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Cuando me acerqué al drama social de Ciudad Juárez –Océano, 2005-, percibí que detrás de las grandes cortinas de humo –entre éstas la coincidencia entre la formación del cártel concentrado en la urbe fronteriza y el inicio del recuento de los asesinatos de género-, podía observarse una honda, profunda distorsión en los papeles tradicionales de mujeres y hombres. La pujante industria maquiladora, por ejemplo, optó por privilegiar el trabajo femenino sobre el de los varones. Miles de inmigrantes, anclados ante las mojoneras, debieron quedarse en casa, desocupados y sin ingresos, mientras sus esposas y compañeras iban a trabajar modificando los roles. Y, para colmo, ellas comenzaron a desarrollar rutinas, como la de divertirse los días de paga sin maridos de por medio, que dieron paso, primero, al rencor, y después a la violencia inaceptable.

Para comprender los efectos, en todo caso, es menester conocer las causas que los originan. De otra manera siempre habrá de extenderse el espectro coercitivo sin prevenir y paliar los orígenes del mal. Lo mismo cuando se trata de garantizar la seguridad del Estado combatiendo a las mafias organizadas que ya se han infiltrado en los grupos policíacos que las persiguen. Mientras no se vaya al núcleo será imposible poner el orden.

 

 

Nuestra sociedad está cambiando a grandes zancadas. Ello se aprecia, sobre todo, en aquellas naciones que están apenas superando los rastros de las autocracias a través de una democracia limitada, esto es con candados a veces asfixiantes, y desbordada por los excesos de verborrea de sus dirigentes. Hay épocas especialmente delicadas, las electorales sin duda, cuando las ofertas tendientes a la cooptación de simpatizantes asemejan redes de pescadores que igualmente arrasan y depredan los recursos marinos liquidando especies. Al final nos quedaremos sin peces, sin nada.

Una de las modas actuales, sin duda, es la mayor participación femenina en la vida laboral. El argumento de que los empeños en el hogar, destinados a la preservación y cuidado de la familia, está fatalmente destinado a ellas produce una sacudida inmediata entre quienes reclaman absoluta igualdad para acceder a los puestos de trabajo en buena medida para ampliar los ingresos de la pareja y poder así enfrentar los desafíos cotidianos. Por supuesto, ahora se exige que los hombres cumplan también con las tareas domésticas para asegurar la necesaria estabilidad.

Por supuesto, sería una enorme torpeza negar derecho alguno a las mujeres. La igualdad jurídica, política y social no es demanda sino razón esencial de la vida en libertad. No entenderlo así es inaceptable, además de absurdo, en una concepción moderna de la comunidad. Pero ello no significa que desestimemos las causas de las conflictivas cuyo desenlaces son cada vez más dramáticas incluso en naciones consideradas dentro del primer mundo, como España, aun cuando sus democracias sean bisoñas.

La estadística revela que en algunas regiones ibéricas la media de asesinatos de genero es superior a la de la estigmatizada Ciudad Juárez en donde, ya se ha visto, se desestiman los homicidios cuando las víctimas son hombres. Por cada “feminicidio” –así lo califican las autoridades-, se producen en Juárez entre seis y siete crímenes contra varones lo que es demostración del violento escenario de la frontera, no sólo en la urbe chihuahuense, acaso por derivación del gran negocio de nuestra era, el narcotráfico, cuyas vertientes nos parecen, a veces, interminables.

Concentrados en los asesinatos de género, siempre execrables –lo son, en realidad, todos los homicidios-, apreciamos que el constante cambio de roles produce reacciones extremas, incluso enfermizas, en cuantos se sienten desplazados y hasta humillados por sus parejas. No puede negarse, además, que ellas tienen una mayor capacidad dialéctica que los hombres quienes, acosados tantas veces por los reclamos verbales y las argumentaciones recurrentes, igualan las discusiones con la fuerza física. Tal no quiere decir que puedan justificarse sus acciones, pero sí explicarse sin detenerse en los habituales lugares comunes que identifica como “monstruos sociales” a quienes responden al acoso y se pierden en un segundo de alteración neuronal.

