Es el momento de unir el cielo con la tierra,

de que sus moradores donen su corazón,

y eleven plegarias al Niño y alaben a Dios,

porque la paz llega de su mano y nos llena.

Gloria al Niño, con su venida el amor nace,

dejémonos atrapar por su mirada divina,

sonriamos, tenemos hambre de sus caricias,

necesitamos sentir a Dios dentro para vivir.

Mientras el mundo se ve azotado por odios,

y nuestra propia especie se endiosa y degrada,

la Navidad nos recuerda lo necios que somos,

pues la llama que nos llama es nuestro Padre.

Volvamos los ojos hacia sí, retrocedamos

a ese Creador nuestro, hagamos piedad,

pidamos perdón, a ese Jesús de la bondad,

que no fue acogido y que fue crucificado.

En este preciso soplo, por doquier, se percibe

una pobreza de diálogo y de reconciliación,

ayúdanos, ampáranos y protégenos siempre,

que sólo hay una congoja la de no ser poesía.

Ese Niño que nos brota, se acerca y nos ríe,

quiere consolarnos, ofrecernos otras sendas;

las de la verdad, aquellas que hacen justicia,

y las de la ternura, aquellas que nos dan vida. 

Víctor Corcoba Herrero

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22 de diciembre de 2018