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Los mexicanos, en general, somos propensos, y mucho, al maniqueísmo, es decir situados siempre en el extremo entre el bien y el mal absolutos, sin puntos intermedios. Como si, en el fondo, pensáramos en ser propietarios exclusivos de la verdad absoluta. ¿Acaso los amables lectores no se han encontrado, alguna vez, con uno de esos personajes que hablan como si lo supieran todo y repiten sólo cuanto leyeron en las columnas de algún editorialista de renombre? Luego, al menor intento por conocer el seguimiento, se meten en honduras, tartamudean e inventan sus propias historias que luego se convierten en rumores. También es cierto que quienes saben de algunos hechos “peligrosos”, desde su punto de vista, se enconchan y se aíslan para no ser motivos de sospecha… hasta que rompen su silencio, como si se tratara de una terapia, a través de mensajes electrónicos o encuentros concertados por teléfono con periodistas e informadores.

Si soy sincero, muchas de esas “informaciones” resultan no confiables porque se trata de “chismes” exaltados por el rencor; pero, en otras, cada vez más frecuentes, no sólo desnudan a determinados personajes sino que van marcando pautas a investigaciones muy serias destinadas a desenmascarar a cuantos hablan de más, disparan acusaciones y luego se indignan si se les reviran. Es el caso, por ejemplo, de Andrés Manuel López Obrador, de nuevo poseso del espíritu de revancha en cuanto se sintió más fuerte que la aspirante del PAN, la vulnerable Josefina Vázquez Mota, a poco más de cuarenta días de la jornada comicial definitoria.
Andrés Manuel acusó a Peña que, en funciones de gobernador, gastara una millonada en publicidad de acuerdo a las facturas que lo comprueban y llegaron a sus manos sin la menor explicación. Es curioso: al inicio de la administración de Ernesto Zedillo –1994-2000-, le pregunté a López Obrador cómo era que habían llegado a sus manos las célebres “cajas de la infamia” con documentación precisa de las erogaciones de campaña de Roberto Madrazo durante su campaña por la gubernatura de esa entidad en la que él también compitió; sobre todo porque se trataba de oficios, facturas y todo el archivo, de hecho, que debieron atesorar los administradores del candidato adversario. Y me respondió, seguro de sí y mirando sobre el entrecejo:

–Es como un milagro eso; no sé cómo fue, pero loos tengo.

Se rumoró entonces que había sido el bisoño secretario de Gobernación, entonces Esteban Moctezuma Barragán, quien por cierto “reventó” a unos cuantos meses de su arribo, contaminado por la ineficacia y la torpeza de su quehacer, el responsable de haber “filtrado” lo conducente con el propósito de desnudar a Madrazo y avasallarlo. El propio Roberto, tiempo después, me confiaría:

–¿Sabes quién me llamó para decirme que mi cabeza había rodado?

–Ni idea…

–Pues fue Porfirio (Muñoz Ledo, al frente de la cúspide perredista entonces) quien me llamó desde Los nPinos y me dijo: “prepárate porque Zedillo nos va a entregar a nosotros tu gubernatura”. Y, claro, me preparé… para retenerla, alegando una justa defensa de la soberanía estatal. No me fui pero fue muy difícil cohabitar, políticamente con Zedillo, el político más rencoroso de cuantos he conocido.

El hecho sucinto es que, a la hora de designar al candidato del PRI a la Presidencia en 1999, Zedillo puso la parafernalia presidencial a favor de un personaje de muy bajo perfil, el sinaloense Francisco Labastida Ochoa quien cayó en todas las trampas que le pusieron sus rivales y sucumbió estrepitosamente; Madrazo, quien compitió con él en una convocatoria priísta interna, siempre ha dicho que fue defraudado y calló para no dañar más a su partido; difícil de creer cuando no se capta fácilmente el proceder de las mafias encaramadas al poder. Madrazo y Zedillo se convirtieron en una antípoda extrema en un mar sin fin ni horizonte posibles. Terrible.

En el caso actual, Peña le reviró a López Obrador acerca de los gastos de publicidad –millones más o menos, lo captado por Televisa resulta francamente inmoral en una nación hondamente depauperada-, y éste aseguró, con histrionismo galopante, que renunciaría a su candidatura si se demostraba lo dicho por el abanderado del PRI. El problema consiste en las interpretaciones: lo que son pruebas para alguno son sólo rumores para el otro y medias verdades, o mentiras, para todos. Y, mientras ello ocurre, poco a poco, golpe a golpe, el PAN va pasando al tercer sitio de las preferencias electorales para angustia ilimitada de Josefina Vázquez Mota, unja mujer decente metida en el berenjenal de las inducciones desde el poder. ¿Podría gobernar con tales pesos de conciencia de ser electa siguiendo las pautas de los desaseados comicios de 2006? La respuesta es sí, porque el virus que sobrevuela a Los Pinos no selecciona por cuestiones de género ni de formación; ataca igual a todos.

