No sé ustedes, amables lectores, pero este columnista se subleva y querella contra la casta de economistas que juegan con nuestros recursos y someten, muchas veces por capricho, a quienes dependemos de nuestros esfuerzos y no de herencias ni canonjías oficiales para sobrevivir. Otra vez tenemos una crisis a la vista. El galope de la inflación sacude los mercados, incluyendo los del llamado primer mundo, al tiempo que el barril de petróleo alcanza cotizaciones que rondan los ciento diez dólares. La desmedida especulación, fomentada desde los apretados círculos del poder absoluto, nos coloca ante una tremenda encrucijada.
Es obvio que la recesión estadounidense es el origen del mal. Guerrear sin medida, cansa y desgasta aun cuando se tenga en la Casa Blanca. Crecido entre algodones, sin apenas angustias pecuniarias –salvo para reunir más y más millones en sus arrebatos proselitistas-, hace un lustro George Bush junior ideó la manera de colocarnos a todos contra la pared para solaz de los intereses norteamericanos. De allí, claro, la llamada desaceleración económica, con el dólar a la baja y el euro por las nubes -¿serán tan torpes en la Unión Europea que no sean capaces de prevenir una dramática caída provocada por la sobrevaluación?-, que extendió por todo el orbe la angustia por la baja del poder adquisitivo y el consiguiente deterioro de la economía familiar. Y poco ha hecho Barack Obama para revertir la tendencia: dicen que no manda, espoleado por la Casa que sigue siendo Blanca, no negra.
Mientras, los grandes consorcios estadounidenses, con el dólar abaratado, ampliarán coberturas y meterán las narices en los escenarios políticos ajenos. Una versión, una vez más corregida y aumentada, de la doctrina de la injerencia que tan bien domina la mayor potencia de todos los tiempos. Las naciones satélites, como México en donde los sabios financieros insisten que nuestra economía está blindada contra las incontrolables sacudidas externas, serán las primeras en resentir los efectos.
Pese a lo anterior, nuestro gobierno, tan vulnerable en la perspectiva política –tanto que se considera la necesidad de mantener ciertos equilibrios entre los bloques mexiquenses, tecnócratas, e hidalguenses, políticos, como si de una dicotomía fatal se tratara-, no se ha preparado siquiera para afrontar la conflictiva ineludible. Esto es como si formáramos una burbuja impenetrable gracias a que el señor Peña Nieto es muy simpático, buen amigo y hasta excelente rey de los medios de comunicación. El absurdo dibuja de cuerpo entero a quienes les cuesta gobernar con capacidad analítica y visión de Estado. No basta con capturar a una lideresa caciquil; lo grave es que los mexicanos productivos son los rehenes habituales de los demagogos en ejercicio del poder.
No sé a ustedes, repito, pero tropezar con la misma piedra, sin poder evitarlo porque la conducción nacional depende de una parvada de simuladores con aureola de simpáticos cuando sonríen –le falta este punto al procurador Jesús Murillo Karam-, es bastante más que un fastidio. Así ha sido desde el lejano día en que comenzamos a navegar por el mundo laboral con acreditaciones académicas salpicadas por los perjuicios tras las brutales confrontaciones de 1968 y 1971 que maniataron a quienes vinieron detrás. Cuatro décadas ya de infecundos contratiempos al tiempo que una pequeña casta de privilegiados compite por figurar, en sitios relevantes, entre los mayores multimillonarios del planeta. ¿Tiene esto sentido en un país de tremendos contrastes clasistas y en donde no se premia a la productividad sino a la especulación?
Sí, la verdad, esta mañana me enervan las noticias sobre la crisis anunciada. Sobre todo porque, una vez más, la estamos viendo venir sin que los altos funcionarios reaccionen. Algo es evidente: las administraciones federales –y más si se alinean a la derecha-, cuando menos en México, suelen responder con enorme tardanza a los desafíos planteados. Por ejemplo, en el caso Mouriño, el de la familia afincada en Campeche con sólidas sociedades soterradas y las consiguientes concesiones oficiales a flor de piel, al moirir “accidentelmante” se procedió exactamente igual a como lo hubieran hecho los deplorables antecesores, los ex mandatarios de filiación priísta con afanes gregarios y compadrazgos sin disimulo, para taponear los hilos conductores verdaderos; y también los Fox, auténticos artífices de la complicidad entre bambalinas con el tráfico de influencias elevado a la potencia mayor. Cero cambios ante la rutina de la corrupción.
Es obvio que un gobierno así no previene, sólo busca y encuentra pretextos. No gobierna, lo simula. Y no tiende a la democracia porque está empantanado en su antítesis, la demagogia. Sea tal la explicación para entender porqué, otra vez, nos lleva la crisis… aunque Peña Nieto asuma que ya con Elba Esther bajo control ganó la fuerza necesaria para gobernar. No seamos pesimistas del todo: démosle todavía el privilegio de la duda.
Mirador
Vamos más allá. Ya hemos contado que durante la malhadada administración federal de Carlos Salinas, entre 1988 y 1994, los paliativos oficiales para asegurar la reestructuración de la deuda externa anunciando, con bombos y platillos, un sostenido superávit durante tres años, fueron consecuencia de la venta de paraestatales, sobre todo las rendidoras como Telmex, a precios de oferta y con el propósito de asegurar a los socios incondicionales. Los políticos mexicanos atesoran fortunas al calor de éstos pero jamás se muestran ni figuran en las socorridas listas del semanario Forbes. Este es uno de los tantos valores entendidos que rigen la vida institucional.
