Resulta que Marcelo Ebrard Casaubón se caracterizó por el más fiel de los seguidores de Andrés Manuel López Obrador, sobre todo desde el 2006 cuando el primero ganó la jefatura de gobierno del Distrito Federal y el segundo fue víctima del dictamen electoral de mayor abyección de la historia de México a favor del continuismo por decreto… de los empresarios cómplices de la derecha. Ebrard, durante todo el lapso de su gestión, guardó junto a su escritorio el famoso veredicto hecho con cualquier cosa menos lógica y justicia: se acusaba a quien fungía como presidente, en el cogobierno Fox-Sahagún, de haber intervenido, lo mismo que un buen número de ricos miembros de la iniciativa privada, en los desaseados comicios, pero sin que tales acciones fueran “relevantes” para la modificación de los resultados cuando éstos señalaron, oficialmente, apenas medio punto porcentual de distancia entre un candidato, el nefasto calderón –minúsculas- y el icono de la izquierda.
Esto es: la diferencia fue tan nimia que cualquier intervención, el más mínimo acontecimiento truculento, pudo haber logrado el propósito de hacer variar la voluntad del electorado; pero el TRIFE, con sus siete “sabios” ajenos a la expresión de la democracia, asumió lo contrario de manera discrecional y, peor aún, “inatacable”. De esta manera se consumó el atroz continuismo que nos colocó entre las naciones más violentas del mundo aunque no perdiera México su imagen de ser materia de inversiones de alto calado, abaratado por obra y gracia de la famosa guerra de calderón –minúsculas- en la que siguen triunfando las mafias dominantes. Toda una antología de la demagogia más perversa de los tiempos “modernos”.
Resulta que, pasados apenas tres meses y un poco más desde el traspaso del gobierno defeño, a favor de quien fue procurador en su sexenio, Miguel Ángel Mancera Espinosa –el segundo apellido nos pone los pelos de punta, recordando al priísta Espinosa, Óscar, defraudador ya de regreso a la órbita del “nuevo” PRI-, Ebrard en voz alta clamó contra los “candidatos necios y megalómanos”. De acuerdo al diccionario Grijalbo, la megalomanía es “una forma del delirio de grandeza por la que el sujeto (megalómano) sobreestima su propia condición física y, en especial, social”. Resulta obvio a quien le viene el saco, a perfección: nada menos que a su antiguo aliado Andrés Manuel por quien no reconoció la presidencia de calderón –minúscula- hasta el último tercio de la misma, esto es cuando Marcelo deseaba puntuar de cualquier manera para ganar la carrera hacia la candidatura presidencial del PRD.
Dijimos entonces que Ebrard –”2012: La Sucesión”, Océano, 2010-, era tan astuto que difícilmente se animaría a concursar en una lid perdida de antemano considerando la enorme distancia que mantenía respecto al puntero, priísta, y al aspirante oficial, panista. Parecía tarea imposible recuperar los puntos perdidos, máxime considerando los valladares a superar entre ellos la profunda división entre las izquierdas –no sólo una, como me explicó el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas quien no se descartaba del todo- mexicanas.
Para sorpresa de muchos, y mediando una encuesta realizada con innumerables carencias metodológicas, Ebrard se hizo a un lado para posibilitar la segunda candidatura presidencial de López Obrador quien, sólo entonces, logró aglutinar a quienes aireaban la bandera de la izquierda, entre vanguardistas y radicales; esto es, un abanico de corrientes con diferencias de fondo muy severas. Ahora Marcelo alega que “sólo” perdió por cuatro por ciento aquella puja asumiendo su responsabilidad para evitar escisiones y divisiones que hubieran terminado con las esperanzas de esta causa. Pudiera ser; pero lo cierto fue el repunte inusitado del último verdadero líder natural surgido en nuestro país cuando todos le señalaban con sorna; y creció tanto, pero tanto, que acabó por alcanzar al caballo vencedor aun cuando, por errores de estrategia según su asesor Luis Costa Bonino, uruguayo de nacimiento y protegido por el cineasta Luis Mandoki, optó por perder la carrera en la fase final, inexplicablemente todavía.
Es curioso: los mexicanos no confiamos en nuestros coterráneos para realizar proyectos de alto calado como el de ganar la Presidencia. La derecha se armó con los catalanes Antonio Solá Recquer –naturalizado mexicano por un “obsequio” discrecional de calderón, en minúscula-, y Xavi Domínguez, con nombre más futbolero que político; esto es, dos personajes ligados a la derecha española que dio cauce a la peor crisis estructural de su país con riesgo de secesiones que ya se tocan con la mano. Y la izquierda optó por un uruguayo con largo andar entre los personajes, como el difunto Hugo Chávez ahora elevado a la heroicidad cuando antes fue tremendamente denostado, de Latinoamérica hasta llegar a México donde hizo su reducto.
Por cierto, recuérdese que el estigma mayor, lanzado al rostro de Andrés Manuel, es su pretensión de convertirse, mesiánico decían, en “otro Chávez” visto éste como un golpista antidemocrático dispuesto a perpetuarse en el poder hasta su muerte –así ocurrió-. Pero en este momento todo se revierte: pese a las pésimas finanzas del gobierno venezolano y los riesgos de enfrentamientos civiles inminentes, el chavismo es visto como un paradigma de la defensa de las soberanía de los pueblos del sur del continente, siendo colocado el ex mandatario Chávez a la par con el libertador Simón Bolivar, por sus sueños de unificación… bajo el padrinazgo de los cubanos hermanos Castro –en México, se conoce así a un grupo coral diluido con excelencia en las voces-.
