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*Pendencieros y Reyes
*Autocrítica Esencial
*Odian lo que más son

Bien les vendría a los políticos mexicanos, sobre todo aquellos en campaña por esos pueblos de Dios, un poco de humildad; sólo un poco, no pedimos más. Siquiera para reconocer errore4s y no pretenderse redentores que dictan siempre la última palabra. El mal mayor de nuestro sistema, además del presidencialismo ponzoñoso como lo observaba el maestro Ignacio Burgoa Orihuela, es precisamente el endiosamiento de los hombres públicos como consecuencia, en buena medida, de la lacayunería de sus colaboradores cercanos y quienes no lo son tanto, incapaces de darles la menor negativa, aún a sabiendas de que se trata de errores monumentales, con tal de no perder “la confianza” del jefe en un interminable escalafón de vanidades.

Ahora mismo, por ejemplo, consumado un tercio de la campaña por la Primera Magistratura, ninguno de los candidatos muestra su perfil real, tampoco ella, Josefina, sino que tratan de adaptarse a las reglas de sus operarios, la mayoría de importación, expertos en marketing o, mejor dicho, en manipulación colectiva. Poco se sabe de la promiscuidad de Peña Nieto, que dio al traste con su primer matrimonio y amenaza al segundo, ni de los incidentes que marcaron de niño a López Obrador: el asesinato imprudencial de su hermano José Ramón y el “batazo” que dejó parapléjico a uno de sus compañeros de juego en la adolescencia. De Josefina se sabe menos acaso porque sus actuaciones han sido más bien discretas y ha logrado mantener a su familia, incluyendo a su esposo Sergio Ocampo Muñoz –quien ya aspira a un matriarcado al revés-, lejos de los reflectores. Pese a ello, su encumbramiento tiene muchas aristas.

La soberbia, la negativa a admitir errores y la contumaz descalificación de cuanto no devenga de ellos mismos, dificulta el andar de la democracia en una nación demasiado acostumbrada, para mal, a los grandes teocallis aztecas y a los iconos religiosos que cobran vida en cuanto alguien porta el estandarte de la Guadalupana o se postra ante el nuevo Papa para no desmerecer ante sus adversarios aunque lo haga sin definiciones concretas sobre la división de poderes. Por lo general, a la clase política le estorba cuanto les confunde por las circunstancias, en vez de mantener su fidelidad a los principios y, sobre todo, aquella congruencia en su quehacer que tanto subrayé, por ejemplo, ante la figura del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, uno de los pilares del modelo democrático, pese a sus defectos, que todavía está en su etapa de arranque… a doce años de consumarse la primera alternancia en el poder Ejecutivo federal. Algo ha fallado, desde luego… o mucho.

Nunca, eso sí, un presidente o un gobernador ha pedido disculpas por actos de barbarie o desviaciones ostensibles de su poder. Ni uno solo, ni siquiera Díaz Orda tras la matanza de Tlatelolco sobre la que admitió su responsabilidad pero vanagloriándose de que con ello había “salvado a México”; tampoco Echeverría, mucho menos, tras la masacre injustificada del Jueves de Corpus aun cuando haya padecido la defenestración pública y el arraigo domiciliario como anuncio de las inevitables sanciones históricas. Ni qué decir de López Portillo y su fallida y perentoria estatización de la banca, una medida frustrada por la traición de su sucesor, el nefasto Miguel de la Madrid Hurtado, recién fallecido, en cuyas honras fúnebres debieron leerse los nombres de cuantos por él, o bajo sus órdenes, fueron reprimidos y muertos. Este columnista admite que respira mejor a sabiendas de que este personaje ya no lo hace. ¡Y todavía nos quedan Manuel Bartlett y Emilio Gamboa, sus deplorables herencias!

A cambio de ello, en la cuestionada monarquía europea –de la que este columnista se declara crítico permanente porque la considera una institución decadente y contraria a las tendencias modernas a favor de la soberanía popular y no la de las individualidades-, se ven casos que sorprenden ante la soberbia de quienes, republicanos, se deben más al conglomerado que al “derecho divino” de los reyes.

En agosto de 1997 fue el peor durante al reinado de Isabel II de Inglaterra, a quien tuve ocasión de conocer, saludarla y hablar con ella en el lejano 1975, tras la muerte brutal de Lady Di, divorciada del Príncipe de Gales y de glamourosa presencia en los foros internacionales en donde jamás dejaron de acompañarla los reflectores. Los Windsor reaccionaron mal y de mala gana, en principio; pero después, al percatarse del fervor popular a la figura de la llamada “princesa del pueblo”, la Reina, contra el criterio de su marido y el de su madre ahora extinta, debió de pronunciar una especie de fervorín en honor a la difunta con buen acento de disculpa hacia sus súbditos aunque no expresara los términos directos sino los eufemismos para amortiguar el peso de su propia frustración al enterarse del creciente malestar de los ingleses por la monarquía como efecto del abandono de Diana.

