Cuando más se fustigaban las alianzas sorprendentes –o turbias para algunos- en 2010, los defensores de laq misma estimaron que, en cualquier punto del mundo civilizado, los acuerdos interpartidistas son necesarios para construir gobierno y asegurar lo medular de cada proyecto político; de otra manera, se aduce, caeríamos sin remedio en la anarquía o en la parálisis. De hecho tal nos ha pasado de la mano del sectarismo, contrario al espíritu democrático en pro del diálogo, desde el éxito de la primera alternancia, en 2000, cuando se habló de un cambio jamás realizado. Los usos facciosos se han impuesto, las más de las veces, a la conciencia nacional y al imperativo de construir escenarios para el desarrollo. Esto es: caímos, no ascendimos con la transición de hace doce años.
En las naciones parlamentarias –ya lo hemos dicho-, como es el caso de España e Inglaterra entre otras, el partido vencedor está obligado a contar con el consenso de la mitad más uno de los integrantes del parlamento para así ofrecer la garantía de que el gobierno será viable y no estará interrumpido por las posiciones sectarias o de circunstancias, al calor de pleitos entre bandas absolutamente insulsos. De otra manera, sin contar con una mayoría en el Congreso, no habría manera de asegurar el camino de los proyectos que respondan a lo que se votó en las urnas.
En México, en cambio, vivimos al calor de la “primera minoría”. El último priísta que alcanzó la mitad más uno de los sufragios, de mala manera -es decir mediante un fraude escandaloso perfectamente documentado-, fue Carlos Salinas quien se atrevió a mostrar un 50.1 por ciento de apoyo aun cuando no se contabilizaran el 40 por ciento de los sufragios en la elección más turbia del pasado siglo, desde el porfiriato diríamos. Después, ni siquiera Ernesto Zedillo, con sus diecisiete millones de votos en la alforja, pudo superar la barrera del cincuenta por ciento, como tampoco pudieron Fox –quien se quedó en 43 por ciento- ni Calderón, en el linde del 35 por ciento reconocido oficialmente pero muy cuestionado por un amplio sector del electorado. Lo grave es que el resentimiento de quienes no obtuvieron la mayoría absoluta se traduce después en gobiernos de elite, empequeñecidos por las distancias que toman respecto a los gobernados, en los que el concepto de soberanía popular sencillamente no existe. ¿O acaso alguno de ustedes, amables lectores, fue consultado sobre si debíamos ir a la “guerra de Calderón” contra las mafias de la mano de un ejército infiltrado? Tal es el meollo del asunto.
Cuando comenzaron a medirse las preferencias electorales, inducidas desde el poder en el principio o de acuerdo a los intereses mediáticos y a las alianzas soterradas en el presente, se hicieron evidentes dos fenómenos:
1.- La inhibición de los presuntos electorales que observaban en las encuestas una especie de escrutinio adelantado, casi infalible, cuando en no pocos casos se ha demostrado que la ciudadanía puede responder de otra manera sorprendiendo a los medidores.
2.- La intención de inducir la voluntad del votante presentando ventajas imposibles de remontar o “alertando” sobre los riesgos de un giro radical, sobre todo hacia la izquierda. Tal circunstancia, sobre todo cuando los sondeos comienzan a emparejarse como apunta una de las empresas encuestadoras ahora al servicio del cotidiano Reforma, anima a cuantos se nutren de los conflictos poselectorales y no aportan sino inestabilidad política a la contienda. En este momento, el más experimentado de los líderes quejosos, con razón por cuanto se dio en 2006, ya tiene armas suficientes para reclamar una victoria si la ventaja del primero sobre el segundo es mínima. Por principio de cuentas, la credibilidad de los órganos electorales está en el límite y, por otra parte, es innegable que cuantos tienen capacidad de convocatorias callejeras pueden actuar con el menor pretexto… aunque dudamos que usen la misma estrategia de hace seis años. En esta ocasión, todo hace pensar que están mucho mejor blindados. ¿O acaso nada negoció Andrés Manuel con los grupos subversivos de Oaxaca y Chiapas con los que debió encontrarse durante sus largos periplos por sendas entidades?
