Yersinia Pestis. Así se llama la bacteria. No le llamaban así cuando la enfermedad que provoca asoló el mundo; en unas cuantas décadas acabó con más de la mitad de la población europea.

Es la peste, enfermedad que puede manifestarse de tres maneras: con bubones en las zonas de los ganglios (peste bubónica), con manchas oscuras en la piel por infección en la sangre (peste negra) o con problemas en las vías respiratorias (peste neumónica, la más contagiosa). Hay una cuarta manifestación, pero muy rara: la infección en el cerebro.


Entre los siglos XIV y XV sus apariciones fueron el azote de oriente y occidente. La gente moría irremediablemente; sólo unos cuantos se salvaban luego de que aparecían sus manifestaciones. La principal vía de contagio eran las ratas, y utilizaban como puente de infección la pulga.

Y sin embargo, las posibilidades de contagio, normalmente, son mínimas; se requieren ciertas condiciones de temperatura, falta de higiene y desnutrición para que las pulgas le sean útiles a las bacterias… Las condiciones se presentaron al mediar el siglo XIV.

Sólo la peste neumónica puede contagiarse de persona a persona a través de las pequeñas gotas de saliva (aerosoles) emitidas por el estornudo de personas infectadas.

Algunos científicos proponen que, en los siglos de la peste, ocurrió una mini era glacial, quizá provocada por una desviación temporal de la corriente del golfo de México. Un descenso de la temperatura, la consiguiente caída en la producción agrícola en Europa y el Oriente, y las terribles condiciones de higiene que prevalecían en Europa y el Medio Oriente lograron detonar la epidemia.

Para que haya epidemia deben abundar las ratas, ratas enfermas, desde luego, y para que las pulgas sean efectivas trasmisoras de la yersinia se necesitan temperaturas bajas, sólo así la yersinia se reproduce en su sistema digestivo y lo bloquea, con ese bloqueo la pulga no puede alimentarse.

La pulga deja a la rata y brinca a una persona. Pica y pica a su huésped porque tiene hambre y no puede saciarla. Es más, regurgita la sangre que no puede tragar, pero la regurgita llena de yersinia y el contagio está listo. La mala nutrición hace el resto.

Sí. Europa enfrentó un serio problema de sanidad. Se intentó de todo, encalar las casas en las que había infectados, aislarlos, quemar los cadáveres, llenar de flores, quemar incienso, perfumar. Cuando, finalmente se sospechó de las pulgas, los perros fueron las víctimas.

Pero en esos siglos los sistemas de salud prácticamente no existían, y la ciencia apenas comenzaba a balbucear. No se les podía pedir más a las autoridades en una época en que apenas comenzaban a ser autoridades.

La gripa española

Sin embargo, la enfermedad que más muertes ha causado en la humanidad no es la peste, pese a todos sus horrores. Es una enfermedad que ha acompañado al ser humano en toda su historia. Es una enfermedad común y, hasta cierto punto, vulgar; tanto que se le confunde con el resfriado o catarro común. Es la gripa o influenza (sí, gripa e influenza son dos nombres para una misma cosa).

La gripa es la gripa o, si se quiere, influenza. Pero no catarro. Es una enfermedad grave que provoca miles de muertes cada año, generalmente niños pequeños y adultos mayores (los extremos de la edad). Normalmente el índice de mortandad por la gripa es del 0.1 por ciento de los contagiados; algo así como uno por cada mil enfermos.

Aunque a veces se torna violenta; entre 1918 y 1919 una cepa del virus, llamada Influenza (o Gripa) Española, mató a entre 50 y 100 millones de personas. También se calcula que se contagio el 90 por ciento de la población en el mundo y que su índice de mortandad fue superior al 10 por ciento.

La enfermedad tiene una característica terrible: no es curable. Pero sí tratable: reposo, vitamina c (preferentemente consumida directamente de frutas y verduras) y muchos líquidos, especialmente los que contienen electrolitos naturales, como los jugos, los tés y los consomés. La recuperación, en la mayoría de los casos, llega sola.

