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A solo 14 semanas de las elecciones presidenciales en México, que según todos los indicadores  perderá el PAN, surgido con una visión católica, basada en la llamada doctrina social de la iglesia, la visita del papa Benedicto XVI adquiere inevitables connotaciones políticas, pese a que tanto el Vaticano como los voceros oficiales del episcopado mexicano, se empeñan en disimularlas o, de plano, negarlas.
Algunos observadores internacionales comentan que el papa espera influir en los legisladores mexicanos que han cuestionado y acotado las reformas en materia de libertad religiosa, propuestas por el gobierno de Felipe Calderón; y que equivalen a un nuevo recurso para darle más presencia, injerencia y poder a la iglesia católica dentro de la vida pública mexicana.

Pero lo más importante es que Benedicto XVI, para quien ningún tema está vedado, según advirtió la Arquidiócesis de México, hará un llamado pastoral con referencias sociales y repercusiones políticas encubiertas, cuyo objetivo final es orientar el voto de los creyentes hacia la opción electoral que ofrece más seguridades para la visión clerical de la vida en sociedad. O sea, el PAN.
El PRI, que a lo largo de la historia ha impulsado una política de restricciones hacia la iglesia, con la salvedad de la supuesta modernización resuelta por Carlos Salinas de Gortari, que con el pretexto de abandonar esquemas caducos, colocó una bomba de tiempo en la base misma del Estado laico, es amplio favorito para ganar la Presidencia el 1 de julio.
Calderón, un católico practicante, recibirá al papa el viernes próximo por la mañana en León, Guanajuato, con mariachis, pompa y circunstancia; y tendrán una reunión privada el sábado. El candidato presidencial del PRI, Enrique Peña Nieto, anunció su asistencia a la misa dominical que oficiará el papa. El nuncio Christophe Pierre dio a conocer que los tres aspirantes principales a la Presidencia de la República, han sido invitados.
Desde luego, la panista Josefina Vázquez Mora hará acto de presencia en la ceremonia religiosa. Y Andrés Manuel López Obrador dio a conocer que está en la “disposición” ni sólo de asistir, sino de encontrarse con el papa, por ser un jefe de Estado y el dirigente religioso más importante de los católicos del mundo. “Si llega la invitación y nos convocan vamos a participar”, declaró.
El voto católico es importante, sin duda. Existe todavía una mayoría estadística de mexicanos que afirman su profesión de fe. Pero independientemente de que el propio Vaticano y los obispos en México reconozcan que su membresía va en franca disminución, el respeto a todas las creencias religiosas, uno de los fundamentos del Estado laico, debiera ser demostrado en los hechos por quienes aspiran a gobernar al país.
¿Vale la pena pagar el precio de rendirle pleitesía al papa y comprometer un laicismo cada vez más amenazado? Que lo haga Vázquez Mota es censurable, pero comprensible. ¿Pero Peña Nieto, e incluso López Obrador? ¿Nadie les ha dicho que el capital político de la perversidad vaticana está preetiquetado?
Vale la pena repasar un poco de historia. En 1917, Benedicto XV –cuyo nombre dinástico eligió el actual pontífice– aprobó el rechazo de los obispos mexicanos a la Constitución de Querétaro, y la campaña de sabotaje y desobediencia que desencadenaron al amparo de la lucha revolucionaria.
Pío X felicitó al traidor Victoriano Huerta, por el “restablecimiento de la paz” en México. Los obispos mexicanos concurrieron jubilosos en las alabanzas al militar traidor, asesino del Presidente Francisco I. Madero. Huerta fue, además de instrumento estadunidense, un ostentoso protector del clero.
Pío XI, quien simpatizó abiertamente con la dictadura fascista de Benito Mussolini -de la cual obtuvo la creación del actual Estado de la Ciudad del Vaticano, así como un considerable respaldo financiero-, retomó el tema de la Constitución mexicana y agregó bastante combustible a la hoguera de la guerra cristera.
Es probable que el mismo Pío XI haya contribuido a gestionar la entrevista que algunos obispos mexicanos y los dirigentes de la llamada Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR), encabezados por René Capistrán Garza, tuvieron con Mussolini en 1928, en el palacio Venecia de Roma, para pedirle armas, pertrechos e instructores italianos, en su combate armado contra el gobierno mexicano.
Posteriormente, tras el conflicto cristero, el mismo Pío XI apoyó al episcopado de México en la campaña que inició el 16 de enero de 1936 contra el Presidente Lázaro Cárdenas; y el 28 de mayo de 1937 publicó una encíclica especial (“Nos es muy conocida”), en la que instaba a un boicot internacional para aislar al gobierno revolucionario cardenista y provocar su caída.
Polvos de aquellos lodos hay muchos; y más habrán de acumularse mientras exista sobre la tierra una institución como la iglesia católica, que, llegada al terreno de las definiciones, reivindica para sí misma el autoritarismo y el totalitarismo y rechaza la democracia interna, porque se considera como una “sociedad perfecta” de origen divino.
¿Le importan a Benedicto XVI la Constitución mexicana, la democracia, la voluntad verdadera de los mexicanos? Solamente en función de que la iglesia católica pueda acumular poderes y privilegios y constituirse de nuevo en un poder tras el trono, como lo fue desde la Independencia hasta la Reforma; nuevamente, en alguna medida, durante el porfiriato; para ser sometida de nuevo por la Revolución, cuyo legado corre peligro en estos tiempos aciagos.

Publicado en la Revista Gurú Político (http://www.gurupolitico.com)  y reproducido con la autorización de su Director.