Ramón Ojeda Mestre

La Náusea fue la primera novela filosófica de Jean Paul Sartre. No basta ahora. Sólo cuando los escándalos son internacionales, como en el de la CFE cuyo funcionario principal recibió un yate fabuloso, un auto deportivo europeo y “un montón de cosas más” o el del yerno pícaro del atribulado y baquetón monarca cinegético de Madrid, o ahora el de las tiendas Walmart que embarró y alcanzará a muchos presidentes municipales y funcionarios estatales, nos damos cuenta del grado, profundidad, extensión, trascendencia o alcances de la corrupción en nuestro país.

A querer o no, después de oír de tanta podredumbre, muchos ciudadanos limpios y modestos se han vuelto insensibles o de piel de paquidermo ahora que también están de moda. Los candidatos de todos los partidos acusan a los equivalentes de trapacerías sin fin y eso también hace que nos bese la serpiente de la indiferencia o la sensación de que nada se puede hacer ya. Hace unos días estuve en una dependencia federal de gobierno y la persona de la ventanilla, que me atendió amablemente, se quejaba de la dificultad para conseguir trabajo. Yo tuve que comprar mi plaza, me dijo. A nadie asombra. Todos en las filas burocráticas lo saben y así ad nausean o ad infinitum, la Secretaría de la Función Pública, bien gracias.


Todos los gobernadores de los estados, y todos los presidentes municipales donde se instalaron tiendas Walmart tienen la obligación moral, ética y política de investigar las condiciones específicas en que se instalaron esos emplazamientos mercantiles en sus jurisdicciones, so pena de que, de no hacerlo, resultan altamente sospechosos, y pronto el propio New York Times y el Washington Post los balconearán, puesto que los de allá pronto desatarán la Maruchán o “will release the Campbell´s”, soltarán la sopa pues, pero como la compañía es predominantemente estadunidense, por eso trato de ponerlo en caló chicano.

Así que, moviéndose que es gerundio, señores alcaldes y ciudadanos gobernadores impolutos, pues los que sean polutos o medio polutos, desde luego que se harán como que no saben inglés. Los periódicos norteamericanos fueron muy claros en qué áreas de las administraciones públicas se dieron los cochupos, pero todos sabemos que no fue precisamente en la compra del huachinango o de los huitlacoches, sino en los permisos de uso del suelo, el agua, las vialidades, ecología, la protección civil, las licencias de construcción, etc. Es muy fácil mi Presi o mi Gober querido: usted nada más vea cuándo se inauguró la tienda y con qué fechas salieron los permisos, si los hay. Cuando los permisos son posteriores a la iniciación de operaciones, allí hubo “mano negra”, dicho sea sin ofender racialmente a mis hermanos de sangre afroamericana.

Es importante precisar que en esa, como en muchas otras empresas nacionales o extranjeras que le entran a la sinvergüenzada, sin medida ni clemencia, la mayoría de los colaboradores o empleados son gente decente, y de manera alguna son responsables por las picardías que ordenan o ejecutan los de arriba, pero aquí en México, algunos, sin excusa ni elusión, deberán responder, civil, administrativa y penalmente por las corruptelas denunciadas en Estados Unidos por los periódicos de marras y de una vez por todas, las Contralorías estatales y municipales deberán demostrar que sirven para algo más que cobrar sus salarios de complicidad. Ni modo, cuando oíamos que se barría de arriba abajo, no creíamos que se referían de norte a sur, pero así vino la pichada identificable como screw ball, dicho sea con mala intención.

Si alguien es tan ingenuo de pensar que este escándalo va a terminar estos meses antes de que la gran urna de julio nos devore, está más equivocado que el famoso rumbo de la canción de José José: Cuidado, mucho cuidado, que estás tomando por un rumbo equivocado. Sacrifiquemos los alfiles, dijo Emmanuel Lasker.