Josefina Vázquez Mota, mujer devota antes que candidata a la Presidencia de la República y católica practicante como la mayoría en México, tiene la obligación ineludible de defender los misterios de la fe. Por eso, en su alegación cuando fue de visita al rancho de los Fox –quienes vivieron irregularmente desde el punto de vista religioso al sólo contraer matrimonio civil sin haberse consumado la anulación de sendos esponsales previos-, habló, naturalmente, “de milagros”, esto es de que cree en ellos, significando así una postura congruente y bastante más a una simple metáfora ligada a los fervorines políticos. Los Fox, desde luego, no sólo le dieron bendición y aliento sino la hicieron “su” candidata –Vicente le llamó “mi presidente”-, contra los rumores de sus acercamientos con el priísta Enrique Peña, todavía vanguardista en las encuestas.
Por su parte, el hombre que propone, no sin cursilería, la construcción de una “república amorosa”, Andrés Manuel López Obrador, se olvida del desdén abierto con el que señalaba a los panistas como “la iglesia” –lo repetía una y otra vez con tal de no mencionar al PAN-, ligando a la institución eclesiástica con el proyecto político d la derecha, sobre todo de la ultraderecha concentrada en el célebre “Yunque” que apenas saltó a la fama hace unos pocos años… mantenido el secreto durante largo lapso.
Ahora, López Obrador tiene dos estrategias opuestas su antigua, proverbial conducta anticlerical acaso consecuencia de la tremenda pulverización de Tabasco, en materia religiosa, por la presencia de innumerables sectas que incluso tienen un brazo ejecutor en los “sublevados” del EZLN, otro punto de contacto con el flamante abanderado de la izquierda unida. Desde luego, desde su natal Macuspana la influencia de las sectas es tan grande que para sobresalir en el medio es menester pertenecer a una de ellas… en la región en donde casi no existen iglesias católicas y, sin embargo, dio albergue a la primera de éstas, rústica claro, a la llegada de los españoles a lo que hoy es Frontera, Tabasco, en donde Cortés recibió como obsequio valiosísimo a “La Malinche”, doña Marina, quien habría de cambiar la historia de este territorio. Las fórmulas de Andrés Manuel en este renglón son:
1.- Dejarse querer por los distintos representantes de las iglesias –en plural-. Recientemente, los evangélicos, invocando al Espíritu Santo “y al dulce nombre de Jesús”, le bendijeron deseándole todo tipo de parabienes en su cruzada por los pobres de México, tan abandonados por la recurrente demagogia oficial.
2.- Comisionar a su mujer –con quien no se ha matrimoniado por el rito religioso-, Beatriz Gutiérrez, para que sea ella una especie de comendadora de la Orden del Santísimo Proyecto Alterno de Nación, un empeñoso esfuerzo de Andrés para hacer sentir que existen otros caminos, además de los conocidos, pero que llevan, tarde o temprano, a las mismas encrucijadas y glorietas, como si de círculos cerrados se tratara. Doña Beatriz, otrora discreta y cuidadosa de no aparecer junto a su marido, tiene ahora una misión de altos vuelos y que podría ser determinante para tranquilizar a las jerarquías eclesiásticas sobre le hipótesis de un vuelco espectacular a favor de la izquierda… aunque todavía marche su abanderado muy abajo en las encuestas en las que él –lo mismo que este columnista, perdónenme la confidencia- no cree.
Sin embargo, el más cercano a las altas jerarquías no es la representante pura de la derecha –en este caso, doña Josefina-, sino el priísta Enrique Peña Nieto, viudo en primera instancia y casado con Angélica Rivera a quien le fue anulado su primer matrimonio con la intervención del infalible e intocable Obispo de Ecatepec, Onésimo Cepeda. ¿Quién dice que en El Vaticano las influencias, muchas de ellas marcadas por la capacidad de reunir dineros como fue el caso del deplorable Marcial Maciel, no tienen un prometedor aterrizaje? Onésimo, acusado penalmente por fraude procesal –al emitir, de su bolsillo, millones de dólares para la falsa adquisición de la pinacoteca de la señora Olga Azcárraga-, y obviamente encubierto –el abogado que le acusó, Xavier Olea, me dijo que en cualquiera otro caso, incluso el de algún empresario de los mayores, el “beatífico” ex boxeador hubiese entrado en la prisión-, fue también gestor del matrimonio Fox para la disolución de los primeros esponsales de sendos cónyuges. “Con la Iglesia, hemos topado, Sancho”, repite el hidalgo caballero de La Mancha.
