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El discurso es un juego de máscaras en el cual participamos todos, élites y sociedad, y que nos liga por un contrato de solidaridad recíproca.
Patrick Charaudeau

Comunicar, entre otras muchas cosas, sirve como recurso persuasivo para llegar a nuestro objetivo, en muchas ocasiones puede ser el poder, y otras tantas de forma minoritarias es la necesidad de poder divulgar nuestras ideas. A lo largo de los años, por ello, podría parecer que nos hemos sensibilizado a todos los discursos; partiendo desde una madre a su hijo, hasta un político hacia con los ciudadanos.

Las sociedades añejas siempre mostraron la búsqueda de la perfección en la comunicación,  se vislumbraba una diferencia rápidamente entre el líder del súbdito, la diferencia en las improvisaciones y la solidez de sus argumentos. En la antigua Grecia la sociedad elegía a base de la exposición de los testimonios,  para que ellos eligieran el rumbo que más estuviera a la par de sus necesidades.

En nuestros días, cuando un político hace gala de sus habilidades para hablar en público, lo único que, en teoría, buscan, es comunicar esperanza galardonada con pequeños atributos de confianza, pero con un alto grado de irresponsabilidad social. El líder siempre muestra una forzosa carga de instrumentos que hacen que uno se sienta en el supuesto que todo eso va estar bien, eso sí, si seguimos el rumbo del discurso mejor estructurado. ¿Qué es necesario para un discurso? Para AdQat, Los expertos en escritura de discurso político han propuesto tres dimensiones globales del discurso válidas. Un discurso político tiene 3 apartados centrales:

• Mensaje esencial: La evidencia psicológica estima que un orador tiene entre 5 a 10 segundos para colocar su mensaje central.• Cuerpo del argumento: Argumentación, tono emocional, congruencia con el mensaje esencial.
• Cierre: La forma en la que termina el discurso, reforzando el mensaje esencial, sin redundar

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Estos apartados son una radiografía de las oportunidades más importantes del Estado, sin dejar a un lado las habilidades y la pericia de algunos políticos.
Los retóricos de la época clásica se hicieron una pregunta fundamental ¿qué es lo que hace a un auditorio aceptar todas y cada una de las ideas del orador? …¿Comprensión?, ¿Manipulación?, ¿Esperanza?, ¿Confianza?, ¿Convicción?. Difícil de responder cuando la realidad es otra, el público está manejado por los primeros 4 supuestos, y el último, dejándolo como motivo y exposición especial, implementada por los políticos, para que vean con factibilidad su proyecto.
Sin duda, en nuestros días los discursos políticos están cada vez más polarizados, sencillamente la preocupación recae sólo en el proceso de construcción de un personaje, que surge respuesta a la banalidades de ideas, que el partido en el poder no ha podido subsanar.

Es triste decirlo, las plataforma de ideas como fue en la antigua Grecia con Demóstenes y Esquines, son cada vez menos importantes, lo primordial es construir personajes, basados en la superlativa oposición en propuestas, con ideas que en diversas ocasiones, contradicen a los hechos políticos del Candidato.
Al momento de escuchar un discurso de uno de nuestros candidatos, debemos de irnos más allá del mensaje en sí, porque ese puede estar preparado con un guion perfecto, pero lo que no se puede cambiar, es la esencia, acompasamiento y sentimiento que hacen la motivación de un electorado a la hora de decidir por quién votar.

Un discurso es simplemente la voz de la realidad, maniatada en muchas ocasiones, por el sentimiento equivoco de un país Seguro, Justo y Próspero.