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Luego de más de una semana del paso de Benedicto XVI por las tierras guanajuatenses, empapadas otrora con la sangre de los insurgentes y mucho después de los fanáticos –los jacobinos y los beatos, da igual-, hay amables lectores que preguntan sobre nuestro aserto acerca de que no sólo la jerarquía del Obispo de Roma atrae a las multitudes sino, como en el caso de Juan Pablo Magno, el carisma y personal es detonante del fervor popular como sucede con los líderes en distintas escalas. En este sentido sostengo que el verdadero calado del periplo de Joseph Ratzinger por México ni siquiera se acerca a la profundidad con la que su ilustre antecesor marcó tiempos y pautas hasta lograr del gobierno mexicano, paso a paso, el reconocimiento jurídico a las iglesias y la reanudación de relaciones diplomáticas con El Vaticano partiendo de una condición oscurantista, hija de los rencores históricos.


Alguna vez, quien fuera Nuncio Apostólico en nuestro país, Justo Mullor, extremeño que substituyó al excepcional Girolamo Prigione –que cosechó amigos y enemigos por partes iguales; este columnista se anota entre los primeros a pesar de algunas divergencias-, me confió que no había en él propósito mayor que la conciliación “del alma laica y el alma religiosa de los mexicanos”. Una declaración como especie de parteagüas y reconocimiento a la dualidad imbatible entre liberales y conservadores en los episodios estelares de nuestra gesta como nación independiente. Esto es: no puede vindicarse a los cristeros, como se hizo el domingo 25 de marzo al pie del Cubilete, sin enlodar a los callistas que construyeron, de la mano de Don Plutarco, las instituciones sobresalientes de la Revolución Mexicana a trueque de su intolerancia religiosa –acaso porque sin ella tendrían que haber compartido el poder con las jerarquías eclesiásticas-, y la represión consiguiente al derecho de conciencia, el primero de los privilegios de todo ser humano.

Sin comprenderse la composición plural de México es imposible trazar una línea en la historia patria que no sea profundamente subjetiva como la insistencia en que la multitudinaria Misa Papal, con la presencia del jefe del Estado y los postulantes a sucederlo, era demostración fehaciente de la victoria de los Cristeros sobre los jacobinos-liberales luego de varios años de persecución religiosa y ejecuciones con sabor a martirio. Esto es, como si los Cristeros no hubiesen matado a nadie cuando la ferocidad d algunos d sus caudillos es acaso superior a todos los referentes de nuestra epopeya nacional; estaban convencidos de que sus armas eran prolongación de las manos de Dios y, por ende, cuanto hacían, aún las atrocidades, tendrían compensación en el “reino de los cielos”. Tal fue la motivación de aquellos hombres, encendidos por los iconos y las proclamas de hombres que luchaban por el poder terrenal y no el espiritual como proclamaban. Lo mismo ahora, cuando las candilejas ofrecieron un escenario inigualable en pro de la continuidad política.

Por cierto, se me había quedado en el tintero los elementos usados por los corresponsales extranjeros para explicar y contar la gira del Papa Ratzinger, segundo que visita nuestro país y se coloca un sombrero charro para intentar ganar simpatías, forzando sonrisas. Lo que a Juan Pablo le salía natural, a Ratzinger se le observa como un estudiado libreto para ganarse el fervor de un pueblo abiertamente juanpablista. Por algo, en una encuesta publicada por El Universal, el 87 por ciento de los interrogados respondió que el calificativo de “Santo Padre” sólo correspondía a Wojtyla, y no al actual “sucesor de Pedro”, como poniendo distancias entre uno y otro en el preámbulo de la llegada de éste a Guanajuato.

Pues bien, dos fueron los puntos destacables para la prensa internacional:

1.- El vehemente llamado de Ratzinger a la unidad “en una nación agobiada por la violencia”. Se dijo, reiteradamente, que Felipe Calderón había extendido invitación al Papa para que, con su palabra, orientara a sus gobernados y a cuantos habían sufrido en demasía por los estragos de la lucha entre mafias. Esto es, como si el gobierno no hubiera aportado una gran dosis del horror.

2.- Fueron notorias las omisiones respecto al sentido político del recorrido –en una entidad de exacerbado panismo y estructuralmente blindada contra el PRI en apariencia-, al hecho de que el mandatario federal en funciones, sus hijos y esposa, fueran los primeros en comulgar sin ser mencionados –los locutores hablaban de que “algunos niños harían su primera comunión acompañados por sus padres y abuelitos” (sic)-, rompiéndose con ello la tradición del laicismo en las esferas del gobierno, regla ésta impuesta por el propio Jesucristo cuando lanzó en un pasaje bíblico una sentencia inapelable: “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Con gran facilidad se omiten estas palabras cuando la alta jerarquía eclesiástica induce al sufragio, maniobra a favor del gobierno en ejercicio o suma poder bajo los palios de una dictadura. Los ejemplos son múltiples, pasando por Don Porfirio, Franco, Perón y Pinochet, entre otros muchos.

