fue aquel periodo cuyas cuentas, criminales y financieras, deben ser revisadas.
Por esta misma razón, Margarita Zavala Gómez del Campo, dejó varias veces la residencia oficial. Y dicen que Angélica Rivera no comparte sitio con el presidente Peña en la residencia oficial. Estos desvaríos emocionales, quiérase o no, repercuten en el ánimo y el servicio político de quien dirige al gobierno nacional.
























