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La prueba mayor de que las cosas continúan igual a las vividas en 2000 y antes, durante el fin del priísmo hegemónico, puede observarse en el comportamiento de los dirigentes y candidatos en esta hora de campañas rebosantes de hilos sueltos, medias mentiras e inducciones, desde el poder sobre todo. Puede incluso introducirse la idea, como lo ha hecho Roberto Gil Zuarth –ahora coordinador dentro del equipo de Josefina Vázquez Mota-, de que la abanderada del PAN “sólo” marcha a un punto porcentual de distancia del vanguardista de la justa, el priísta Enrique Peña Nieto, cuando todos los sondeos publicados hablan de un margen mayor a veinte puntos; desde luego, la procedencia de tales estadísticas –las directas, supuestamente, del PAN-, carecen de credibilidad alguna en cuanto no se remiten a fuente alguna y acaso responden a la postura incondicional de los emisores.

El hecho de fondo es que los partidos siguen arrastrando sus mismos vicios, con una creciente patología que incluye la verborrea sobre los cambios percibidos aun cuando las evidencias exhiban otra cosa; una conducta muy a la mexicana cuando se jacta de ser lo contrario a cuanto se ha demostrado con tal de ganar amores, escalafones o prebendas de toda índole. La burocracia dorada sabe muy de estas cosas del “sistema”. Se dan incluso curiosos cruces interpartidistas: donde el PAN gobierna el PRI hace las veces del antiguo partido de la derecha; y lo mismo sucede en las entidades, cada vez menos, en las que el PRD comanda las acciones regionales y toma para sí los viejos formatos priístas en versiones corregidas y aumentadas. Dijéramos que el libreto es el mismo con más o menos énfasis de la nueva hornada de actores de la política, cada vez más aventajados en el arte de la simulación.


Observemos, en primer lugar, al partido que aún conserva la Presidencia de la República, cuando menos hasta diciembre de no producirse una catástrofe, el PAN, cuyos defectos originales están ahora acompañados de los vicios heredados por el mal llamado “viejo régimen”, ahora en fase de retorno pese a cuanto exponen los falsarios reveladores de encuestas fantasmas. Pues bien, en el PAN, gregario desde su fundación y por ende muy propenso al nepotismo, esta condición ha llegado a su más alta expresión, con descaro inaudito además, en una penosa confusión de la moral política. Por ejemplo, si por ley, el mandatario federal en funciones, Felipe Calderón, no puede ni debe hacer proselitismo, nada impide a su esposa Margarita –la más preocupada por preservar el “cochinito” sexenal-, hacer lo propio hasta para pegar carteles en pro de “su” candidata aunque ésta haya sido resultado de una corriente más bien anticalderonista en el seno del partido. Lo mismo sucedió con los Fox pero no como efecto del respeto democrático de éstos sino de la ausencia de controles y la torpeza operativa; la autocracia pervive, no la pericia de los conductores. De otra manera, ni siquiera se hubiese postulado Ernesto Cordero Arroyo llevado a un baile en el cual sólo él llegó disfrazado de político; los demás contaban con otras máscaras como el leal Santiago Creel quien estima su fidelidad por encima de la inteligencia.

Curiosamente, a los políticos panistas, durante largo lapso –digamos desde que Marta Sahagún dio de pataletas en El Vaticano cuando no logró convencer a Juan Pablo II sobre las anulaciones matrimoniales de las primeras uniones de la pareja ahora expresidencial-, no les fue agradable admitir su cercanía con la Iglesia y llegaron al colmo de alejarse de algunas jerarquías claves, como el Cardenal Norberto Rivera Carrera y otros prelados de alto nivel en el Episcopado. Y con ello, por supuesto, fueron dejando vacíos los espacios que cubrió, generosamente, el PRI siempre dispuesto a la lisonja que lleva a la cooptación. Así me lo comunicó en una charla, el propio Cardenal Rivera –“2012: La Sucesión”-, asegurándome que el PRI, si bien perverso, cuando menos sabía gobernar. Una sentencia lapidaria que, sin duda, abre el apetito a los lectores para discutir sabrosamente esta mañana primaveral con el clima vuelto loco como todos aquellos que se atrevieron a escuchar el cándido debate entre los postulantes presidenciales.

¿Y el PRI? Podría iniciar un bolero aunque no exista ya Guty Cárdenas para musicalizarlo, pero allí está Armando Manzanero o Sergio Esquivel con su “quinta generación”: “Todo pasó, todo quedó”, como si los cimientos del partido, ocultos durante doce años de vaivenes, hubiesen vuelto a aflorar por la personalidad juvenil de Enrique Peña, quien se sabía candidato cuando menos dos años antes de su postulación aun cuando las cuestiones administrativas y policíacas en su entidad no fuesen las más pulcras; pero, por desgracia, en este renglón no hay quien se anime a tirar la primera piedra, aunque pudieran hacerlo.

