Las instituciones no suelen procesar bien las bombas de franqueza. Acomodadas al fingimiento, reciben la verdad como una provocación, una deslealtad que pone en peligro la tranquila convivencia, la operación rutinaria de una estructura. Al mal gusto de llamar las cosas por su nombre se responde de inmediato con apelaciones a la costumbre, es decir, a la evasiva y al “no es para tantoâ€. Por eso fue tan sorprendente el documento que hizo público el rector Jorge Carpizo en abril de 1986. Lo llamó “Fortaleza y debilidad de la UNAMâ€, un documento extraordinario en la historia de nuestra vida pública y no solamente en la vida de la Universidad Nacional. La cabeza de la UNAM presentaba entonces un diagnóstico crudo sobre una institución que, poco a poco, habÃa abandonado sus tareas esenciales. El conciso y contundente documento representaba una inusitada autocrÃtica institucional. El orgullo que se expresaba en sus páginas radicaba en la disposición de reconocer los problemas de la universidad y la confianza en resolverlos. El filósofo Carlos Pereyra publicó entonces un artÃculo periodÃstico en el que destacaba la extravagancia del documento de Carpizo. “Un encomiable strip-tease,†lo llamó. No gritó Goya para encubrir los problemas que enfrentaba la UNAM: habló de la simulación imperante, de las obstrucciones burocráticas, del ausentismo, del bajo nivel académico, la falta de mecanismos de exigencia. Por primera vez se hicieron públicos los datos de un desempeño académico inaceptable. La UNAM, decÃa entonces, “es una universidad gigantesca y mal organizada.†En una cultura polÃtica marcada por el encubrimiento y la victimización, el rector de la UNAM ejercÃa la autocrÃtica enérgica como requisito de la responsabilidad pública. Un diagnóstico sin maquillaje como preludio a la reforma. Los problemas de la universidad no eran imposición de los malignos que conspiran fuera de la universidad, sino hechura propia. A la UNAM correspondÃa, pues, la tarea de reformar a la UNAM.
El proyecto de Carpizo era tan ambicioso que trazaba lo elemental como meta: “que los estudiantes estudien, que los profesores enseñen, que los investigadores investiguen”. Se trataba de una reforma exigente: no ofrecÃa obsequios, reclamaba compromisos de los académicos y de los estudiantes. Buscaba terminar con los privilegios que se bautizan como derechos. Los cambios que impulsó fracasaron por la fuerza de las resistencias corporativas pero fue la última ocasión en que se intentó emprender una reforma global y audaz a la UNAM.
Como académico fue, tal vez, el último gran exponente del constitucionalismo oficial. Leyó a la Constitución del 17 con el ardor y la parcialidad de un enamorado. Creyó en ese documento como sÃntesis de toda nuestra historia, como emblema de una identidad y como proyecto vivo. El sentimentalismo impregna sus apuntes sobre la ley de Querétaro. Al examinar al presidencialismo en tiempos de la hegemonÃa, el jurista se acercó a la ciencia polÃtica para nombrar su nota esencial: las facultades metaconstitucionales que hacen del presidente un mandatario apabullante. Fue un exótico servidor público. Lo fue por su franqueza, pero sobre todo por la intensidad de sus convicciones. Fue vehemente, apasionado, impetuoso. También fue impulsivo y propenso al arrebato. No hablaba para congraciarse con la prensa, para recibir el aplauso barato. Le importaba otra cosa: el respeto. Esa fue, sin duda, su gran conquista. No es extraño que su última batalla haya sido una batalla por su nombre, por su honor. No era una cruzada de egolatrÃa, era reivindicación de un principio cÃvico. EntendÃa que la mentira se pasea en la impunidad que le garantiza la indiferencia. Por eso sabÃa que defender su nombre era sinónimo de cuidar el derecho de todos a la verdad.
Dedicó buena parte de su vida a la polÃtica sin llegar a ser, auténticamente, un polÃtico. Acentuaba sinceramente su marginalidad: insistÃa que estaba de paso en la polÃtica, que no pertenecÃa a ningún partido y que pronto regresarÃa a lo suyo, a la universidad. Cada nombramiento que recibió parecÃa confirmación de que los tiempos convulsos que vivÃamos requerÃan a un hombre extraordinario, un hombre fuera de la nómina de la burocracia o de los partidos, un hombre que tuviera esa extraña corona de la autoridad. En efecto, el hombre que invitaba siempre a la polémica era respetado por todos. Sus escritorios no eran escalones de una ambición, eran estaciones de su sentido de la responsabilidad.
