También hay contraindicaciones: antibióticos, pues pueden deprimir el sistema inmunitario y fortalecer cepas de las bacterias que anden por ahí (sin hacerle daño a nadie), y aspirinas.

Sobre la gripa española hay datos muy interesantes; por ejemplo: el virus que la provocó fue, nada más y nada menos que el influenza virus A H1N1. ¡Exacto! El mismo tipo que la ex gripa porcina o nueva influenza H1N1 (ni modo, hay que repetir) y que el causante de la mayoría de las pandemias anuales de gripa.

Va otro: la Gripa Española mató principalmente jóvenes y adultos maduros y saludables; los grupos intermedios de edad. Los científicos suponen que el sistema inmunitario fue el principal responsable de las muertes al actuar de manera masiva y terminar taponando los alvéolos, pequeños canales que llevan el oxigeno de los pulmones a la sangre.

Y más: Es muy probable que el, ya famosísimo H1N1 llegara a nosotros gracias a una donación de las aves, pero no nos llegó de manera directa; los cerdos habrían actuado como intermediarios. El asunto es que, en materia de gripa, suele existir una extraña, pero exitosa, asociación entre humanos, puercos y aves; la asociación permite un constante intercambio viral.

Otro dato: Pese a su nombre, la gripa española inició en Estados Unidos; los primeros casos se presentaron ahí en la primavera de 1918, pero fueron muy leves. Viajó a Europa a bordo de los soldados estadunidenses, y se expandió en los frentes de batalla en la I Guerra Mundial. En el invierno hizo estragos en toda Europa ya con toda su virulencia.

El apellido “española” lo adquirió por un simple asunto administrativo: Durante la guerra, España se mantuvo neutral y ahí no existía la censura que mantenían los países contendientes. Los periódicos españoles fueron los primeros en hablar sobre los casos de una extraña gripa que estaba matando gente.

Más datos: la gripa española fue extremadamente contagiosa, más que ninguna otra hasta donde se podía recordar (pero la memoria histórica, como veremos, suele ser muy limitada). Para la primavera de 1919 pareció atenuarse y así se mantuvo hasta el invierno de ese mismo año.

Se hizo fuerte en la guerra, y pareció querer demostrar que ese virus, por sí mismo, podía hacer mayores matanzas que todas las armas humanas. Durante el invierno de 1919 se hizo presente en todo el mundo, fueron muy pocos los lugares que pudieron presumir de estar libres de la gripe; en poco más de un año mató mucha más gente que las armas en la I Guerra Mundial.

Nuevamente en la primavera de 1919 se atenuó. Para el invierno de finales del año había desaparecido sin dejar rastros. Fue hasta hace poco que se le volvió a encontrar: en cadáveres de personas que murieron ese año. Los científicos, literalmente, lo desenterraron. Fue entonces que descubrieron que se trataba del H1N1.

¿Cómo fue posible que una gripa matara tan impunemente? Puede ser simplemente una combinación de factores: la guerra, el estrés, los sistemas de salud desprevenidos y, desde luego, el tipo de virus que era nuevecito.

La gripa mexicana

Desde entonces, la gripa es la enfermedad más monitorizada del mundo. En casi todos los países hay sistemas de alerta para evitar que se repita la historia de la Gripa Española. Bajo ese contexto, uno podría suponer que el virus que la provoca es el más estudiado y, por lo tanto, el más conocido.

Y aun así uno se lleva sorpresas. Durante el verano de 2009, José Ángel Córdoba Villalobos, Secretario de Salud del Gobierno Federal, durante una aparición televisiva en los principales noticiarios del país, anunció que en México sufríamos una epidemia, con varios muertos, de una nueva influenza.

Y él mismo definió influenza: “Es como una gripa, pero más fuerte”. Ahí mismo develó un serio problema para enfrentar al virus: el sistema de salud no estaba preparado para nada, ni siquiera para actuar, de manera efectiva, ante cualquier tipo de gripa.

