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El espionaje en México no es, de modo alguno, una novedad. El viejo sistema de Edgar Hoover, el homosexual que chantajeaba a los políticos estadounidenses con grabaciones comprometedoras y fundador del FBI, fue aplicado en nuestro país, casi como copia al carbón, por la extinta Dirección Federal de Seguridad, institución dependiente de la Secretaría de Gobernación que acaparaba los archivos siniestros para reducir a los adversarios al régimen al papel de simples testigos mudos. Eran los días de Fernando Gutiérrez Barrios, el “hombre leyenda”, quien mantuvo siempre su estatus a punta de hacer creer a todos que sabía bastante más de lo que tenía en la cabeza; y dejaba hablar para captar la información restante. Pocos le descubrimos, sobre todo quienes nada teníamos que esconder en lo político, lo patrimonial y lo personal. Los normalitos, si así pudiéramos definirnos, repelentes a las cofradías de moda y a las delicias de los “sobres” cargados con billetes de alta denominación.

Pese a lo anterior, a Don Fernando se le tuvo siempre como un caballero en su comportamiento y su quehacer. Jamás mostraba una mala cara ni cuando comunicaba decisiones de la superioridad política –o de él mismo- que contrariaban severamente a su interlocutor. En más de una ocasión, este columnista pudo medir hasta donde era capaz de llegar este personaje cuando fue remitido, sin remedio, hacia el perentorio exilio. Pero retornamos con mayores bríos para señalar públicamente a las lacras del llamado antiguo régimen.


Recuerdo también, unos pocos años antes, lo que me dijo el guanajuatense Ramón Aguirre Velásquez, uno de los grandes amigos del ex presidente Miguel de la Madrid, quien en condiciones de regente de la ciudad de México y al filo de la sucesión presidencial en la que él participó, me hizo una advertencia muy seria:

–De los que estamos, Bartlett no será el candidato. No seguirá siquiera en la secretaría de Gobernación porque sería capaz de “matar” al candidato. Y eso lo sabe el presidente (De la Madrid).

No, no fue Bartlett el abanderado sino Carlos Salinas, pero éste optó por no remover más la herida y dejarlo en Gobernación como titular y presidente del Consejo Electoral. Acaso por ello, en plan de vendetta, estuvo a punto de tirar por la borda al PRI y a su candidato, Salinas, cuando los escrutinios primeros no lo favorecían. Lo único que se le ocurrió, en tal trance, fue parar los sistemas de cómputo y declarar ufano:

–¡Se nos cayó el sistema…!

En aquellos días tal conducta era imperdonable pero no fue así. Algo sabía Manuel Bartlett que inquietaba al presidente recién estrenado, si bien con olor a espurio como el actual, y por ello siguió su carrera como secretario de Educación –no se le conoce aportación alguna en este cargo- y posteriormente como gobernador de Puebla en donde se caracterizó como represor. ¡Hay tantas evidencias que le condenan que sólo la complicidad puede explicar que “la izquierda unida” lo sostenga como candidato al Senado en este álgido 2012! Una vergüenza, de verdad.

Algo similar está ocurriendo en el presente. Incluso, la candidata panista, Josefina Vázquez Mota, quien se supone es la carta presidencial para garantizar la continuidad política y cubrirse así las espaldas, no ha podido desmentir que la Secretaría de Seguridad Pública, bajo la titularidad de Genaro García Luna –el mismo que elaboró la trama, más bien la parodia, contra la francesa Florence Cassez con las repercusiones internacionales ya conocidas-, tenga, como una de sus prioridades, la función de espiar a los ponentes presidenciales, por órdenes del mandatario en curso, y de esta manera no sólo controlar sus pasos sino est6ablecer, de plano, sus estrategias. García Luna, sabe bien que con ello podrá resguardarse y resguardar a Calderón, sea quien sea el vencedor (a) de la contienda.

Pero, ¿qué se teme de una mujer digna como Josefina Vázquez Mota?¿Les preocupa que, en campaña, tenga conocimientos cabales de cuanto ha hecho soterradamente el gabinete de seguridad del señor Calderón?¿Y que conozca los subterfugios del México profundo que, por ahora, desconoce siendo éste su principal handicap? O bien, ¿acaso les horroriza la posibilidad de que Josefina, si remonta –lo que no puede considerarse improbable dadas las circunstancias-, sea la más dura de roer cuando llegue la hora de las auditorías? De ser así, ¿cuál camino estarían dispuesto a seguir Calderón y su testaferro García Luna? Porque, desde luego, si espían es porque buscan algo oscuro, en los entretelones, para ejercer chantaje… a la manera de Hoover.

