El Gordillazo, la renuncia de Joseph Aloisius Ratzinger a continuar siendo Benedicto XVI y las consecuencias de la lucha fatal de Hugo Chávez contra el cáncer, son tres fenómenos que no en vano han acaparado la atención de nuestros medios de información. Nos apremian a reflexionar sobre las vicisitudes de lo que denominamos prácticas y problemáticas del ejercicio del poder.

Aunque definir en qué consiste el poder resulta una tarea compleja, para quienes vivimos alejados de las mieles y amarguras de aplicarlo a gran escala (aunque padezcamos las consecuencias), siempre nos resultarán fascinantes −quizás por lo extraño y complicado que es entenderlo−, las múltiples maneras en las que se aplica y se disputa.


Sabemos que ocasiona adicciones severas, porque aquellos que prueban sus beneficios rara vez lo rechazan por iniciativa propia. En gran medida es así porque es muy atractivo que otras personas no solo estén a nuestra disposición, sino que actúen según nuestros dictados, los cuales, en muchas ocasiones, no tardan en convertirse en verdaderos caprichos.

Al parecer, el poder es indispensable para que las diversas formas en que se ha organizado la humanidad (desde la familia hasta el Estado), puedan cumplir con reglas y principios que les permitan alcanzar sus objetivos y avanzar, así como para frenar excesos. Lo que ha sido muy difícil en todo momento, como lo demuestran millones de ejemplos en los medios de información cada día, es acotarlo para evitar abusos hacia nuestros semejantes, hacia otras especies de seres vivos e incluso hacia el planeta.

Más allá de deleitarnos con los pormenores superficiales de aprehensiones, escándalos, enfermedades terminales y abdicaciones históricas, haríamos bien en reflexionar sobre cómo contribuir a limitar atropellos, vejaciones y arbitrariedades.

Porque al referirnos al poder, generalmente pensamos en el que se ejerce a nivel macro: sobre grandes conjuntos de individuos y de manera general, cuando gran cantidad de sus consecuencias nefastas se experimentan a nivel micro, de forma cotidiana y dolorosa: en la casa, en la calle, en la escuela, en la iglesia, en el rancho, en la fábrica, en la oficina.

Como brillantemente explicó Michel Foucault, “el poder no puede ser localizado en una institución, o en el Estado, está determinado por el juego de saberes que respaldan la dominación de unos individuos sobre otros al interior de estas estructuras. El poder no es considerado como algo que el individuo cede al soberano (concepción contractual jurídico-política), sino que es una relación de fuerzas, una situación estratégica en una sociedad determinada”.

El poder no es un bien ni tampoco es tangible, porque consiste en una relación y está en todas partes. Cada persona, de manera inevitable, se ve atravesada por relaciones de poder y (lamentablemente, pero así es) no puede ser considerada independientemente de ellas. La buena noticia es que el poder no solo sirve para reprimir, sino también para producir saber.

Ahora que ya hemos sido enterados sobre el tema, lo que sigue es que cada quien, desde su muy particular y específica experiencia vital, se haga consciente no sólo de qué tipo de poder(es) sufre (lo que nos encanta presumir), sino cuál impone, para reconocer también en qué medida abusa de él.

Es reconfortante reconocer que “Las cosas no siempre han sido como lo son ahora y pueden modificarse hasta en los niveles más mundanos y aparentemente insignificantes para que puedan, eventualmente, ser diferentes mañana”.