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Podríamos recomendar, de entrada, el clásico de Gordon Thomas sobre “Las Torturas Mentales de la CIA” en donde se documenta, entre otras cosas, el uso de prostitutas y enfermos mentales como “conejillos de Indias” encaminados a asesinar a algunos de los personajes históricos que estorbaban los intereses estadounidenses; como, por ejemplo, en el caso del homicidio de Trosky en México a manos del desquiciado Ramón Mercader con la intervención de la madre de éste, Caridad, y so pretexto de los rescoldos de la Cristiada, cuyas vertientes, obviamente, llegaban al dictador Stalin cuya muerte se produjo, precisamente, un 5 de marzo, de 1953 para ser exactos, al igual que exactamente sesenta años después se produjo el deceso del venezolano Hugo Chávez bajo las sospechas hechas públicas por su heredero, Nicolás Maduro.

Algunos columnistas que se creen saber todas las vertientes sin siquiera indagar un poquito en la historia, han descalificado a la ligera los asertos de Maduro sobre la posibilidad de que “nuestros adversarios” –así lo expresó-, hubieran podido inocular algún virus desconocido para desarrollarle un cáncer irreversible y sin remedio posible a pesar de los tratamientos en Cuba –una nación que ha desarrollado, pese a bloqueos y boicots, un sistema sanitario primermundista-, y los excesivos cuidados de cuantos intervinieron para tratar de salvarle la existencia: murió a los 58 años, una edad que no es ni siquiera la del más joven de los cardenales del Cónclave elector en El Vaticano. (Por cierto, Juan Pablo el Magno –cuyo tres errores sobre la política de México hemos descrito con antelación- tenía los mismos años cuando fue exaltado al trono de San Pedro en 1978 y se le reconoció como uno de los Pontífices más jóvenes en hacerse cargo del las finanzas de la Iglesia y la doctrina de la fe católica tan derruida trae el escándalo del Banco Ambrosiano y el posible asesinato de su antecesor, Juan Pablo I, el Papa de la Sonrisa).

 

 

No es dable hablar de coincidencias cuando son numerosos ya los casos de los mandatarios Latinoamericanos que entran en crisis de salud. En Brasil van dos, Lula da Silva y Dilma Rouseff; en Argentina, los Kirchner, él y ella con muerte del primero; en la compleja Colombia, Juan Manuel Santos; en Paraguay, Fernando Lugo Méndez, ex obispo católico encaramado al poder; en Cuba, el viejo Fidel que resiste artificialmente los embates severos de sus males mientras su hermano Raúl lo cumplimenta; y en México, aunque poco se ha divulgado, el presidente Peña Nieto debió ser tratado de un cáncer incubado en la próstata, en los meses previos a su lanzamiento como candidato del PRI, en apariencia controlado por la oportunidad con la que se le detectó. No son pocos casos sino más bien muy significativos. ¿Sólo coincidencias?

Pues bien, resulta que el tema ha sido motivo de un amplio ensayo, ya reseñado en esta columna, del prestigiado David Owen: “En el Poder y la Enfermedad” en donde se cuentan las penurias de no pocos estadistas, mandatarios y hombres de poder cuyos males físicos modificaron el rumbo de sus respectivas naciones en el siglo XX. Se habla, entre otros, de Churchill, Boris Yelstin, John F. Kennedy, Ike Eisenhower, Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Mao Tse Tung –así me enseñaron a escribirlo en la secundaria-, Tony Blair, el Sha de Irán y Francois Mitterand, entre otros muchos. Si observamos con detenimiento el listado nos encontraremos que hasta Adolfo Hitler padeció lo suyo antes de que cayera el búnker en donde se refugió, en Berlín, ahora convertido en estacionamiento. Y cosa curioso: varios de los señalados murieron en atentados o sobrevivieron a intentos de matarlos, en una secuela que evidencia los intereses misteriosos de cuantos los persiguieron. ¿Desde la CIA, la KGB, el Mossad o la GESTAPO.

No es factible, en tales términos, hablar únicamente de coincidencias con tantos eslabones descubiertos y la seguridad acerca de los métodos empleados por las agencias llamadas de “inteligencia”, no sólo en los Estados Unidos sino incluso en México en donde el espionaje y la persecución llegaron a sus máximos niveles durante la gestión de Genaro García Luna como secretario de Seguridad Pública a lo largo del sexenio calderonista, improductivo y de herencias magras.

Otra vez: si no supiéramos que, a través de las centurias, los hermanos no cometieran fratricidios por envidias o por alcanzar tronos ensangrentados; ni los hijos enfrentaran a los padres, y viceversa, con tal de ganar como herencia el poder; madres contra hijas, hermanas entre sí, sobrinos y tíos, y hasta Papas ambiciosos dispuestos a colocarse las armaduras para defender sus feudos –no olvidemos la crueldad de los Cruzados en las guerras de reconquista-, entonces lo descrito no pasaría del nivel de las especulaciones y podríamos darnos el lujo de sonreír con sorna a las sospechas de Maduro sobre la muerte de Chávez, a quien muchos en México tildaron de loco sin observar jamás la virtud que le convirtió en icono entre los suyos: su apasionada defensa por la soberanía de su país; ya quisiéramos, en México, a un estadista que con su vehemencia pusiera un valladar entre los intereses hegemónicos y los de su propia patria.

Al cabo, todos los grandes son tildados, en una época, como enajenados irresponsables. ¿No se dijo, entre los adinerados de la época, que el Tata Lázaro era un mesiánico por rescatar el petróleo y con él darle viabilidad al Estado mexicano?¿No se habló lo mismo sobre Juárez, el mayor de los mexicanos, al expropiar los “bienes de manos muertas”, en poder del clero católico, gracias a las Leyes de Reforma? Y, por cierto, poco después, sin remedio, el Benemérito cayó enfermo y murió en el Palacio Nacional. Otra “coincidencia” más.