La gran reina tuvo un duro encuentro con la realidad y debió adaptarse a ello para llegar a su jubileo como Monarca y a sus seis décadas al frente de la institución desde la muerte, en 1952, de su padre Jorge VI, el tartamudo que hizo célebre una reciente película. No se intimidó, no bajó la mirada, no le tembló la voz al elogiar a quien había puesto en trance cuanto ella, Isabel, representaba en el apretado mundo de hoy tan ávido de historias rosas, de princesas y reyes. Es curioso: mientras más se igualan las sociedades, se requiere con mayor fuerza de la crónica frívola sobre el devenir de las aristocracias, las auténticas y las de oropel, como la mexicana en donde se entrecruzan las “primeras familias” y los intereses empresariales sobre los altares en donde ofician los Cardenales y ciertos Obispos que se burlan de las leyes, infringiéndolas, como en el escandaloso caso de Onésimo Cepeda Silva, de Ecatepec, la diócesis más poblada y acaso la más depauperada en el mundo.

Recientemente, Juan Carlos I de Borbón, rey de España aunque se omitiera una pomposa coronación tras la muerte -¡al fin!- de Franco en noviembre de 1975, se fue de cacería, sin avisar –mucho menos a la Reina Sofía con quien no cohabita desde hace años-, y en un jet privado, al parecer facilitado por un multimillonario árabe. Nada se habría sabido de no ser porque su nieto, Felipe Froylán, hijo de la Infanta Elena, se disparó con una escopeta su pie derecho y el escándalo saltó en los titulares al explicarse que un menor de catorce años, como el aludido, “en ningún caso” puede llevar un arma como la que el niño de “sangre azul” estaba utilizando. Y nadie sabía en donde localizar al Rey hasta que se supo que se había caído y roto la cadera durante una incursión por Botsuana. Y los ánimos, naturalmente en plena crisis económica, se calentaron.

No obstante, enseguida se enfriaron: el Rey, muy comedido, de frente y visiblemente conmovido, pronunció tres frases cortas: “Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”. Y con ello un aire de tranquilidad rodeó al Palacio de la Zarzuela y a quienes la manejan administrativamente. No pocos españoles se sintieron bien con ello; otros, los más recios, habrían querido otra cosa, una abdicación quizá para “salvar” a la monarquía de tantos escándalos concatenados. Lo cierto es que el Rey presentó su perfil humano y sorprendió a los políticos, como los presidentes del propio gobierno español, incapaces de aceptar sus tremendas equivocaciones.

Debate

La lección de Juan Carlos de Borbón, desde luego, debieran aprenderla y asimilarlA también los soberbios miembros de la política mexicana. ¿Para cuándo un perdón de Elba Esther Gordillo?¿Y de Salinas, Zedillo y los Fox? La cuenta corre, igualmente, para el señor Calderón… cuando sólo faltan siete meses para llegar a diciembre. En ocasiones, la soberbia obnubila de tal modo que se pierde la noción d la realidad y del perentorio lapso sexenal. Recuerdo a un gobernador que anotaba, en su agenda personal, los días que le faltaban para dejar el cargo:

–Así me preparo para los golpes que vendrán, también los anímicos. Es como una terapia –solía decir-.

Pero no. En México ni siquiera estamos acostumbrados a la autocrítica; y en cuanto alguien se sincera o suelta una confidencia a un periodista –como sucedió en el caso del entonces gobernador mexiquense Enrique Peña Nieto cuando me dijo, a finales de 2009, que tenía dos hijos fuera de matrimonio, asunto que luego fue retomado por un diario de circulación nacional con ribetes de escarnio público-, considerando con ello la posibilidad de expiar las culpas, se tiende al linchamiento más que a la comprensión sobre la liviandad de los humanos pecadores per se. ¿O habrá alguno que arroje la primera piedra? Estaría por verse, sobre todo porque a veces aparecen algunos críticos que no somos amnésicos.

Y es, entonces, cuando uno piensa en las bondades de los regímenes parlamentarios, pero sin testas coronadas, para finiquitar el presidencialismo; podría incluso dividirse las funciones de presidente de gobierno y jefe del Estado –sin Reyes por favor-, no sólo para hacer más expedito el manejo del destino nacional sino también con el propósito de hacer contrapeso entre uno y otro para evitar desviaciones y abusos. ¡Ésta sí que sería una interesante propuesta de no haber sido generada por loa febril mente novelera de quien esto escribe!

La Anécdota

Es fama que a los ex presidentes de México les molesta ser recordados por el sello que imprimieron a sus respectivos mandatos. José López Portillo no podía soportar, por ejemplo, que le llamaran frívolo cuando esta condición marcó0 sus relaciones interpersonales y su fecundo mundo femenino:

–¿Por qué me califican como frívolo si soy un intelectual? –solía preguntar a sus contertulios-.

Y De la Madrid se fue a la tumba oscura, muy negra, odiando que se dudara de su honestidad… cuando jamás aclaró los envíos multimillonarios, en dólares, acreditados por el periodista norteamericano Jack Anderson que citó como fuente a elementos de la CIA. Decía que un presidente no podía someterse a una soberanía ajena; pero dejó de serlo y selló los labios sólo para abrirlos y decir y desdecirse sobre la personalidad tenebrosa de quien fue su sucesor, Carlos Salinas. ¡Pobre México si sigue perdiendo la memoria!

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¿QUÉ EL PAN HA SIDO PEOR QUE EL PRI? PUEDE SER SI TOMAMOS EN CUENTA SUS MEZQUINDADES, COMO SEÑALÓ A ESTE PERIODISTA JOSEFINA VÁZQUEZ MOTA. UNA DE ELLAS, EL ODIO ACENDRADO HACIA LAS CRÍTICAS Y LA REPRESIÓN QUE CONLLEVA.