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Las políticas públicas son, en esencia, compromisos adquiridos por quien asume el poder y, por consiguiente, ni son una virtud ni son voluntarias.
Dado el nuevo rol que hoy asume el sector privado al manejar recursos públicos en la prestación de servicios sociales; la petición que se le hace al empresariado por un mayor compromiso con la pobreza y la equidad, y el deseo de artistas internacionales y nacionales de contribuir a solucionar problemas de la población de sus países, llegó la hora de aclarar las diferencias entre la filantropía y las políticas públicas.
El término ‘filantropía’ fue creado por Flavio Claudio Juliano, emperador de los romanos desde el 361 hasta su muerte. Él, en su afán por restaurar el paganismo como la religión romana y para suplir el término cristiano ‘caridad’, acuñó el de ‘filantropía’ (http://es.wikipedia.org/wiki/Filantrop%C3%ADa), que el diccionario define como “amor al género humano” (ibíd.).  Dos elementos deben señalarse de la filantropía: por su origen, es una virtud, y además, por definición, es una o muchas acciones voluntarias.

Nada que ver con la naturaleza de las políticas públicas, así coincidan con el objetivo final: mejorar la vida de las personas. Las políticas públicas son directrices señaladas por la estructura de poder, el gobierno, para abordar las prioridades que se supone han elegido los individuos a partir de un proceso democrático por medio del cual se eligieron esas y no otras prioridades de acción estatal.
Las políticas públicas son, en esencia, compromisos adquiridos por quien asume el poder y, por consiguiente, ni son una virtud ni son voluntarias. Todo lo contrario, el no cumplirlas implica un costo político, que puede llevar a derrumbar un gobierno cuando la ciudadanía tiene la madurez necesaria para identificar claramente esa falencia. Ni instituciones ni, menos, individuos pueden ser obligados a hacer filantropía y por ello se alaba a quienes la hacen. Pero los filántropos no sufren sanción social, ni política si se niegan a hacerla. Por el contrario, en una democracia madura, si algo caracteriza a las políticas públicas es el gran costo político que implica no cumplir con ellas.
Sorprende, por lo tanto, que se trate de sustituir las políticas públicas con la filantropía y se crea que les corresponde, por ejemplo, a los artistas asumir la responsabilidad de velar por la educación de los niños pobres. Esa es una acción voluntaria, que puede ser complementaria, pero es ridículo pretender que se pueda sustituir la responsabilidad del Estado con las virtudes de individuos o instituciones.
Los multimillonarios gringos son un ejemplo de filantropía del más alto nivel. Pero aun Bill y Melinda Gates, que tienen más recursos en su fundación que lo que muchos países pobres pueden dedicar a salud, no sustituyen las políticas públicas que establecen los gobiernos a los que ayudan. Las motivaciones son distintas y tan claro es para los Gates que muchos de sus esfuerzos están dirigidos a investigación, que puede ser adoptada por diferentes Estados para el bien de su población.
Soy una gran admiradora de los artistas que ejercen la filantropía. Demuestran, sin duda, su calidad humana, su sensibilidad social,  su compromiso real con la gente. Sin embargo, la política pública de atención al menor, de educación o de salud no puede ser ni su responsabilidad ni puede estar dirigida por ellos, sencillamente porque no tienen ningún costo político y nadie los puede obligar a responder por las prioridades de la gente que votó por ciertas directrices para los gobiernos. A pesar de las buenas intenciones de los filántropos, no confundamos la magnesia con la gimnasia.