Primero porque, como ya mencioné, la influenza no es como una gripa; es, exactamente, una gripa. Segundo, porque si ante el número de contagios la cantidad de muertes era tan alta (menos de 100 casos detectados y cerca de 20 muertes), se trataría de una gripa con un índice de mortandad cercano al 20 por ciento (mucho más alto que la gripa española). Después, al finalizar abril, el número de casos se elevó a más de mil y el de muertos a 81, de los cuales sólo en algunos se confirmó al H1N1 como causante.

Por el número de casos detectados y el tiempo, se podría suponer que la gripa que azotaba a México era muy poco contagiosa, pero muy peligrosa. Eso, o habría que estar preparados para una epidemia de grandes consecuencias. Pero las grandes consecuencias no se presentaron.

Cuando se hablaba de casi 200 contagiados, comenzamos a exportarla. Primero a España a través de turistas que vacacionaban aquí. Luego fue a Italia, a Inglaterra, a Israel. Parecía que nos habíamos convertido en los principales exportadores de Gripa mortal.

Y es, precisamente, ahí donde radica lo más extraño: si supusiéramos que todos los enfermos mexicanos se encontraran en el Distrito Federal, tendríamos un contagiado por cada 70 mil habitantes. Muy pocos.

Demasiado pocos para exportarla. No soy muy bueno en estadística, quizá algún economista pueda ayudarnos a precisar esta conclusión: bajo ese panorama, las probabilidades de que un turista español, que permaneciera en México 5 días, se contagiara eran casi nulas.

Y sin embargo se contagiaron. Y no sólo un español; fueron varios, y también ingleses, franceses, italianos e israelíes. Ese simple dato nos lleva a contemplar las cosas desde otra óptica; el número de enfermos era mayor, mucho mayor. La mayoría de los casos no fue detectada. Y ellos, los enfermos no detectados, se curaron sin mayores contratiempos.

A manera de hipótesis podríamos plantear que el nuevo subtipo H1N1 es extremadamente contagioso, pero con un índice de mortandad semejante al de cualquier influenza virus A H1N1: 0.1 por ciento. A parte de su alto nivel de contagio, podría tener otra característica que lo hace semejante al de la Gripa Española: la mayor parte de los fallecidos son jóvenes y adultos maduros.

Hay más rarezas; surgió en la primavera. Se esperaba un fuerte golpe para el otoño-invierno del mismo año, y sin embargo no fue así. Para el invierno de 2008 casi había desaparecido. Resurgió a intervalos sin muchos aspavientos. Pero luego de casi cuatro años de mantenerse casi oculto, en el invierno 2011-2012 el virus resurge casi con la misma fuerza que cuando apareció.

Digo que Córdoba Villalobos, en su aparición, evidenció la ineficacia del sistema médico. Concluyo, pues, la segunda de las razones: simplemente la mayor parte de los casos no fue tratada adecuadamente y eso provocó, por lo menos, una parte importante de las muertes.

Explico: Durante la epidemia envié a varios estudiantes universitarios con síntomas de gripa a ver al médico (no podían permanecer en la universidad); invariablemente fueron tratados con antibióticos y antigripales, y en ningún caso se les aplicó el estudio para saber si era el virus en cuestión. Este enlace es para un testimonio doloroso.

Puedo suponer que el 90 por ciento de los médicos, privados y del sistema de seguridad social, recetan antibióticos para tratar la gripa. También recetan antigripales (quitan los síntomas, pero no la enfermedad), muchas veces aspirinas u otros que contengan ácido acetilsalicílico. En el Seguro Social, en emergencias, los médicos mantuvieron esa práctica en la parte más fuerte de la epidemia.

En resumen, a diferencia de 1918, la gripa no colapsó el sistema de salud nacional, ni siquiera el global; ambos ya estaban colapsados. No fueron capaces, ni lo han sido, de responder a un problema de salud pública derivado de la enfermedad más peligros y más atendida.