En todas las épocas y circunstancias nos hemos encontrado con personas que atentan contra la tranquilidad y van por la vida ocasionando sobresaltos. Aunque a veces, y solo algunas veces sufren pequeños traspiés que los hacen dudar del oficio de ser malosos.

Y para muestra basta un botón dice un viejo refrán popular. Me remonto a cuando su servidora tenía 17 primaveras. Venía caminando cuando de repente me sale un ciclista. Recorrí la primera cuadra y el individuo al estilo puro del piropeo mexicano me seguía. Incomodidad y coraje, y ya sabe usted que cuando a las mujeres se nos combinan ambas dosis aguas el diablo se asoma y somos de cuidado. Atrás, atrás…. Ya me cruzaba una calle, ya me seguía en la otra. Pero que llegamos a mis terrenos conocidos y así sin más ni más parada en seco. Media vuelta y a tirarlo de la bicicleta. El pobre cristiano salió disparado quedando en entredicho sus dotes de conquista.


Tremendo porrazo con chipote en la cabeza y con la moral por los suelos solo atinó a decir… perdón, perdón… que perdón ni que nada. ¡Pá que aprenda…!

Los malosos casi siempre andan en grupo. Hacen equipo para llevar acabo las fechorías. No en balde es la delincuencia organizada. Si, pos niegue usted que se organizan para atracar. Establecen un programa de logística para aplicar cierto “modus operandi”.

En cierta ocasión estaba en las afueras de la casa cuando llegó un amigo con cara de susto y me dijo: oye, acaban de robarle el bolso a tu mamá.

Ya venía mi pobre madre compungida y nos puso al tanto. Eran tres, se fueron por x calle. Ya sabe usted que la adrenalina le burbujea cuando nos tocan a los que queremos y allá vamos.

En eso me dice el amigo, mira, mira, allá van dos: ¡son ellos! Piecitos para que te quiero y en un santiamén agarré a un chico de unos diez años.

El pobre niño lloraba como la Magdalena. Se imaginará que al trio dinámico no le quedo más que hacer el canje pertinente. Te doy a tu hermano si me devuelvas la bolsa. Y ahí tiene usted al frustrado ladrón acomodando las tarjeas de crédito y llorando a moco tendido para que le regresara lo suyo.

Finalmente todo quedo en una bolsa recuperada, una adrenalina burbujeante y una anécdota para recordar. Me atrevo a pensar que le pensaron dos veces antes de cometer un nuevo hurto. Por lo menos se asomaron para observar que no anduviera yo por ahí.

Como todo en esta vida, hasta la delincuencia evoluciona y sus estrategias también.

Ahora llegan de amontones y vitoreando para que todos reparen que están ahí.

En pleno centro en la plaza Fundadores se encontraba el pabellón del café. En esos momentos el Gobernador en turno daba su discurso oficial. De fondo musical se escuchaban los mariachis. Su servidora estaba en una de las iglesias sentada en la última banca. De repente el sonido se combinó con gritos, zapatillas corriendo y un alboroto.

Ipsofacto salí a la calle y en menos de lo que le cuento ya del pabellón nomas el cascarón quedaba. Silencio sepulcral. En un santiamén todos se atrancaron a piedra y lodo y yo con mis zapatos del tacón de nomas sentadita porque para caminar ni hablamos. Dije me y ahora para donde….

Camine rumbo a Independencia y ahí empiezo a escuchar que se había desatado una balacera cuadras antes. Nada mas circulaban camionetas de vidrios polarizados y ni a donde esconderse.

Son de esas veces que las cuadras se hacen mas largas y parece que uno no va a encontrar el final. Pasaban los camiones a puertas cerradas y uno por mas que hacía la parada nomas nada. Ya ve que de por si son de naturaleza atenta, pues en situaciones especiales menos.

Para mala pata el celular lo había olvidado y tenía a como diera lugar que salir de ahí. Pensé… y mis peloncitos… Todo apuntaba a que los malosos seguían por el rumbo.

Tengo que salir de aquí, me repetía una y otra vez. En eso ya ven como están de estrechas las calles del centro y en especial la de Independencia, veo venir un taxi ya ocupado. De tal suerte que el semáforo se pone en rojo y al grito de “matanga dijo la changa “me subí al asiento trasero y ya acomodada y con zendo susto del chofer de una señora desquiciada que se subió sin consentimiento, no le quedo mas remedio que cargar conmigo.

Al llegar a la casa todavía me castañeaban los dientes y creo que al chofer le dieron doble dosis de tranquilizante. Uno por la balacera y otro por la señora que en intrépida maniobra se había trepado al vehículo.

Hoy en día encontrarse con los malos es otro cantar. Nada de enfrentamientos. Mejor sacarles la vuelta, calzar tenis y no olvidar nunca, pero nunca el celular. Y como diría un estupendo amigo: a cuidarse de los malosos.