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A Felipe Calderón, en el muy trascendente G-20, sólo se le ocurrió hablar de la necesidad de consolidar el desarrollo y frenar la depauperación general, un propósito que tiene diversos matices de acuerdo a la ideología de los gobernantes. Por ejemplo, en España, esa misma sentencia significó la puesta en marcha de la reforma laboral más retardataria de la historia con rebajas sustantivas al salario y a los días pagados por despido –pasaron de cuarenta y cinco a treinta y tres, muy alejados de los tres meses que se cubren en México más veinte días por año de servicio-, además de posibilitar, de modo discrecional, que las empresas puedan recortar sus nóminas, bajando los ingresos de sus trabajadores y despidiendo a quienes no acepten tales “recortes”. Es decir, la filosofía de los dueños del gran capital que subrayan que sólo así es factible crear nuevos empleos y abatir al creciente número de desocupado. Sólo en España la cifra asciende ya a cinco millones trescientos mil “parados”; una perspectiva dramática en la que debieran verse los altos funcionarios de nuestro gobierno.

Para otros, en cambio, las mismas palabras pueden significar lo diametralmente opuesto. Por ejemplo, desde una visión más vanguardista, la solución es blindar las fuentes de empleo, haciendo recobrar a las mayorías su poder adquisitivo para intentar ampliar coberturas con miras a la creación de nuevos centros de trabajo. Es decir, no castigar a quienes tienen ocupación para subsidiar a las empresas ricas como una manera de incentivarlas, como aplican los gobiernos de derecha: a la larga, los empresarios se ahorran mano de obra, reducen sus plantas laborales y optan por “ahorrar” a costa de no contratar nuevos empleados por el prurito de reordenar las líneas administrativas generales con el apoyo de la superior voluntad política. Y de este estribillo no salen ni siquiera para simular… aunque modifiquen ciertos términos en tiempos electorales para no causar pánico entre los presuntos votantes y cooptar su voluntad con promesas de un futuro menos infectado, de un cambio que, en lo general, resulta hacia atrás.

A México todavía no le llega la nueva crisis recesiva con la crudeza con la que ya está atacando a Europa en donde la derecha parece reforzarse y hasta Nicolás Sarkozy, quien iba muy abajo en las encuestas, aboga por su reelección y gana algunos puntos en este sentido con discursos inflamados de patrioterismo barato y referentes con acendrados lugares comunes. Lo dicho: palabras en un sentido e interpretaciones en la praxis en otro. Un verdadero drama, claro, para quienes sufren las consecuencias de esta disparidad que marca la democracia de nuestros tiempos.

En Europa a los “indignados” se suman ya los obreros que quieren “corregir” no destruir el rumo, según aclaran sus líderes. Ganan las calles –las manifestaciones, exaltadas las más de ellas pero sin llegar todavía a la violencia, recuerdan los más amargos episodios de 1968, hace cuarenta y dos años nada menos, cuando la comunidad estudiantil universal reclamó voz para las nuevas generaciones apretadas en un círculo cerrado en donde la madurez sólo podía alcanzarse si se aceptaba sumarse a las líneas de la corrupción del establishment. Y la cuestión va tomando color y calor ante la preocupación de una casta de gobernantes que recurren a las estadísticas acomodaticias y a las comparaciones fútiles para intentar salvaguardarse de las críticas sin respuestas. Como lo hace Sarekozy ara defender las líneas financieras de Francia enfrentándolas a las cifras menos felices de Italia y España, no digamos Grecia al pie del abismo y ya de hecho incendiada, sin meditar en sus propias culpas.

No se olvide que el francés, al lado de Ángela Merkel, la primera ministra alemana que debió enfrentar la caía de su corrupto presidente sin mover un músculo de la cara –he dicho que logró ganar la tercera guerra europea global sin disparar un solo tiro como sí hicieron los antiguos nazis ahora en plan de reorganizarse-, lideran la Unión Europea y marcan lineamientos al estilo dl Fondo Monetario Internacional que, de la mano del neoliberalismo, asumió la rectoría económica de nuestro país ya hace varias décadas, digamos desde el ominoso sexenio de Miguel de la Madrid.

Esto es lo que, desde luego, no nos cuenta la candidata del continuismo, la muy optimista Josefina Vázuqez Mota, inteligente y bien avenida, en su condición de defensora del estado de cosas. ¿Estará dispuesta, en caso de ganar los comicios de julio mediando operaciones similares a las utilizadas en 2006 por el PAN, a asumir los costos de la crisis con aplicaciones tan lesivas como las tomadas por el franquista Mariano Rajoy Brey?