El caso es que Peña tuvo tiempo para realizar su casamiento en la Catedral de Toluca, con la intervención de lña televisión por supuesto, aunque fuera notoria su preocupación por los “baños de pueblo” que su esposa, artista de telenovelas al fin, quería darse. Acaso fue ésta su primera riña porque el entonces gobernador mexiquense tenía fuentes confiables que loe hablaban de preparativos de un atentado contra él, una condición que ha marcado su campaña a lo largo de sus primero cinco semanas con cambios intermitentes en su agenda y cancelaciones de última hora. El temor se ha ido acrecentando al tiempo que se hace más pública la figura de Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, quien le amenazó desde mayo de 2008, aduciéndose que se le tiene a punta de cañón, esto es muy cerca… del candidato priísta; y, claro, mientras no se le capture, el riesgo está latente porque habrá muchos que tengan la capacidad operativa para actuar y luego trasladarle la responsabilidad al célebre “capo”. Sería más que sencillo hacerlo, acaso como en 1994.
Mientras tanto, todos se persignan. Finalmente, la estrategia iniciada por Francisco Barrio en Chihuahua y seguida por Fox en Guanajuato, aireando la imagen de la Guadalupana por su doble contexto religioso e histórico, comienza a ser una especie de refugio hasta para los más radicales izquierdistas. Si viviera, por ejemplo, Don Sergio Méndez Arceo, el gran Obispo que fue de Cuernavaca, estamos ciertos de a quien apoyaría y, además, a viva voz, sin recovecos. Insisto: después de tantas refriegas verbales y descalificaciones viscerales los aspirantes a la Primera Magistratura acabaron abrevando en la misma fuente y con mil jaculatorias ganadas desde el origen: casado Peña, bendecido López y en espera de un milagro Josefina. Y los tres fueron de peregrinos a “El Cubilete” a recibir la bendición papal. ¿Quién lo hubiera pensado hace dos décadas?
Justo Mullor, el hombre que presume haber entregado a Maciel a la justicia vaticana y segundo Nuncio en México tras la salida del histórico Girolamo Prigione Potzi, me dijo que su misión era tratar de conciliar “el alma religiosa con el alma laica de los mexicanos”. No tuvo mucho tiempo siquiera para arrancar la epopeya; pero hoy, seguramente, estará de pláceme. Sólo falta que en las urnas, además de la credencial del IFE, nos impongan la ceniza cuaresmal.
Debate
Entre las metamorfosis a las que obliga la campaña presidencial, impregnada de lugares comunes, demagogia y debates en los que todos dicen tener la vara mágica de las soluciones –ya lo corroborarán dentro de unos días los amables lectores-, sin duda alguna el uso de iconos, pastores y sacramentos religiosos se convierte en una de las influencias de mayor calado; en otros tiempos, se habría prohibido tales enlaces por contaminar lo puramente político. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. ¿Les suena? Así se expresó Jesús de Nazaret ante los fariseos creando así las interrelaciones entre los gobiernos y los representantes de las iglesias. Por desgracia, el fondo se ha tergiversado hasta recalar en interpretaciones sesgadas por las preferencias partidistas.
Bueno, hasta López Obrador y su esposa, Beatriz, están en plena faena de acercamiento con las altas jerarquías eclesiásticas, y Josefina, insisto, espera un milagro; mientras no sea el de la maternidad –dicho esto sin sabor a crítica, por favor, sino considerando el contexto en el que está-, cualquier oración por su causa será bien recibida… en el rancho de los Fox y, a lo mejor, también en Los Pinos porque entre los panistas los vaivenes los marcan estas dos heredades, una particular, la de Guanajuato, y otra pública, la de Chapultepec.
Los panistas guerrean entre sí por el liderazgo real que delinean el actual mandatario federal y su antecesor; mientras, algunos perredistas, infortunados, intentan sacudirse el yunque de López Obrador que no permite sino su voz y sus ideas y ninguna expresión de crítica; y, finalmente, Peña Nieto sigue volando en alas de gaviota por los sets televisivos, sacando el mejor provecho de su juventud que se va, se va, se va… y sin copete ni remedio. Leyes de la vida, al fin.
No es aburrida la campaña sino repetitiva. La única ventaja es que ahora es tan corta que ni tiempo da para conocer, a fondo, a los postulantes. ¿Cuánto en verdad sabemos de Josefina?¿Y de Peña? De López Obrador no hablo en este apartado porque ya suma siete años en campaña y sería una barbaridad no haberse enterado de sus defectos y virtudes. La cuestión es si con todo este bagaje aumentarán o no los abstencionistas, en fase de convertirse en la primera fuerza política… por cruzarse de brazos.
La Anécdota
Corría mayo de 1982 y el entonces candidato priísta, Miguel de la Madrid, accedió a concederme una entrevista como hacía en la víspera de cada visita a una entidad federativa, en este caso Guanajuato, en donde este columnista dirigía “El Diario”. Entre otras, le hice una pregunta, clave para los lectores de El Bajío:
–¿Es usted católico?
El aspirante se incomodó, frunció el ceño, y, al fin, sin mucha seguridad, respondió:
–Soy un convencido de los frutos positivos de la separación de la Iglesia y el Estado y en este sentido cualquier respuesta mía sobre el particular podría significar una inducción que no deseo hacer.
La hipocresía, ya desde entonces, marcaba al extinto.
