Siempre será molesto el referente a lo bien que suele irle a los jerarcas de la Iglesia católica con loas dictaduras de derecha y cuanto sufren con las de izquierda. Juan Pablo II, por ejemplo, no cesó hasta que, a sus pies, se derrumbó el Muro de Berlín y se dio por terminado el reinado del socialismo en su natal Polonia. ¿Qué busca ahora Ratzinger? Lo dijo antes y durante su visita a Cuba: orientar a los pueblos hacia doctrinas, fuera del marxismo, en las que se reivindiquen los valores humanos. Esto es: no se detuvo en los símiles indiscutibles entre la doctrina social de la Iglesia, la que produjo la voz de Cristo, y los regímenes socialistas que se proponen una justicia comunitaria más amplia… aunque co0n el peso de las dictaduras personales o incluso fraternales como en el caso de la vecina isla del Caribe. Desde luego, fue un desafío que lanzó en busca de cierta congruencia ideológica, sobre todo para poner distancia respecto de los Castro y el enfermo Hugo Chávez, de Venezuela.

Tratando de responder a los amables lectores, quienes insisten en que las manifestaciones en pro de Ratzinger –en realidad sólo una, la Misa Dominical, amén de los recorridos callejeros-, fueron similares a las que se dieron en presencia de Juan Pablo II; y que ello demuestra que la jerarquía, y no la dimensión de cada personaje, es lo que le da el arrastre popular. Pero, no se fijan en los contenidos ni en los guiños ni, mucho menos, en las turbias concesiones del gobierno mexicano para realzar a ls Cristeros y matar el laicismo con la comunión presidencial ante millones de personas, en vivo o a través de la televisión. México, al contrario de lo que sucedió con Wo9jtyla, retrocedió, no avanzó un ápice, en la consolidación de su madurez cívica. Y este es un legado demasiado ingrato.

Debate

La transmisión oficial hacia el extranjero de la Misa Papal en “El Cubilete” fue explícita en cuanto al manejo de las Cámaras y los textos. Sólo se observó a Felipe Calderón comulgando pero sin mención específica al hecho que, desde luego, debe analizarse en un contexto puramente institucional, sobre todo ahora que los candidatos a la Presidencia no tienen ya bozal para callarse aunque el IFE sostenga en las manos sus libretas de infracciones. El gran fiscal de la contienda, es obvio, está al servicio de la continuidad al tiempo de afianzare el presidencialismo autoritario. No vamos a descubrir el hilo negro.

Las dedicatorias se dieron desde muy atrás y quienes no organizaron los actos fueron sorprendidos, como le sucedió a Andrés Manuel López Obrador cuando no puedo eludir el saludo de Vicente Fox, o cuando el mandatario en funciones subió al altar, como jefe de los monaguillos con caras de regañados –desde el inicio así lo señalamos-, para recibir la Hostia sagrada en un lugar público y no en dentro de un templo. ¿Otras épocas? Más bien una campaña adelantada para exaltar el conservadurismo con ayuda de la televisión.

Así y todo, la imagen que se dio de México, pese a la beatitud del Pontífice con sombrero charro, fue el de un país violento, en extremo, que acudió en masa, doliente, en pos de la palabra redentora del Obispo de Roma, como quien busca un oasis en el desierto o una gota de agua sobre los lechos de moribundos. Incluso se trastocó la historia con el referente a los “mártires” –todos los Cristeros-, sin aplicar adjetivo alguno contra las víctimas de éstos, ahorcados y exhibidos por los caminos, degollados muchas veces, bajo la flama de los fanatismos irreconciliables. Tal hubiera sido un debate brillante en aras de alcanzar la verdad.

No fue así, desde luego, y tal minimizó, gravemente, el sentido y los aportes del Papa Ratzinger. Se fue ya hace una semana y creo que será difícil que se le recuerde con la misma simpatía que a su antecesor, presente en imagen en miles de casas mexicanas. Esta columna podría ser la última en citar el hecho.

La Anécdota

Me quedó, al fin, una duda entre otras más. ¿Por qué, si Juan Pablo II “deseó ardientemente” visitar el monumento de Cristo Rey, como aseguró Ratzi8nger, no lo hizo?¿Fue acaso una de las condiciones de los jacobinos en el gobierno –entre ellos, el ahora izquierdoso Bartlett cuando fungió como secretario de Gobernación-, para llevar adelante las reformas al artículo 130 de la Carta Magna?¿O la prudencia de Wojtyla se propuso a la intención de llegar al sitio para no resucitar los fanatismos insanos entre un pueblo profundamente lastimado por ellos?

No podemos saberlo a ciencia cierta aunque Benedicto XVI sí podría dar nuna respuesta al respecto. Si quisiera. Por lo pronto, él ya se colgó loa medalla en su lucha por no ser sólo el sucesor de Juan Pablo sino tener sello propio durante su Pontificado. También los Papas tienen su corazoncito. Faltaría más.