Por deducción simple, los aspirantes del PRI y la izquierda –descartemos al títere Quadri en quien no cree ni la “maestra milagrosa”-, deben estar sometidos a un tratamiento mucho más intenso con infiltraciones en sus equipos de trabajo y redes sofisticadas, de alta tecnología, que seguramente terminan en las profundidades de los búnkers de reciente edificación y a catorce metros debajo de la tierra. En algo deben justificarse los millones invertidos para imitar las instalaciones de la NASA estadounidense o de la CIA o qué sé yo. Faltan operadores, no así maquinaria de punta. Y eso facilita enormemente –como ya habíamos advertido-, las labores propias de los estados fascistas para aniquilar a sus rivales peligrosos con el pretexto de perseguir a los narcotraficantes y a los secuestradores cuyas voces están dentro de un banco que las registra como si se tratara de huellas dactilares.

Por esta razón, Josefina no negó, ante los micrófonos, los abusos y las funciones ilegales de la Secretaría de Seguridad Pública en la que confía ciegamente, acaso por necesidad o temor, el mandatario Calderón a poco menos de ocho meses de su finiquito definitivo y a menos de tres de las elecciones federales que podrían dar un vuelco espectacular a los proyectos del actual huésped de Los Pinos que, como algunos de sus predecesores, le tomó el gusto al poder en el último cuarto de hora. Así ocurro, por ejemplo, con De la Madrid quien fue capaz de amortiguar los golpes de Bartlett a cambio de salvarse las espaldas. ¿Qué no haría Felipe Calderón para lograr lo mismo siquiera?

El hecho es que el entrecruce de informaciones tendenciosas será el guión de la campaña que apenas arranca y ya desata una extensa rumorología que deviene de loa parafernalia presidencial. No hay nadie que pueda siquiera equipararse en capacidad operativa, menos en materia de espionaje, que el titular de Seguridad Pública; ni siquiera el mandatario en funciones porque éste depende de aquel a la hora de saber cuanto pasa a su alrededor. Y de esa dependencia, García Luna ha hecho su principal escudo.

Debate

Genaro García Luna debiera ser retirado del gabinete presidencial de una vez por todas. El riesgo de su permanencia es tan alto como el que se dio, en 1987, cuando Manuel Bartlett, perdida su oportunidad de ser candidato –lo intentaría otra vez, haciendo el ridículo, seis años después-, permaneció en Gobernación y armó el estruendo de la “caída del sistema” como advertencia o amenaza destinada a minar a quien ocuparía, contra la voluntad mayoritaria, la Presidencia de la República, Carlos Salinas.

Lo mismo en la perspectiva actual: se intenta someter a la candidata panista a cambio de “asegurarle” a mansalva su triunfo, mancillando a la democracia y a ella misma, con los mismos instrumentos de 2006 sólo que con mayor virulencia y cobertura. Sobre todo porque en este momento es bastante más sencillo señalar al crimen organizado, como en Tamaulipas en 2010, para justificar los magnicidios o los atentados de alto calado. Una circunstancia especialmente riesgosa que, esperemos, tenga alguna salida viable.

Y tal opción no puede ser otra, descubiertas las maniobras oficiales de espionaje, que la salida de García Luna de la Secretaría de Seguridad Pública como demanda de todos los aspirantes presidenciales, incluyendo la panista Vázquez Mota quien también ya sufrió, en carne propia, los efectos de los montajes de esta dependencia aunque se trate de la abanderada oficial y protegida por la derecha en el poder. ¿O también quieren reventarla para provocar el caos político y las consiguientes medidas extraordinarias no previstas en la Constitución?

Es decir, si las elecciones no se celebraran, ¿cuál sería el derrotero a seguir? Desde luego, cesaría Calderón en su cargo porque tal si lo determina la Carta Magna; y habría de nombrarse a un mandatario provisional que convocara a nuevas elecciones con otros o los mismos aspirantes. ¿Es ésta la apuesta personal de García Luna? Sea o no, el personaje es un estorbo; y debe ser desalojado de inmediato.

La Anécdota

A Francisco Niembro, subsecretario de Seguridad Pública, un amigo de esta columna le disparó, a bocajarro, una pregunta comprometedora antes de definirse las precandidaturas a la Presidencia de la República:

–¿Y usted trabaja para Calderón o para que su jefe, Don Genaro, sea el próximo presidente?

El aludido se sonrojó en extremo. Nervioso, contestó que ninguna intención en ello tenía su patrón. Hubiera sido suficiente; sólo que no convenció a nadie con sus tartamudeos y la escasa convicción de sus asertos y su tono.

Allí está el verdadero peligro.