Un corazón que se deja querer,
sabe amar sin condiciones,
porque es amor por sí mismo,
espíritu de vida, soplo de Cristo.

Vuelva el camino del verso,
a blanquear nuestras miradas,
retorne a nosotros por siempre,
el espíritu armónico del pulso.

Hagamos silencio, a la hora
de desear al Señor sobre todo
lo demás, pegándonos a Él,
como si fuésemos a perderlo.

La voz de su timbre es luz,
que resuena en el silencio
y nos resucita cada aurora,
rogándonos vivir sin vegetar.

Dejémonos cohabitar en el verbo,
sin otro verso que la Cruz,
pues la Cruz es la que nos abraza,
y también la que nos redime.

El Creador con su cercanía,
transforma nuestro modo de ser,
lo hace a la manera del sol,
que todo lo ilumina y aclara.

Cuánto más vivos, más humanos,
cuánto más mansos, más de Dios,
cuánto más justos, más hermanos;
y, al fin seremos, lo que sembramos.

Sembremos abecedarios de paz,
propaguemos la lógica del don,
la gracia de sentirnos caminantes,
a merced de la mística de los poetas.

Víctor Corcoba Herrero
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