opinion

Para una amiga, el contar una historia donde sólo pudiste ser espectadora no es nada fácil, la complicación de ver a una persona que quieres, sumida en todo tipo de contrariedades, luchando contra si misma, viviendo en la negación, y ver como poco a poco se apaga por dentro, como comienza a perder el control de sus emociones y después verla obligada a depender del control de una tercera persona… no es fácil, por el contrario, la decepción, la tristeza, pero sobre todo la impotencia, me obligan a contarte este caso, para que sepas detectar a tiempo lo que podría estarte pasando a ti en estos momentos en que lees la historia de mi amiga, porque todas podemos ser, en alguna medida, una Claudia que necesite ayuda.
Claudia era una niña llena de vida, siendo única hija, desde pequeña sus padres le dedicaron todo su cariño, sus atenciones estaban destinadas a hacer de ella la mujer más plena. Los sueños de ambos se verían realizados en su pequeña. Es por eso que desde que ella puede recordar se vio inmersa en clases de canto, de actuación, de ballet, de piano, pero también de idiomas, matemáticas avanzadas, etiqueta rigurosa y modales de señorita. Como todos lo decíamos… era una chica ejemplar.

Mientras decidíamos que materias cursar en nuestro primer semestre de la universidad, está
bamos emocionadas de todas las aventuras que podríamos comenzar a vivir, estábamos entrando en la etapa en que todos nos decían que sería el momento más maravilloso de nuestras vidas. El poder forjar tu propio camino, definiendo que estudiar, eligiendo quien quieres ser, era simplemente maravilloso.
Como todas, soñábamos desde siempre el encontrar a nuestro príncipe azul, ese ser perfectamente diseñado para hacernos sentir plenas. Las historias de cuentos de hadas bien podrían sucedernos a nosotras. Lo normal era encontrarnos en la cafetería después de nuestra segunda clase, justo a las 12:30 era cuando los chicos mas guapos se reunían a jugar dominó en el área que se encontraba entre la zona de comida y el área de la biblioteca. Había siempre un grupito de amigos, de muy buen ver, que buscaban llamar nuestra atención. Ese juego duró tres largas semanas, hasta que por fín uno de ellos decidió acercarse a nosotras. La emoción de verlo caminar hacia nuestra mesa duró como anécdota más tiempo del que hubiéramos deseado.
Claudia estaba prendada con un tipo delgado, alto, moreno. Era guapo, en efecto, sin embargo algo en el no me cuadraba, nunca lo hizo. Ella llegó a los tres días emocionadísima, la había invitado al cine, era una señal inequívoca de que la estaba buscando no sólo como amiga. Duramos eligiendo lo que se iba a poner casi cuatro horas, tenía que tener el maquillaje perfecto, los zapatos adecuados, el vestido impecable; de esa primera cita dependería si el seguiría buscándola. Yo siempre estuve segura de que el lo haría, ¿como no hacerlo? Mi amiga era lindísima, aparte de que tenia sentimientos muy nobles.
Comenzaron a salir, primero él la buscaba una vez a la semana, después de unos días, aumentó la frecuencia de sus apariciones a dos o tres veces entre semana y todos los fines encontraba un plan perfecto para vernos, siempre salíamos en bola; al paso de un mes el le pidió finalmente que fuera su novia. Recuerdo como llegó a contarme la anécdota, brincamos de felicidad como niñitas de doce años. Ella era feliz, y yo al verla también lo era.
Los meses transcurrían sin hazañas mayores, el salir los fines de semana a comer, a bailar, éramos jóvenes, todo se valía. Al menos eso pensábamos.
No noté de manera inmediata como Claudia había comenzado a cambiar,  es imperceptible notar los cambios de actitud cuando se limitan sólo a la forma de vestir. Ella ya no usaba ropa ajustada, comenzó a usar pantaloneras y playeras aguadas. Cuando porfín lo noté fue un día en que tenía que buscar algo lindo que ponerme para una presentación en clase, ella tenía un traje gris que siempre me había gustado, al abrir su closet me di cuenta de que no tenía casi ropa, y fue entonces cuando le pregunté – ¿que te pasa? Pareciera que te estas volviendo una “fodonga” -me quedé pasmada al escuchar que su respuesta fue una justificación de como Roberto no le permitía usar la ropa que ella siempre usaba, tiene razón, no es correcto que una señorita como yo se vista de forma provocadora, así que he ido deshaciendome de las prendas que a el no le parecen- para no caer en una discusión, simplemente me di media vuelta y decidí pasar de largo el detalle.
Las cosas comenzaron a cambiar en otros aspectos, teníamos muchísimos trabajos en equipo que había que apresurarnos a terminar si es que queríamos seguir teniendo el promedio que llevábamos desde inicio de clases. Ella nunca tenía tiempo, siempre tenía que atender alguna petición que Roberto le había hecho, recoger sus cosas de la lavandería, hacerle de comer, ir a buscar a sus amigos, etc. Yo me preguntaba si ella estaba enloqueciendo o si simplemente el amor la había cegado. De nuevo me atreví a meterme en su vida y le pregunte que era lo que estaba sucediendo, pues no podía dejar de hacer sus cosas para hacer las de él, Claudia agachó la cabeza, me miro con los ojos perdidos, me pidió que no me metiera en su relación, y que no le quitara más el tiempo por que tenia que terminar las cosas de su novio. Noté un poco de miedo en su voz temblorosa.
Noté como mi amiga había engordado más de 10 kilos, ya no era la mujer atractiva que solía ser. Siempre usando ropa holgada disimulaba que su cuerpo ya no le gustaba, pero el le repetía una y otra vez que así estaba más linda. Mientras más dejaba de gustarse a si misma, más dedicaba tiempo a comer. Para este momento ya no usaba maquillaje, Roberto le  decía a diario que se veía mas bonita “al natural” lo mismo pasó con su cabello, con un corte cuadrado y recto, sin vida.
Yo sabía que la violencia psicológica que Roberto usaba con Claudia era para hacerla perder su autoestima, el había logrado poco a poco hacer que ella dejara de tener esa chispa que la caracterizaba tan sólo cuatro meses atrás. No podía hacer nada, ella ya no me escuchaba, ni a mi ni a nadie. La tenía controlada a tal grado que sólo las palabras de Roberto podían hacerla entrar en razón, y sus palabras nunca eran de animo o de valentía para con ella. Poco a poco la forma en que se refería a ella la asimilaban a un mueble, a un trapo. Ella ya no podía siquiera percatarse de que eso sucedía. Se negaba a si misma que estaba siendo maltratada.

