.

Cuando, ufano, Felipe Calderón anunció ante los banqueros –los mismos que apoyaron su escalada hacia la cumbre guiados por la parafernalia presidencial entonces bajo la batuta de los señores Fox-, que “su” candidata, Josefina Vázquez Mota, adversaria jurada de la temible Elba Esther Gordillo a quien quieren colocar en la picota durante esta campaña olvidándose de sus “méritos” de 2006, sólo estaba debajo del priísta Enrique Peña Nieto por “cuatro puntos”, acaso sin percibirlo pese a la sabiduría mercadotécnica de sus operadores importados de cabecera, restó toda seriedad a las casas encuestadoras, quebrantó gravemente la confianza del electorado en las mismas y, de hecho, posibilitó una absurda guerra de números en la cual cada aspirante maneja los suyos a su propia satisfacción.

Esto es: las encuestas ya no son, no podrán ser, quienes gobiernen el proceso comicial de 2012, aunque en ello se empeñe un cotidiano oficialista surgido en Monterrey y desarrollado en la capital mexicana esté dispuesto a vender su radiografía diaria destinada a inhibir a los votantes sugiriéndoles que ya todo está consumado; la otrora credibilidad sobre ellas, en tela de juicio cuando Felipe Calderón “alcanzó” a Andrés Manuel López Obrador hace seis años –lo hizo, exactamente, a finales de abril de 2006 luego del primer debate entre postulantes al que no asistió, por torpeza, el abanderado perredista-, ha rodado por los suelos con la oficiosa intervención del mandatario, antítesis del Rey Midas.
Ni los banqueros que aplaudieron, risueños, el anuncio se creyeron el cuento. Tan fue así que, días después, el diario citado, Milenio para más señas –listo a dar seguimiento diario a sus inducidos sondeos de opinión, con muy escaso margen de confianza-, trató de “corregir” un tanto el desbordado optimismo presidencial aduciendo que la señora Vázquez Mota se había acercado al “puntero” de la justa, el mexiquense Enrique Peña Niedto, pero únicamente a ocho, y ya no cuatro, puntos de ventaja. Y de ello se dijo feliz la abanderada panista como si no le significara una pérdida notoria con relación a lo anunciado, pomposamente, por Calderón en el primer círculo del poder. Por extraño que parezca, el festejo no corresponde al “bajón” respecto a los números presidenciales que, se supone, provienen de quien debiera ser el personaje mejor informado del país. ¿Tiene esto sentido?

Después aparecieron otras estimaciones, una, por ejemplo, señala que López Obrador está a punto de alcanzar a Josefina en el segundo sitio, con veintiún puntos contra veintiséis reconocidos a la panista, pero diecisiete debajo de Peña. Y ello igualmente dio motivo de satisfacción al todavía abanderado de la “izquierda unida” –ya está echando agua por el revuelo por las candidaturas al Legislativo-, al considerar que quienes le apoyan significan “votos duros”, es decir sufragantes seguros, a diferencia de los puntos adjudicados a sus adversarios muchos de los cuales ni siquiera se molestarán en acudir a las urnas durante la jornada comicial del primero de julio, apenas con poco menos de tres meses de campaña, considerando la semana santa y los días postreros para la meditación, esto es con miras a razonar el voto sin el amago de la propaganda. Puras falacias.

El pretendido ahorro, sumario principal para reducir los días de proselitismo y acallar a los postulantes negándoles su propia libertad de expresión –en la escala de valores políticos y sociales, primero es la libertad y luego la democracia-, durante el lapso impuesto por el IFE, se canalizó precisamente para pagar los bonos bimensuales extras para los consejeros de este organismo y sus diez mil trabajadores. Como en el juego de la perinola, perdemos casi todos excepto quienes se autodenominan, con prepotencia inaudita, “rectores de la contienda electoral” y ejercen funciones de fiscales implacables para reducir espacios y posiciones, millonarias multas de por medio, a postulantes y partidos. ¿Es éste el avance esperado en términos democráticos?¿A costa de las libertades y del derecho de la ciudadanía a estar mejor informada?

Al festín torpe de las encuestas, que demuestra el desgaste en que ya están los expertos en marketing catalanes –que no españoles porque éstos ya reclaman soberanía plena de la mano del presidente de la Generalitat, Arturo Mas-, en cuestiones de política mexicana –sin conocer a fondo la realidad social y el corazón de México-, se suman las constantes declaraciones acerca de que el gobierno de los Estados Unidos, cada vez menos preocupado ante la reelección de Barack Hussein Obama, tal su nombre completo que no deja de ser paradójico, no intervendrá en la confrontación electoral mexicana. Mientras más se alega tal, menos creemos en ella. Los hechos, a través de la historia, nos han enseñado a ser escépticos y no podemos, de modo alguno, caer en falacias indeterminadas sólo porque provienen de altos voceros de la embajada estadounidense, desde el titular de la sede, Earl Anthony Wayne hasta el vicepresidente Joe Baden, muy empeñosos en certificar la imparcialidad de la Casa Blanca aun cuando esto no sea sino una inmensa cortina de humo.