Fue tanta la vehemencia puesta en este punto que Andrés Manuel, lo mismo que en 2006 –cuatro años después de que Chávez libró un golpe de Estado trazado con las narices-, decidió deslindarse del mandatario venezolano sin que pudiera evitar ser arrastrado por los comerciales en donde se les equiparaba, entre otras cosas, por la similitud de sus discursos y la ligerezas de sus acusaciones. Pero ello no pudo evitar las reacciones espectaculares, contrarias a estos conceptos acaso viscerales:
1.- Andrés Manuel rebasó al PAN y obtuvo una mayor votación, quince millones de sufragios, a la que se le concedió oficialmente seis años atrás, poco más de 14 millones de papeletas a su favor, si bien en 2012 la diferencia con el primero de los ponentes presidenciales fue mucho mayor: más de cuatro millones de votos. El fenómeno es digno de ser analizado, una y otra vez, porque prueba que nunca se ha escrito la última palabra y es manifestación clarísima de que descartar a una figura, fuera de tiempo, lleva hacia el abismo. Y en esto debiera ser más cuidadoso el ambicios Ebrard.
2.- Las manifestaciones tumultuarias –acaso sólo comparables con las que se dieron a la muerte de Gandhi, muerto en enero de 1948-, alrededor del féretro de Hugo Chávez, y las posteriores reacciones, demuestran que la dictadura de este personaje no era tan mal avenida como se insistió, siempre, en el exterior pese a las turbulencias financieras, la subida tributaria y la baja considerable en los ingresos petroleros de la hermana nación. Los propios venezolanos no se ponen de acuerdo respecto a la figura del “comandante”, esto es como si se tratara de dos y no de una sola persona, dividiéndolo entre el caudillo del sueño bolivariano y el mesiánico que decía verbalmente combatir a los Estados Unidos –sin dejarle de ofrecer el oro negro-, mientras fustigaba los intereses europeos… y mexicanos, como sucedió al expropiar, de hecho, las propiedades de CEMEX en su territorio sin ninguna explicación razonable. Esto debió tenerlo en cuenta el presidente Enrique Peña cuando acudió a Caracas a despedir a Chávez tratando con ello de borrar la historia negra de la derecha de nuestro país y el chavismo, batalla que, por cierto, perdimos por causa de los timoratos Fox y calderón –minúscula-, uno llamado “cachorro del Imperio” y el otro calificado como “camarita y caballerito” con iguales intenciones que su antecesor inmediato. Un golpe de efecto, nada más.
Debate
Siempre he descrito a la dicotomía fatal, entre el bien y el mal absolutos, que buena parte de los mexicanos se imponen para juzgar a sus gobernantes: o son perfectos o engendros del diablo según las apreciaciones de quienes fueron seguidores, admiradores, críticos y detractores de cada cual. No se observan, desde cada extremo, virtudes o defectos según sea el caso; y ello provoca reacciones encontradas que llegan incluso a crispar el ánimo y la esencia del debate democrático, que debiera basarse en la imparcialidad. Para los periodistas, específicamente en mi caso, resulta extremadamente difícil mantener la línea de la objetividad sin comprometer criterios a las simpatías o antipatías personales. Somos humanos, al fin y al cabo, como todos.
Por ello, fue inusitado que ante la embajada venezolana, a la muerte de Hugo Rafael Chávez Frías –su nombre completo-, el golpista en 1992 que alcanzo la presidencia siete años más tarde y fue víctima de un conato de rebelión en 2002, del que salió fortificado gracias a la reacción popular –otra cosa hubiera sido en el caso de Salvador Allende si los chilenos no se hubieran rendido ante el vasallaje militar abominable en 1973, aunque es muy fácil escribirlo a la distancia a sabiendas de tanto horror y miseria humana-, cientos de venezolanos y mexicanos hicieran guardia para firmar el libro de condolencias y no sólo eso: elevaran sus voces con vítores hacia quien fue señalado, entre nosotros, como ejemplo del mesianismo improductivo y corruptor. ¿Lo fue?¿O lo recordaremos como un ser ejemplar quien jamás se detuvo ante los embates del “imperio”?¿De cuál?¿El de Estados Unidos o el del cuarto Reich, encabezado por la alemana Ángela Merker, sobre el camuflaje de la Unión Europea?
Me es complejo entenderlo, como es difícil entender los vaivenes de las naciones y sus gobernantes. El fervor que rodeó el ataúd de Chávez no compagina con la imagen internacional de este personaje. ¿Caudillo o verdugo?¿Libertador o farsante? Lo que recomiendo es no observarlo con la misma dicotomía que distorsiona la realidad y la cubre con la pátina del tiempo.
La Anécdota
¿El cambio sólo es válido cuando se da en el sentido faccioso que imponen los partidos bajo una democracia experimental y dudosa?¿O debe registrarse así sea como consecuencia de un paso hacia atrás?
El presidente Peña está, precisamente, en esta disyuntiva. La aprehensión de Elba Esther, la causa contra el ex gobernador tabasqueño Andrés Granier Melo, el químico –seguramente por sus dotes de alquimista mayor-, y el clamor porque, de verdad, no existan intocables –lo de que no hay fuero, substituido éste por la “inmunidad legislativa” es una parodia más-, no son suficientes para avalar su aserto de que “no hay intocables” en México. ¿Y los ex presidentes?¿Y él mismo y sus familiares y aguerridos hombres de confianza?
La demagogia siempre obnubila las buenas intenciones.
