Un día conseguí que saliéramos a un bar a escuchar a un cantante de trova, nos encantaba ir a ese lugar, sin embargo hacia mucho tiempo que no íbamos. Ese día estábamos solos los tres. Un chavo accidentalmente se topó con Claudia de frente, el se levantó de la silla en dos segundos y le cayó a golpes, gritando una y otra vez ella -es sólo mía, nadie puede tocarla- yo abrazaba a mi amiga mientras ella repetía -fue mi error, fue mi error, el sólo me está protegiendo- en ese momento pensé que era la peor etapa de todo lo que podía estarle pasando a mi amiga. Estaba muy equivocada.
Toda esa semana no me despegue de ella un segundo, estuvo ahí todo el tiempo que ella me lo permitía, hasta que un Miércoles, mientras nos tomábamos un capuchino frappé, me confesó -me ha pedido la prueba de amor, no se que hacer- para nosotras ese tema era tan importante, tan decisivo que no supe que contestar. Le pregunté -¿que quieres hacer? Yo te respaldo en lo que desees hacer, soy tu amiga, pero piénsalo bien- me aterró escuchar las palabras que prosiguieron a mi voz decidida; -ya me dijo, que si no lo hacemos, me va a dejar, que hay muchas mujeres que estarían dispuestas a ser completamente mujer a su lado, que no quiere perder el tiempo con una niñita  -le dije inmediatamente y casi con gritos…- ¿que estas tonta? ¿No ves que te esta usando? ¿No notas el daño que te está haciendo?, gran error, ese día y con esas palabras aislé a mi amiga, la dejé sola. Su vergüenza y su negación fueron más grandes que su capacidad de pedir ayuda a tiempo.
Se alejó de mi por dos meses. No la veía ni en clases, desapareció de la escuela, de nuestros lugares de reunión, de nuestros amigos.
Un día porfín me la topé, tenía marcas en los brazos y el labio con restos de lo que había sido un moretón. Pesaba ya casi doce kilos más, su cabello desaliñado, sus manos desarregladas, su mirada vacía, su caminar lento y taimado. La abracé. Me pidió que no la soltara. Nos sentamos en el café de siempre y tomando sus manos le pedí me explicara que era lo que estaba viviendo, – un infierno – me dijo.
Roberto había logrado su Propósito, su primera relación sexual, lejos de ser el cuento de hadas que todas soñamos desde niñas, había sido un episodio de sometimiento aun mayor a los meses previos, él sentía que literalmente Claudia era suya, de su propiedad, un mueble, un trapo, no una mujer, no una compañera.
Ella había tratado de abandonarlo varias veces, el siempre la encontraba. La primera vez que  se le desapareció, el la fue a sacar del salón de clases, jalándola del brazo y exponiéndola al ridículo publico. Fue por eso que desapareció de la escuela.
La segunda vez que ella intentó dejarlo, el le grito frente a todo mundo cuan gorda estaba, cuan horrible se veía físicamente, que era imposible que ningún hombre que no fuera el la amara nunca. En ese momento desapareció de nuestros lugares de reunión, evitando que su fealdad impuesta por él fuese vista en público.
Cuando me la topé ese día, era su tercer intento de dejarlo, justo unas horas antes, mi amiga porfín había logrado encontrar el valor para hacerle frente, para decirle – esta no es forma de amar a una persona – él, al verla porfín libre de su sometimiento, la golpeó. Estaba aterrada, decidida a dejar de vivir. Noté que traía una caja de pastillas en la mano. La abracé más fuerte que nunca. Lo único que pude decirle fue – no estas sola, no es tu culpa, no lo viste a tiempo. Pero tienes muchas cosas por las cuales vivir, te repito, no estás sola – pasó muchos meses siendo acompañada a todos lados con alguno de nuestros amigos, nos dedicamos a no dejarla sola, a ayudarla a recuperar a la Claudia radiante que conocimos en nuestro primer día de clases. Lo logró, sin duda lo logró. Ahora sabe que amor no es sometimiento, amor no es golpes, amor no es uno debajo del otro.
Su historia puede cambiar la tuya, o la de alguna Claudia que esté a tu lado, aprende a leer las señales, valórate y quiérete mucho, que ese es el primer paso para el amor.
Publicado en la Revista Gurú Político (http://www.gurupolitico.com)  y reproducido con la autorización de su Director.