Debate

Por cierto, allende el mar cada vez se habla más de Franco y menos de la Ley de Memoria Histórica destinada a vindicar a sus víctimas en los antiguos dominios del “caudillo”. Tal circunstancia también debiera ser una alerta cuando en México, los conservadores de hoy –con visión siempre parcial de los hechos-, asumen que deben retornar las cenizas de Don Porfirio, enterrado en el cementerio de Mont-Parnase, en París, para zanjar viejas deudas históricas… o, más bien, recrudecerlas como una fórmula distractora mientras el gobierno en ejercicio asegura su permanencia. De todo hay en este México nuestro.

Maniatados, los precandidatos que ya son, de hecho, candidatos salvo para arcaica visión de los consejeros del IFE, los guardianes de un proceso supuestamente “moderno” que, de inicio, atenta contra la libre expresión, acaso un valor superior porque sin éste no puede asumirse el consenso mayoritario y, por ende, la democracia no tendría cimientos sobre los cuales erigirse. Cualquier llamado al silencio de los actores políticos debiera ser visto como vergonzante. Otra cosa es lo que no se ha regulado: las inversiones con dinero sucio que provienen, sobre todo, del auge del narcotráfico y de la guerra entre las mafias que no disminuye las exportaciones de droga hacia el mercado mayor del mundo pero sí hace crecer, dramáticamente, el número de civiles acribillados, mucho más que las víctimas del terrorismo en Estados Unidos –desde aquel ominoso 11 de septiembre- y de España, con el concurso del ETA vasco y de Al Qaeda también. Pese a ello, se mencionan más los segundos que cuanto sucede en México a lo largo del sexenio más violento de nuestra historia.

Quizá sea lo anterior lo que más tema el señor Calderón a la hora de su retiro, en caso de que su partido o sus protectores pierdan la estafeta o, en el caso de los segundos, cambien de bando como ya sucedió en 2000. Porque, no lo olvidemos, los cómplices del llamado “viejo régimen”, el del priísmo hegemónico, se convirtieron, en un santiamén, en los más grandes aliados del panismo sucedáneo, esto es con aplicaciones, corregidas y aumentadas, de cuanto fue nefasto en el pasado, incluyendo, desde luego, el desaseo electoral de 2006 que es antecedente y presagio de cuanto puede suceder en este 2012 en cuanto el PAN sigue la misma ruta de la mano de los catalanes Antonio Solá y Xavi Domínguez. Y dicen que ya contrataron a una especie de Messi, un argentino avecindado en la separatista Cataluña, para completar el trío. Nada peor bajo el firmamento del México en reconquista.

¿Habrá quien crea de verdad, en la necesidad de contratar a operadores foráneos como si los mexicanos no conocieran mejor su país?¿O se trata de uno más de los grandes negocios electorales que inician, claro con los altísimos e injustificados sueldos de los consejeros del IFE y organismos estatales similares? Ministros, jueces y consejeros electorales rebasan toda capacidad de asombro por el cinismo en que sobrevalúan sus aportaciones en una nación saqueada y pésimamente administrada. ¿Esto es obra del pasado o de la pretendida “modernidad?”?

La Anécdota

Escuché de uno de esos nacionalistas del norte de España que han perdido hasta la cordura –por ejemplo, prohíben las corridas de toros, una expresión humana de gran trascendencia, y no la salvajada de los “correbús” en donde a los toros se les queman los pitones y apedrean hasta su muerte para exaltar las “tradiciones” locales-, hacer una infortunada comparación:

–Somos como los yucatecos, separatistas.

Le respondí que, ni en la peor de sus pesadillas, los yucatecos se atreverían a rechazar el Himno Nacional o desdeñar el pendón tricolor como si lo hacen los catalanes respecto a los símbolos españoles. Además, el supuesto regionalismo de Yucatán tiene su asiento en una leyenda negra: cuando Santa Anna, ex gobernador de Yucatán, instaló un régimen central contrariando al federal, esta entrañable entidad optó por rehusarse al modelo; y luego, al reanudarse la normalidad federalista, volvió, ejemplarmente, a formar parte de la unión. Una diferencia sustantiva contra quienes, apátridas, niegan sus raíces y orígenes por un lamentable complejo de superioridad, que es, en realidad, de inferioridad.