El hecho es que el partido y el presidencialismo subsisten. En ausencia de correligionario en Los Pinos, las corrientes de los ex presidentes salpicaron el ámbito, incluyendo al veleidoso doctor Zedillo, tan bueno para simular que se convirtió en consejero de sus antiguos adversarios con tal de ganar interlocuciones valiosas para acrecentar sus condiciones de puente entre los intereses multinacionales que nos asfixian; lo peligroso del asunto es que varios de los zedillistas más notables permanecen muy cerca del candidato presidencial, incluyendo ex gobernadores con el sello impreso en la piel y su antiguo secretario privado, Liébano Sáenz, uno de quienes manejan las encuestas cotidianas de un rotativo originalmente regiomontano. Los mismos métodos en el usufructo del poder desde el toque tremendo de atención de 2000 cuando parecía que la sociedad mexicana había despertado de su letargo de setenta años; ahora, podemos registrar que no fue así y muchos se dicen hastiados… aunque nada hayan aportado para modificar el estado de cosas, acomodándose a los nuevos signos.

Y ni qué decir del PRD. Convertido en una fracción de la izquierda multicolor que rodea a Andrés Manuel López Obrador, pugna una vez más por la exaltación de la figura de éste mientras se emboscan quienes, desde dentro, se oponen a una conducción mesiánica pero han preferido callar. Acaso lo más deleznable es hacer uso de la basura de la mafia al que el mismo López Obrador fustiga… como si se tratara de encender el rastrojo seco para prender una perentoria hoguera. Sólo falta que, un día de éstos, se presente Raúl Salinas de Gortari como candidato de la izquierda por sugerencia, claro, de Manuel Bartlett y del “padrino” de éste, Dante Delgado, igualmente defensor del execrable Pablo Salazar Mendiguchía, tan maltratado –según dice- que puede armar a sus grupos desde la cárcel como si fuese uno de los mayores capos que compran a sus custodios e incluso los utilizan para vergüenza del sistema de justicia. Tal contradicción, por mucho que alegue el tabasqueño, es histórica y moralmente insalvable, no invencible como pretendía fuese su apotegma.

Pero, además, y ante el rezago evidente del aspirante presidencial de “las izquierdas”, con todo y el respaldo tardío de Cuauhtémoc Cárdenas –que camina sobre alfileres-, Andrés Manuel comenzará a ser no punto de encuentro sino de desunión entre la militancia del conglomerado diverso, entre radicales e institucionales, sin que haya podido convencer a sus interlocutores estadounidenses y a los empresarios que han sido sus enemigos, no sólo sus adversarios. Es decir: no le resultó la estratagema del amoroso reencuentro.

Debate

¿Cuándo conoceremos a los candidatos sin las mascaradas que imponen las campañas rutinarias y los debates insulsos –dicen que son civilizados aquellos que mudan el término promesa por el de propuesta-, sino con su verdadero perfil, incluso el personal, para evitarnos sorpresas en cuanto al carácter, tantas veces destructivo o descocado en la larga historia del presidencialismo, el mal más ponzoñoso del establishmemt?

Josefina Vázquez Mota, desde luego, en plan de ama de casa no es un ejemplo a seguir. Fíjense: en las naciones del primer mundo, se estima que la exhibición de menores pone en grave riesgo a éstos; por ello, incluso los hijos de las personalidades célebres nunca aparecen en las revistas de rostro completo. En México toda prudencia sobra si se trata d hacer política y la dama-postulante no tuvo limitación alguna para presentar a sus hijos, con el ingeniero y empresario Sergio Ocampo Muñoz, en primer plano… como también hizo Calderón en su momento.

Y Enrique Peña Nieto no convence en su faceta de actor, utilizada para grabar comerciales ad hoc con los periplos proselitistas cada vez más apretados por razones de seguridad. Cuando dialoga con su esposa, Angélica Rivera -¿le llamaremos la “primera gaviota” del país?-, se le observa fuera de lugar en un papel que sencillamente no le corresponde.

Otro tanto puede alegarse sobre Andrés Manuel cuando saltó a los foros televisivos extendiendo parabienes y hasta disculpas para iniciar, otra vez, la compleja andadura. Bastaron unas críticas para que, de nuevo, los hilos se tensaran. Y es que quien se presenta como el más democrático de los aspirantes al Ejecutivo federal, es también el de mayor intolerancia hacia los señalamientos que no le benefician, considerando que son obras, todos, de un malsano proceder complotista.

¿Cuándo los conoceremos de verdad? Ya les contaré.

La Anécdota

Alguna vez, Carlos Cantú Rosas, mi amigo y quien debiera ser merecedor de un homenaje por cuanto aportó a la democracia en México, en funciones de presidente del PARM –el primer partido que postuló al ingeniero Cárdenas en 1987 antes de formarse el Frente Democrático Nacional-, me dictó una sentencia irrefutable; eran los días del priísmo hegemónico:

–Salir del PRI para integrar otra opción partidista será siempre digno; lo indigno sería retornar al PRI por conveniencia y no por convencimiento.

La aplicación podría hacerse ahora entre los panistas pero es válida igualmente para quienes se van del PRI y luego buscan su refugio.