opinion


El  incidente sangriento de hace unos días en la ciudad francesa de Toulouse, donde falleció, previo enfrentamiento a tiros con la policía, el fanático del Islam, Mohamed Merah, ese que días antes asesinó a varias personas en un colegio, incluyendo niños, por la única razón de ser judíos; pone nuevamente en el tapete una situación a que a muchos nos queda clara pero que a algunos personajes “políticamente correctos” los obliga a realizar malabarismos argumentativos para negar lo innegable; que el Islam es, hoy por hoy, una religión violenta y un semillero de fanáticos intolerantes capaces de asesinar brutalmente por simple odio racial o religioso.

Desde hace tiempo no pasa prácticamente un solo dia sin que no tengamos, cuando menos  una nota sobre un acto violento  relacionado con el Islam en algún lugar del mundo. Puede ser desde un incidente sangriento en la llamada “franja de Gaza”; un atentado en Uzbekistán o uno de los numerosos atentados suicidas en alguna parte del territorio de Israel, donde un fanático musulmán decide ingresar al paraíso por la expedita vía de una sangrienta explosión, volando en pedazos junto al mayor número posible de sus odiados judíos. Puede ser también una sentencia de lapidación a una mujer por un supuesto adulterio en un remoto país islámico del Africa subsahariana o puede ser inclusive una  “fatwa” en contra de un escritor o un periodista, que, a juicio de un jefe fundamentalista, se atrevió a “faltarle al respeto” al Islam, y sigue un largo etc. Todo esto sin mencionar las Torres gemelas,  Atocha en Madrid  y otros actos no menos sanguinarios como el del vuelo 103 de Pan Am en Lockerbie con mas de 250 muertos.

Van algunos antecedentes: Después de la Segunda Guerra mundial los imperios coloniales desaparecen, se manifiesta el nacionalismo árabe y luego el fundamentalismo islámico; surge la riqueza petrolera y los países árabes entran en una dinámica de guerras con el recién creado Estado de Israel, siendo la más desastrosa (para los árabes) la llamada “Guerra de los 6 días”, donde perdieron de todo, todo. Desde entonces los conflictos entre Israel y Palestina, además de otros países árabes,  han entrado en una espiral de violencia progresiva. Para colmo, la “Guerra del Golfo” en 1991 y la invasión a Irak han dejando un severo problema de humillación y resentimiento. El Islam es una civilización que se considera a sí misma superior moral y culturalmente a Occidente, pero que vive dolorosamente obsesionada por la inferioridad de su tecnología y poder.

El problema con el Islam ha empeorado con la aparición del fundamentalismo de origen wahhabita. Esta variante, que de origen era relativamente tranquila, ha sufrido una notoria radicalización  y reclama una interpretación purista del Corán y por lo tanto la aplicación de la Sharia a todos los aspectos de la vida. Por si  esto no fuera suficiente, ha reaparecido un brote del Salafismo, variante aún más radical del Islam.

Para entender su manera de pensar es obligado recordar que los musulmanes consideran el Corán como la palabra “increada” de Dios, revelada a Mahoma por medio del arcángel Gabriel, y dado que el mismísimo  Dios en persona es al autor, el texto es absolutamente infalible. El problema es que en uno de sus textos, el Corán nos avisa de la existencia de un juicio para las naciones “corrompidas” por la riqueza, el poder y el orgullo, y claramente señala que si no se reforman serán castigadas con la destrucción o serán sojuzgadas por los pueblos más virtuosos. No hace falta aclarar que los pueblos corruptos son Occidente, concretamente Estados Unidos y sus aliados, y obviamente los pueblos virtuosos son ellos.

Actualmente existen severos problemas en casi todos los países  islámicos, los conflictos entre pueblos ortodoxos y musulmanes aumentaron, la violencia persiste y en estos días se recrudece entre serbios y albaneses, entre armenios y azerbaiyanos, en Uzbekistán y ni hablar de los conflictos en Chechenia. Literalmente, las fronteras del Islam están cubiertas de sangre.

El problema con Israel es mas que por razones territoriales. Como sueña y promete el Imán Ahmad Ibrahim, uno de los líderes de Hamas: “Seis millones de descendientes de los monos (judíos) ahora rigen todas las naciones del mundo, pero su día llegará. Alá, mátalos a todos, que no quede ni uno!”. Con tan humanitarios y bondadosos deseos Israel no puede ni debe bajar la guardia.

El asunto no es sencillo; intervienen pobreza, ignorancia, fanatismo y resentimientos ancestrales. No hay soluciones mágicas, pero obligadamente debemos intentar comprenderlo para poder emitir un juicio valedero y no repetir como pericos opiniones sesgadas solo por ser “políticamente correctas”.