De igual manera, los Fox, ella y él naturalmente, no supieron aprovechar la bonanza de los precios del petróleo tras la invasión estadounidense a Irak. Arrinconados, asustados por los desplantes de Bush junior –quien se indispuso cuando la representación mexicana en la ONU, que entonces presidía el Consejo de Seguridad, se negó a secundar el proyecto bélico de la White House-, optaron por dejar pasar el tiempo, perdiéndolo. Así se almacenaron reservas monetarias hasta alcanzar niveles récord en el Banco de México sin que se extendiera la infraestructura nacional ni se amortizara el principal de la deuda externa que ha sido el gran ancla contra el desarrollo. Y es que la dependencia es un gran negocio para los poderosos acreedores de Wall Street.
Seguimos en la misma línea. Podría pensarse que con los altos precios del petróleo en los mercados internacionales, el gobierno mexicano podría iniciar acciones para intentar generar riqueza, no sólo la especulativa, de papel, ampliando las posibilidades de trabajo y previniendo la persecución artera contra los emigrantes en suelo norteamericano –por primera vez las remesas que envían los “paisanos” no se incrementarán-. Pero no. Cruzados de brazos, los “probos” funcionarios públicos más se empecinan en permanecer asidos a sus cargos que en resolver problemas. Hasta que la crisis nos asfixie como tantas otras veces.
¿Qué dice el refranero de quienes tropiezan, una y otra vez, con la misma piedra? No quiero repetirlo pero todos lo sabemos. Y este gobierno, entre la violencia de las mafias y las infiltraciones severas de los cuerpos de seguridad aun cuando se presuma que se aprehende a uno que otro capo –hazaña que merece la exaltación del ministro de Gobernación para atajar las críticas-, no fue capaz de prevenir ni de proyectar ni de asegurar nada. Al garete vamos. No es admisible que tengamos ya el registro de alrededor de tres mil ejecutados en apenas tres meses y días. ¿Nada ha cambiado entonces bajo la misma fórmula bélica, sin avizorar otras salidas posibles?
Por eso hoy, amables lectores, estoy tan molesto. Lo confieso sin rubor alguno para no alimentar las hipocresías de quienes insisten en que la indignación obnubila las mentes cuando es lo contrario: la pasividad y el conformismo anulan el espíritu y posibilitan la explotación política. Y es esto, a no dudarlo, lo que ha sucedido en México desde hace ya muchas décadas. Quizá así podemos explicar porqué estamos así de nuevo… mientras nuestros gobernantes se justifican oteando hacia fuera.
Polémica
También me indigna, no lo niego, la grotesca pasividad de nuestro servicio exterior ante la andanada de ofensas infringidas contra turistas mexicanos en Estados Unidos y ahora en Europa. Siquiera los brasileños afrentados cuentan con mandatarios que reacciona y no tiene atole en las venas. Entre los cariocas pervive el principio toral de la diplomacia: la reciprocidad. Dando y dando, para decirlo en lenguaje infantil. En México, en cambio, se obliga desde las alturas a soportarlo todo… en beneficio de los poderosos de horca y cuchillo. Sencillamente vergonzoso.
Ya había ocurrido algo similar cuando, de manera unilateral, los soberbios estadounidenses decidieron “fichar” a los extranjeros que entraban a su territorio aduciendo que extremaban medidas contra el terrorismo. Lula, en Brasil, hizo lo propio con los norteamericanos que llegaron a su suelo si bien debió rectificar al quedarse solo con su querella. Ahora, las noticias provienen de los aeropuertos españoles y británicos sobre todo, en donde se niega la entrada a nuestros coterráneos con el menor pretexto aun cuando es más que evidente que las colonias mexicanas en Europa no son las de mayor peligrosidad potencial. Cuando menos hasta hace muy poco. Basta asomarse a las estadísticas.
Pero, claro, nuestros embajadores tienen otras misiones. Pasarla bien con el menor agobio posible. La diplomacia es como un premio hacia los forcejeos políticos en pro de la institucionalidad. Y el presidente Peña no se ha tomado el tiempo necesario para modificar el espectro diplomático en poder todavía de la derecha. ¿Será por herencia o descuido?
Por las Alcobas
También debe registrarse el valor de los esfínteres. Quienes no los controlan, como el ex alcalde de Nueva Cork, Eliot Sptizer, mismo que contrató a una prostituta de lujo en una nación de fariseos –el diagnóstico se confirma cuando se otorga más valor a una infidelidad que al genocidio-, dilapidan sus carreras políticas. Los casos se extienden. Ya hasta apareció por allí un consejero del derechista Partido Popular español quien se gastó 45 mil euros en una casa de citas de elevado rango y con tendencia gay, escandalizando a las beatas de su organización.
El Benemérito, en cambio, resistió. Célebre fue su rechazo a la princesa Agnes de Salm, quien a cambio de la vida del rubio enajenado de Miramar, Maximiliano, no tuvo pudor en ofrecerse íntegramente al oaxaqueño. Don Benito le dijo, imperturbable:
–Me causa verdadero dolor, señora, el verla así de rodillas. Mas aunque todos los reyes y todas las reinas estuvieran en vuestro lugar, no podría perdonarle la vida. No soy yo quien se la quita; es el pueblo y la ley que piden su muerte.
Los contrastes determinan, en buena medida, la exaltación de los héroes y la derrota de los parias.
