No olvidemos la penosa pasarela de precandidatos por la embajada estadounidense, incluyendo al ahora “amoroso” Andrés Manuel –quien poco se preocupó a lo largo de estos años en aprender siquiera el inglés-, con el propósito de comprometerlos, como niños regañados, a seguir las políticas “anticrimen” emprendidas por la administración actual. Ello significa, sin recovecos, que suceda cuanto suceda sobre las urnas, quien resulte vencedor ya está advertido: Estados Unidos fijará las reglas de la “coordinación” bilateral para atajar a las bandas de narcotraficantes que se diseminan apenas cruzan la frontera norte del país, un hecho por demás curioso jamás aclarado por el gobierno de Washington.

Entre encuestas y declaraciones, ténganlo por seguro, la madurez creciente del electorado mexicano no caerá en las trampas inductivas como antaño. Ya es mucha la experiencia acumulada y sólo los subnormales insistirán en cometer tres veces el mismo error.

Debate

Es interesante la evolución que se está dando entre los panistas. De pronto, la militancia cambia su forma de hacer y actuar y pasan a la vanguardia en la defensa de la igualdad de género enfebrecidos por la buena imagen –esto es indiscutible- de Josefina Vázquez Mota. En lo personal, confieso que la dama me simpatiza y hemos hablado siempre con respeto y un profundo sentido de la realidad. Pero más allá de sus luces personales debemos considerar igualmente lo que representa.

Recuerdo que, en 1994, cuando el sucedáneo Ernesto Zedillo venció con el mayor número de votos obtenidos, hasta hoy, por un mexicano –más de diecisiete millones-, pregunté a quien fuera su adversario, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas:

–¿Cómo entender que usted, quien fue hijo de presidente y de clase acomodada, se distinga por su lucha social al contrario de Ernesto Zedillo, quien vino desde abajo, desde la confusión paternal en Mexicali, hasta convertirse en candidato del PRI?

–Lo importante –respondió Cárdenas- no es la cuna ni las buenas maneras, ni la familia… sino lo que cada quien representa políticamente. Zedillo fue el candidato de la oligarquía y yo el de los trabajadores. Desde este punto debemos comenzar el análisis.

En igualdad de circunstancias, doña Josefina quiere ser parangón de otras damas-presidentas, como la señora Cristinita –para no hacerla menos que Evita o Isabelita- Fernández de Kirchner, o Dilma Rousseff, de Brasil, sin medir que en sendos casos los resultados no han sido felices. La viuda de Kirchner, por ejemplo, está metida en decenas de berenjenales, incluso resucitando el dilema histórico de las Malvinas en una era de crisis global y cuando los isleños más británicos se exhiben, con cargo a una administración deficitaria; y la señora Rousseff no ha podido mantener el auge económico legado por su antecesor ni la confianza de los nuevos inversionistas. No se trata de un problema de género sino de no convertir en ello el análisis sobre los hechos incontrovertibles. No olvidemos, por ejemplo, a la chilena Michelle Bachelet, una gran luchadora, quien dejó buenas cuentas. Pero no podemos caer en la falacia de suponer que por el solo hecho de ser mujeres serán mejores en la conducción de un país.

La Anécdota

Hay quienes separan a los candidatos autores de los que son sólo lectores, o se supone que lo son. Josefina escribió un best-seller de título controvertido, “Díos Mío, Hazme Viuda por Favor”, que de modo alguno es un manual para asesinar a su marido, el ingeniero Sergio Ocampo Muñoz, sino una especie de libro de superación, muy en la onda actual vindicatoria; aunque muchos se quedaron sólo con la portada. Y López Obrador ha mandado a las imprentas varios documentos, incluyendo los dos últimos sobre su mala experiencia en 2006 y sus ilusiones hacia el 2012.

Por su parte, Enrique Peña Nieto se dijo lector de Carlos Fuentes y Enrique Krauze pero confundió los títulos de ambos y éstos se le fueron a la yugular, ensoberbecidos por el “imperdonable” resbalón del aspirante presidencial. También en este punto debemos ser cuidadosos al juzgar. No por mucho escribir se asciende a las alturas; ni por mucho leer se conoce al país. Todo a la medida para llegar a conclusiones válidas.

E-Mail: [email protected]