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En política electoral; cuentan más las percepciones del momento que la historia que yace detrás. En este sentido, los factores que forjen esas percepciones serán mucho más importantes en los próximos cuatro meses, que todo el conjunto de debates y disputas que se reflejan cotidianamente en los medios.
Por lo demás, en política, la historia no se escribe sino hasta que se escribe; y estos tiempos de fin de sexenio serán sin duda largos y conflictivos. Por mucho que mejoren las cosas en cuanto a civilidad, lo que parece bastante improbable, el premio de la Presidencia es tan apetecible que por sí solo, garantiza el incentivo al conflicto permanente.

La principal fuente de incertidumbre negativa, es la percepción, basada en elucubraciones más o menos descabelladas, de que el enorme desajuste (más bien desorden) que vive el país, tanto en lo social como en lo político y  lo económico, se convierta en explicación y justificación para un golpe de timón autoritario después de los comicios de julio.
Es evidente que la situación actual, sobre todo con la escalada de la violencia, la incapacidad de un gobierno fallido y el riesgo de la desestabilización, no resulta compatible con un progreso sostenido a largo plazo, que es lo que demandan los mexicanos y lo que exige un entorno internacional competitivo y complejo. Pero la solución no consiste en instaurar un orden inoperante y autoritario, sino en modernizar las estructuras políticas del país.
En el plano político, el entorno de las elecciones de 2012 está fuertemente marcado por la condición general de la economía y, especialmente, del nivel de desempleo abierto, sorprendentemente bajo respecto al de Estados Unidos o Canadá (5.7 por ciento en 2010); pero en realidad, pesarán el predominio de la subocupación, la precariedad y el hecho de que casi las tres cuartas partes de los desempleados son jóvenes con educación superior, lo que refleja un panorama generalizado de delicada crisis social, de la que hoy son otra expresión clarísima los 7.5 millones de jóvenes que ni estudian ni trabajan (45 por ciento de los que tienen entre 15 y 19 años de edad).
La apuesta del PAN quedó claramente anticipada desde 2010: por un lado, atajar las posibilidades de que los priistas regresen con una plataforma nacionalista revolucionaria; y por otro, la pretensión de no sólo influir en la dirección nacional del PRD, sino atraerla a una alianza con el PAN para enfrentar coaligadamente al PRI, opción ya ensayada con resultados generalmente poco satisfactorios para ambas partes, pero más aún para la ciudadanía.
En otro plano, más estructural, la cada vez más improbable continuidad panista en el gobierno federal, dependería en buena medida de su estrategia de reformas neoliberales pues, como en Estados Unidos, Felipe Calderón apostó por seguir adelante con las reformas estructurales inconclusas: laboral, educativa, de la seguridad social (sigue la lucha por el jugoso botín financiero de las pensiones de los trabajadores), fiscal y, sobre todo, energética.
Esa estrategia se articula claramente con el proyecto estadunidense de militarizar la vida nacional con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, profundizar un clima de temor generalizado (asunto en el que desempeñan un papel decisivo los medios de comunicación), que tiene como base la criminalización de los luchadores sociales y la paramilitarización de espacios urbanos y rurales cuidadosamente escogidos.
Consecuentemente, los panistas decidieron utilizar el gasto público, el combate al narcotráfico y al crimen organizado, los medios de comunicación y el desgaste y la represión de los movimientos sociales, como armas de control electoral.
Es un complicado anticipar con certidumbre en qué medida podrá actuar con unidad la presunta izquierda partidista con la selección de Andrés Manuel López Obrador como candidato presidencial, más allá de la utilización de uno o más registros electorales (el más viable es el del PRD).
Igualmente, queda por definirse si existe un verdadero programa político, más allá de la consabida retahíla de lugares comunes, con el añadido de entelequias punto menos que risibles, como la república del amor, con su secretaría de la honestidad; y finalmente, es una incógnita si la izquierda social decide apostar por la lucha electoral o intentará de nuevo el boicot a las elecciones. Subsisten demasiadas incógnitas.
Los panistas buscan asegurar no sólo el control del IFE, del Tribunal Electoral y la Fepade; sino sobre todo partidizar en su favor la garantía de la gobernabilidad, mediante el expediente de arrastrar a la dirección nacional del PRD hacia un frente contra el PRI.
En cuanto al PRI, si opta por la sola recuperación del poder para buscar de inmediato recursos de toda índole, que le permitan otra época de permanencia ininterrumpida, demostrará la más grande ceguera histórica y con ella, su incapacidad irremediable para aprender de las lecciones de la historia, nacional e internacional. Retomar el camino del nacionalismo revolucionario, sin lastres proteccionistas ni de absurdos sueños autárquicos; con una real comprensión de la democracia sin taxativas, del poder del pueblo sin condicionamientos ni exclusiones, sería posiblemente la mejor ruta para que México recupere seguridad, confianza, desarrollo con justicia social y visión de futuro.
Queda por saber si Enrique Peña Nieto es el candidato adecuado. Se han suscitado en torno suyo algunas dudas, principalmente por sus compromisos aparentes con poderes fácticos. Aun así, personajes clave de su entorno político más cercano, aseguran que se trata de un juego de apariencias, de utilizar a quienes creen utilizarlo. Sin duda, es una apuesta riesgosa; pero al exgobernador mexiquense no deben regateársele talento político, ni eficacia como gobernante.

Los saldos de su mandato en el Estado de México son mayoritariamente positivos. Es de esperarse que cuando llegue a la Presidencia de la República, enderece los faltantes, como la equidad de género y un claro e inequívoco compromiso con el Estado laico.
Publicado en la Revista Gurú Político (http://www.gurupolitico.com)  y reproducido con la autorización de su Director.
Periodista y escritor. Licenciado en Ciencias y Técnicas de la Comunicación por la Universidad del Valle de Atemajac, en Guadalajara, Jal. Ha sido reportero, jefe de sección, jefe de información, jefe de redacción, subdirector y director de diarios y revistas, así como colaborador y conductor de programas en radio y televisión, guionista, productor y director de videodocumentales. Enviado especial y corresponsal de guerra en más de 30 países. Editorialista de Excélsior. Presidente del Círculo Latinoamericanos de Estudios Internacionales (CLAEI). Más información: http://claei.org.mx