Vale la pena explorar sobre el particular antes de que el fenómeno se siga extendiendo al punto de considerar a los varones, por el solo hecho de serlo, delincuentes en potencia.

Debate

Los reflejos se dan también en la política. Ya dije que, en lo particular, me parece insano el espectáculo de las consortes que asaltan el poder a la sombra de sus maridos. Y peor todavía cuando reúnen todos sus afanes, incluso los dela seducción, en la posibilidad de reemplazarlos en los cargos ejecutivos. El hecho de que cada vez sean más los casos, incluso en las naciones socialistas –hace cinco años la esposa de Putin intentó convencerlo de que la postulara en lugar del favorito Medvédev-, de señoras afanosas e inquietas por quedarse con el puesto de sus compañeros de alcoba –no desestimemos a quienes no tienen papeles para avalar sus uniones-, debiera motivar una profunda revisión de las razones por las cuales tales distorsiones se reproducen.

Hemos comentado que lo sucedido en Argentina, en donde Cristina Fernández recibió el bastón de mando de manos de su esposo, el hoy difunto Néstor Kirchner, reveló no sólo las ambiciones intrínsecas a la pareja que alcanza el poder y no quiere soltarlo, simulando reelecciones con las consiguientes inducciones al colectivo inerme, tantas veces desinformado o manipulado, sino también las variantes en los criterios para la asignación de los cargos públicos. La señora Fernández, a contracorriente, se sostiene ya reelecta contra toda lógica posible.

Sobre lo anterior podríamos analizar el fenómeno en México –la esposa de un gobernador, el anterior del anterior de Tlaxcala, pretendió sucederlo sin poder vencer en las elecciones-, en donde el habitual nepotismo obligó a tomar medidas extremas tales como impedir, por ley, el nombramiento de parientes cercanos al depositario de los ejecutivos federal y estatales. Pese a ello, y aun cuando los que formaban oposición entonces, los panistas, encabezaron la cruzada contra los abusos gregarios, la esposa del ex presidente Fox hizo hasta lo imposible por ganarle la carrera a la argentina Kirchner. Si no lo logró fue acaso porque a tiempo se denunciaron y frenaron sus desbordados afanes. Luego vendría el odio visceral de la dama contra la crítica.

 

¿A dónde nos ha conducido lo anterior? A una extraña ambivalencia social en donde no se definen ni se explican las causas pero se persiguen sus efectos, por lo general condenando al género masculino, en medio de una batahola de denuncias porque, infortunadamente, la irritación crece y la vulnerabilidad de los matrimonios se extiende. Lo grave es que ello se traduce, ahora mismo, en una grave descomposición social.

La Anécdota

Corría 1991 cuando en Yucatán se dio un fenómeno, como tal insólito dentro de una sociedad profundamente conservadora y arraigada a sus costumbres e idiosincrasia: las mujeres coparon todos los altos cargos ejecutivos. Coincidieron la gobernador Dulce María Sauri, la alcaldesa de Mérida, Ana Rosa Payán, y hasta las presidentas del Tribunal Superior de Justicia y el Congreso del Estado. Los tres poderes de la entidad y la capital –cuya influencia política es determinante-, en manos de señoras si bien por distintas razones.

Fue entonces cuando en una emisión de Monitor, que resultó muy polémica, me permití hacer una anotación:

–Los maridos, tan acostumbrados a los mimos en la tierra del faisán y el venado, cada vez están más solos a la hora del desayuno. Sus esposas corren a las cafeterías para hablar de política y muchas de ellas participan abiertamente, relegando a sus consortes. Pero, ¿son ahora más felices? Tal es el punto porque el número de divorcios se ha disparado.

Todavía me siguen llamando misógino por aquellas frases. Y, la verdad, cada día me gustan y apasionan más las admirables mujeres, comenzando, claro, con la mía.