Quizá por eso, nuestro país, tan fustigado por la violencia y la miseria extrema, cuenta con otro campeonato: el de mayor número de ex presidentes repudiados por la población y a quienes, sin embargo, nadie toca. El anfitrión de Miguel de la Madrid en San Miguel de Allende, allá por 2004, me dijo haberse asombrado porque detenían al ex presidente por doquier para tomarse la clásica fotografía turística, como si se tratara de una estrella de cine y no de un predador político que casi nos deja en ruinas para cumplir con el Fondo Monetario Internacional a costa de limitar y poner en riesgo el desarrollo nacional… incorporando a la economía informal, en primer plano, a los grandes “capos” del narcotráfico. No pocos generales de nuestro ejército –y el Almirantazgo-, sacaron amplios y jugosos frutos al respecto.

Por desgracia, el cinismo y la falacia substituye con facilidad, en el mapamundi político, a las antípodas, situadas en el extremo unas y otras. De allí la fragua de algunas de las alianzas turbias de 2010 y 2011; igual que la rumorología sobre la posibilidad de que los antecedentes fueran un experimento para medir la factibilidad de obrar en la misma línea de cara a las elecciones presidenciales, esto es con la claudicación de quien quedara rezagado –en el caso actual, hasta hoy, la abanderada del PAN quien tanto sabe de la mezquindad política aplicada a ella misma-, con tal de evitar la victoria del PRI en los comicios, sumando a los “indefinidos”, a todos ellos, en bloque, como si tal tuviese sentido. ¿Y acaso no existen mexicanos, numerosos diríamos, que sopesan las actuaciones del panismo en el gobierno como bastante más dañinas a las de la hegemonía priísta autoritaria?¿Podrá negar López Obrador su origen para acoplarse a la “Iglesia” –como él llama al PAN-, con tal de ganar el poder por el poder mismo, olvidando sus antiguos ideales y proclamas?

Nadie puede saberlo, más cuando se vive, repito, en la antípoda de la política… siempre en el otro extremo por efecto del ejercicio crítico.

Debate

Como sea, para bien o para mal de acuerdo a diversos puntos de vista, Enrique Peña Nieto, se cubre las espaldas. Reaccionó muy tarde, creyendo que la sangre no llegaría el río hasta que la vio fluir directamente tras una rebatiña de intereses contrapuestos. Y todavía nos faltan cuarenta y tantos días para medir hasta donde llegan las intrigas palaciegas para destroncar al vanguardista.

Ahora observo la foto de Peña con su hijo, fuera de matrimonio, con Maritza Díaz Hernández, en los tiempos de su matrimonio con Mónica Pretelini. En esos días, por cierto, también tuvo otro varón, muerto de cáncer, con Jessica Delamadrid –así, junto, sin parentesco alguno con el ex presidente-. Él mismo lo reveló al autor de estas líneas, en septiembre de 2009, cuando comenzaba las tareas de campo para la edición de “2012: La Sucesión” –Océano, 2010-, y me recibió en la representación del Estado de México en la capital del país, en las Lomas claro. Fue cuando dije que todo me había “olido” a presidente en aquel entorno, acaso acartonado, que tanto me recordó las antesalas de la “dictadura casi perfecta” como la llamó el Nóbel Vargas Llosa.

Hasta ahora caiga en el propósito de aquella revelación que me dejó confuso, a sabiendas de que era inevitable publicarla; pretendía, claro, zanjar de una vez la controversia –que volvió a tomar vuelo a finales del año pasado-, sobre su proclividad a las faldas –“lo reconozco, he sido infiel”, me dijo antes de matrimoniarse con Angélica Rivera quien tanto le ayuda en los aspectos histriónicos-, y su conducta casi promiscua que tantos dolores de cabeza causó al truncado matrimonio con la señora Pretelini, enferma acaso por tantos desaires y sinsabores a pesar de haber amado a Peña con intensidad tal que todo le perdonaba… hasta que el vaso se colmó.

El hecho es que, en este aspecto, López Obrador sabe bien que no debe buscar confrontarse con su antípoda porque también tiene larga cola y es veleto, como llamamos los taurinos a los bureles de pitones elevados hacia el cielo; en el renglón, sólo se salva doña Josefina aunque sea el único rastro en donde se muestra superior a sus adversarios, si bien es una cuestión medular y sensible.

La Anécdota

Me dieron risa. Los “anti”, en este caso los rabiosos opositores a la tauromaquia, se alejaron de las plazas de toros en cuanto les ganó la tendencia en pro de la “cultura y arte taurinos”. Resulta que a en uno de los costados de “Las Ventas”, la plaza de toros de Madrid, se instaló una gran carpa, firme además, con una exposición sobre Hemingway y su pasión taurina que le llevó a escribir:

–Para mí, el paraíso es una gran plaza de toros en la que me han sido dadas generosamente, a perpetuidad, dos buenas localidades.

Y fue otro premio Nóbel de Literatura, Mario Vargas Llosa, peruano nacionalizado español –algún defecto debía tener-, quien dio inicio a las disertaciones en defensa de la fiesta de toros en el inicio de la Feria de San Isidro, en donde de verdad saltan a la arena los toros míticos. ¿Habrá algo más que agregar?