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Todo comenzó con Echeverría pero como consecuencia de la tragedia de Tlatelolco tras la cual, el general Marcelino García Barragán, jalisciense distinguido, salvó al país de un golpe de Estado y del consiguiente derramamiento de sangre inocente; ya había corrido demasiado… pero nunca como ahora bajo el fuelle de las matanzas de la “guerra calderonista”. El hecho es que los miembros del ejército recuerdan aquel episodio con vergüenza y dolor, como asimilan igualmente el indecoro del “Chacal” Victoriano Huerta en febrero de 1913. Son los dos capítulos que los militares de ley observan como denigrantes y quisieran borrar, sin remedio, de las páginas de la historia. Pero no puede ser.

Tras la salida de Díaz Ordaz, quien asumió íntegra y virilmente la responsabilidad por los sucesos del 68 –por los que jamás fue juzgado, cabe subrayar-, algunos mandos castrenses creyeron oportuno comenzar a pasar la factura por la lealtad institucional; y pusieron a Echeverría ante el paredón y este no tuvo más remedio que aceptar ciertas condiciones, soterradas todas y encapsuladas para evitar escándalos, destinadas a elevar el estatus de los oficiales de alta graduación, económica y políticamente. Las fuentes para el caudal fueron de diferentes formas y ramificaciones, no sólo del gobierno de la República para entendernos.


Por eso, claro, Echeverría tuvo la capacidad necesaria para fraguar un conato de rebelión, desde Puebla, para obligar a su sucesor, ya electo, José López Portillo, a negociar la transición política. Fue el 20 de noviembre de 1976, apenas diez días antes del traspaso del poder Ejecutivo, pero la sangre no llegó al río. Los mílites subversivos ni siquiera dieron la cara ni fueron perseguidos, mucho menos castigados, al tiempo de que Don José asumió el poder y envió a Echeverría a Canberra, el punto geográfico más alejado de México y en condición de embajador plenipotenciario. La amistad de sendos personajes, que venía desde la juventud primera, se agrió para siempre.

Luego vendría Miguel de la Madrid, un elemento que observan gris desde la “inteligencia militar” por su perfil de burócrata con escaso conocimiento de las redes militares; acaso pensaba que siendo “comandante supremo” bastaba para ejercer un control total sobre las jerarquías pero se equivocó de cabeza a rabo. Recuerdo la confidencia de Emilio Gamboa, quien fue secretario privado del presidente en esa época, acerca de cuanto debieron sufrir –y aceptar- durante los primeros meses de la admnistración delamadridiana:

-Todos los días –me dijo Gamboa-, debíamos resolver como no caernos hacia el abismo, sobre todo por las presiones de los militares; después del primer año, otras causas nos siguieron colocando en el filo.

¿Cuáles fueron las exigencias de los generales y por qué colocaron al pie de la barranca al Ejecutivo cuando le debían lealtad absoluta a éste?¿O es que la fidelidad se vende de acuerdo a las circunstancias y los oficiales ya estaban cansados de que se confundiera su postura con una debilidad para contraerse siempre y dejarle las manos libres a los gobiernos civiles desde la asunción, en 1946, de Miguel Alemán?

Lo que no admite duda es un hecho por demás relevante: durante la gestión del ahora extinto señor De la Madrid –quien dejó pendiente de tratar este tema en su largo y confuso mamotreto verde, de mayores dimensiones al de su sucesor, Salinas-, surgió el “primer boom” del narcotráfico en nuestro país –el segundo lo estamos viviendo ahora-, y es muy posible que desde entonces se infiltrara a un sector del ejército para asegurar ciertos territorios y rutas para tranquilidad de las mafias dominantes. Tal posibilitó, igualmente, la suficiente fuerza “institucional” para fraguar y consumar la asunción presidencial de Carlos Salinas arrostrando en escándalo histórico y sin siquiera sumar el cuarenta por ciento de los sufragios, así porque sí. Y lo más increíble; ya unj sector del ejército había visto en Cuauhtémoc Cárdenas, con quien se sentían cercanos por la esfinge del Tata Lázaro, una salida correcta a la crisis creciente de valores políticos. Pero de allí no pasaron, salvo por las silenciosas podas internas.

Durante el inicio de cada sexenio, incluso después de la exaltada alternancia, se hace evidente que el mandatario entrante concede diversas prerrogativas al ejército, más ahora cuando tantas familias de soldados han quedado heridas por la ausencia del padre, el hermano, el hijo, con servicios castrenses. Generalmente, las víctimas sólo se cuentan y entre ellas pocos, muy pocos mandos aparecen. Recuerdo, en 1986 y con De la Madrid en la silla presidencial, cómo el general José Ángel García Elizalde, entonces en funciones de secretaría, intentó frenar la oleada de demandas de los parientes de los caídos “en campaña” ofreciéndoles casas y recursos. Jamás cumplieron con lo acordado y el rencor se acentuó. Por esta razón, naturalmente, la soldadesca es fácilmente cooptada por las mafias y se hace de la vista gorda cuando los cargamentos vadean los retenes –ya saben en dónde están colocados-, mientras se veja a la población civil y se interrumpe la libertad de tránsito con muy pobres resultados en cuanto a los decomisos tan exaltados por la propaganda oficial.