Y otro tanto puede hablarse del mártir Madero y sus afanes espiritistas, que tanto horrorizan a los timoratos, cuya sentencia de muerte fue dictada por dos ebrios, Victoriano “el chacal” Huerta y el execrable embajador estadounidense, Henry Lane Wilson, artífices de una contrarrevolución que, por desgracia, no fue superada del todo: quien modificó el orden constitucional, Venustiano Carranza, fue sacrificado en Tlaxcalantongo, a mansalva, mientras intentaba defender la soberanía nacional de los traidores que se adueñaron del poder y pretendieron degradar al Varón de Cuatro Ciénegas, por transportar el tesoro nacional, siendo presidente constitucional, para intentar financiar la ofensiva contra los golpistas auspiciada desde el norte.

La capacidad de intriga se convirtió en sentencia: “los Estados Unidos no tienen amigos, sino intereses”, como aseveró John Foster Dulles, secretario de Estado de la Unión Americana aunque después la reiterara Harry S. Truman, el presidente que ordenó arrojar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaky, en Japón, una decisión que no se atrevió a tomar su antecesor, Franklin Delano Roosvelt, quien murió en la silla presidencial y poco antes de terminar la Segunda Guerra Mundial con el brutal flagelo contra la nación asiática. Otra vez, ¿coincidencias?

Quizá el caso más señalado por la intervención misteriosa de los cómplices de sus enemigos, fue el de Napoleón Bonaparte cuando en la isla Santa Elena, en 1821, cató enfermo y murió en apariencia por una infección hepática, pero no: investigaciones muy posteriores demostraron que las paredes de su dormitorio estaban impregnadas de arsénico que fue minando el organismo del francés cuyos restos reposan, como él siempre quiso, a las orillas del Sena, en Los Inválidos –llamado así porque fue hospital para los lisiados de guerra-, presidiendo París.

No son conjeturas, son hechos, que los mercenarios del periodismo, con tendenciosos afanes, pretenden ignorar o matizar.

Debate

Enrique Peña Nieto, tan jovial y carismático –impresiona a quienes se encuentran con él por primera vez y no tienen tiempo de dialogar y encontrar sus graves lagunas culturales; en este renglón, el último mandatario con conocimientos académicos serios fue Ernesto Zedillo-, nunca ha desmentido la proclividad hacia las mujeres y sus infidelidades poco discretas. Él mismo me dijo que tal fue motivo de serios conflictos maritales con su primera esposa, Mónica Pretelini, muerta por negligencia médica inexcusable y poco investigada, quien sabía la existencia de dos hijos fuera de matrimonio del actual mandatario –uno murió de cáncer, precisamente- con Jessica de la Madrid y Maritza Díaz Hernández con quien tiene fotografías comprometedoras.

El tema se ventiló en “2012: La Sucesión” –Océano, 2010-, acaso como una estrategia de Peña –quien esto escribe no le preguntó en específico sobre el tema sino que se trató de una revelación del entonces gobernador mexiquense, de motu proprio-, para airear el asunto a dos años de distancia de las elecciones presidenciales; esto es, para restarle fuerza a las posibles andanadas postreras al filo de los comicios. De allí, la probabilidad de que el temprano cáncer de próstata, atendido con diligencia y oportunamente, estuviera a punto de dejar sin aspirante fuerte al PRI en 2011. Y aunque escribimos sobre ello, jamás se dio desmentido alguno, como suele ocurrir con las denuncias periodísticas del autor de esta columna.

El hecho es que no es descartable, conociendo las apetencias de don Enrique, quien estrenó fotografía oficial a tres meses de haber asumido la Primera Magistratura, que la enfermedad padecida no fuera tan casual como parece, mucho menos si consideramos las amenazas telefónicas contra él por parte del célebre Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, desde mayo de 2008 como consecuencia de un operativo, con “auxilio” de la policía mexiquense, montado contra Ignacio “Nacho” Coronel Villarreal, en apariencia muerto tiempo después aunque hay indicios de lo contrario.

Las crónicas no suelen ser cómo nos las cuentan.

La Anécdota

Si alguien duda que los esfínteres y las hormonas tiene mucho que ver con el curso de la historia no hay más que mirar hacia España en donde, ahora sí, la monarquía de los Borbones se tambalea. Ya nadie respeta al Rey, convertido en una especie de farandulero, que lo mismo buscaba el calor de la esposa de un domador circense, Bárbara Rey, que los tiernos ojos de Lady Diana cuando ésta visitaba la Iberia brava.

El colmo se ha dado recientemente a la par con una más de las cirugías a las que ha debido someterse el monarca, Juan Carlos. Sin recato se ha aireado el amor del Rey con la princesa alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein, con quien viajaba intermitente hasta ser descubiertos matando elefantes en Botswana. La dama en cuestión tenía montada su residencia, a cargo del erario español, en la finca La Angorrilla, cercana al Palacio del Pardo, mismo que fue residencia oficial de Franco y en donde guardaba, en su recámara misma, el brazo incorrupto de Santa Teresa de Ávila, y a pocos kilómetros de La Zarcuela, la residencia oficial de los Reyes. La Reina Sofía ha sido vista con verdadera conmiseración por haber guardado la compostura durante tantos años.

Las braguetas de Juan Carlos parecen ser el último escalón para la destrucción de esa monarquía absurda que no es tolerable en tiempos de crisis. Su fin es irreversible con todo y el principito de Asturias…de casi medio siglo de edad.