Es indiscutible que, al inicio del gobierno de Calderón, visto y medido como un usurpador de la estirpe de Salinas aunque pertenezcan a partidos diferentes, los chantajes fluyeron con mayor intensidad. Calderón, entonces, privilegió su agenda militar al grado de colocarse entre el secretario de la Defensa, Guillermo Galván, y luego del poderoso titular de la Secretaría de Seguridad Pública, Genaro García Luna, a grado tal que muchos creyeron en la posibilidad de que éste continuara or la senda política; si no fue así es porque Calderón lo retuvo a su lado, obviamente a cambio de asegurarlo hacia el futuro en una especie de trueque, bajo la protección del ejército maleado, no el que verdaderamente defiende la soberanía y los intereses de nuestro país sino el sector infectado, desde hace años, por la corrupción.

Hay infinidad de elementos probatorios sobre ello. Y lo más lastimoso es que quien ejercerá funciones presidenciales, sin merecerlo, hasta diciembre próximo, no se atreve a dar el paso necesario: depurar a la médula castrense como se propuso hacer con los distintos niveles policíacos sin el menor éxito y luego de declarar que el sesenta por ciento de los agentes –seis de cada diez- eran “poco confiables” si bien colocaba a los federales en otro nivel. Lo que Calderón no puede evitar es que en las guías de turismo se alerte a los visitantes, en todos los idiomas, sobre la posibilidad de encontrarse con agentes federales –“de aspecto patibulario”, escriben-, quienes son “temibles” por lo que “más vale eludirlos y acudir a la embajada respectiva en caso de un maltrato o exceso”. Tal es la fama, acaso de la misma dimensión que la mentira galopante sobre una reestructuración enterrada a catorce metros bajo tierra, en los búnkers que costaron millones y sirven para maldita la cosa.

Este ha sido el aporte de Calderón, entre el fuego de las mafias.

Debate

Entre los generales hace tiempo existe una guerra sorda. No pocos han llegado al cadalso sin que sus casos se conozcan a profundidad, acusados de sostener nexos con el narcotráfico, entre ellos Jesús Gutiérrez Rebollo, Mario Acosta Chaparro, Francisco Quiroz Hermosillo y Tomás Ángeles Dauahare, éste último muy recientemente. Cada uno sostiene, a su vez, que quienes están fuera de las rejas son los verdaderos contactos de ls “capos”, por ejemplo el general Enrique Cervantes Aguirre y el extinto Juan Arévalo Gardoqui, entre otros muchos.

Curiosamente, en situaciones distintas, he conocido a la mayor parte de quienes, Diplomados de Estado Mayor, han sido defenestrados y acusados. A Quiroz, por ejemplo, le traté en Irapuato cuando dirigí El Diario y el comandaba la XVI Zona Militar. Siempre se comportó como un hombre cabal durante el tiempo de aquella responsabilidad. Y lo mismo puedo decir de los otros mílites presos mencionados. A cambio de ello, los generales Arévalo, Cervantes, García Elizalde –quien prosigue su carrera política-, y el general secretario actual, Guillermo Galván Galván, han merecido algunos de los más encendidos señalamientos de este crítico… que no han respondido en ninguna circunstancia.

Recuerdo, por ejemplo, que a Arévalo lo desafíe en un restaurante yucateco del sur de la ciudad de México, cuando le vi entrar:

–No sé por qué –grité- siento un tufo de mal olor…

Y el graduado militar optó por retirarse, cabizbajo, sin sostenerme la mirada. Él sabía, yo también.

De acuerdo a mis informes, son pecadores los que acusan y encierran; e inocentes cuantos son encarcelados, precisamente después de revelar cuestiones delicadas que involucran a los mandos contaminados… sin faltar nunca a la lealtad institucional. Eso me consta y puedo suscribirlo. Sólo que en las cárceles están quienes, como Gutiérrez Rebollo, detuvieron a Amado Carrillo Fuentes para luego observar cómo lo dejaban ir “`por falta de pruebas”; y afuera sigue Cervantes Aguirre a pesar de las evidencias sobre el dinero recibido por parte de los narcos. El mundo al revés.

La Anécdota

En su informe postrero –septiembre de 1970-, Gustavo Díaz Ordaz alegó:

–Quienes hablan de que las instituciones fallan… nunca proponen con cuáles podríamos sustituir a las que ahora tenemos y son útiles ara millones de mexicanos.

No pensamos que el ejército sea licenciado como si no tuviéramos que defendernos. Son elementos que toman riesgos por nosotros y están siempre dispuestos en las horas de catástrofes. Pero es necesario elevar, ya mismo, la credibilidad del alto mando indagando las razones por las que quienes son aprehendidos se dicen víctimas –y lo son- de otros, intocables. Es la cuestión de fondo.