La lógica más elemental subraya este punto y hace ver que, desde luego, los efectos a posteriori no serán tan simples ni las molestias se cernirán sólo al flujo del tránsito en la capital del país, sino que pueden darse situaciones mucho más complejas y controvertidas, sobre todo con la conciencia de que Andrés Manuel, el último líder natural, ya no tendría una tercera oportunidad para llegar a la Presidencia. Y esto lo saben también sus partidarios quienes dependen del caudillo incansable y son quienes son más de temer por su extremismo anacrónico que incluso los ha llevado a reclutar a personajes como Manuel Bartlet, el gran represor de la izquierda en los ochenta y ahora candidato por ésta a senador… sin renunciar al PRI. Un caso de antología que no es posible sostener.
Las encuestas, eso sí, demuestran quienes serán los ganadores. Acaso ese 17 por ciento de indecisos que, de votar en la misma línea, podría determinar el cambio de tendencia con las encuestas rezagadas; o ese cuatro o cinco por ciento entre los votantes que acumula el inocente Gabriel Quadri, manejado por la maestra Elba Esther Gordillo, que en la circunstancia actual pudieran ser de gran utilidad para la causa de Enrique Peña Nieto, considerando la alianza inicial con el PANAL rota por capricho por “la maestra” luego de ser defenestrado su amigo Humberto Moreira de la presidencia priísta. ¿Acaso la poderosa señora se guardó una última carta para negociar al cuarto para las doce y convertirse, otra vez, en factor determinante de las elecciones federales ganando vida corporativa y una nueva gran dosis de impunidad? Si es así, debe reconocerse que la señora Gordillo es la única en todo este berenjenal proselitista que ha actuado con verdadero espíritu calculador y un accionar convenenciero, próximo a los acuerdos soterrados. Como siempre.
Si Peña Nieto, en verdad, sólo aventaja a López Obrador con cuatro puntos –lo dudamos, la verdad-, la estrategia no debiera ser otro que sumar los votos del PANAL con una claudicación de última hora que pudiera darle la ventaja irreversible en la fase final. Es evidente que ello puede ocurrir en cualquier momento, más ahora cuando el segundo debate, al igual que el primero, no dejó precisamente un buen sabor de boca sino más bien la amargura de no contar con un personaje visionario con capacidad para hacer frente y contener la oleada de conflictos por venir, incluyendo la anunciada crisis recesiva. ¿O nos harán creer que la economía mexicana es tan fuerte que no se alterará por el tsunami que viene de Europa? Si se cae en esta ingenuidad, nadie tendrá derecho a reclamo alguno cuando llegue la caída.
El hecho es que, de aquí a la hora de los comicios, apenas diecinueve días, las negociaciones, los acuerdos ocultos y las complicidades de toda índole saldrán a relucir ante la inusitada tendencia que toman las encuestas y la consiguiente confusión por las diferencias abismales entre unas y otras. El “golpe” a favor de López Obrador, desde el diario Reforma, se sustentó en la guerra contra las televisoras a cambio de supuestas canonjías por ahora inconfesables. ¿Ya olvidamos que los terrenos en donde se asienta este cotidiano le fueron donados por la administración de López Obrador? Por aquí, empecemos el análisis.
Debate
¿Quién podría pensar, cuando Gabriel Quadri de la Torre optó por salir del casi anonimato a la palestra de una candidatura presidencial, apoyado por el PANAL y con la miel de la señora Gordillo, la abeja reina, que su franja de simpatizantes –entre cuatro y cinco por cierto- podría resultar definitoria de cara a la jornada electoral? Hace un mes y medio nos hubiéramos reído a carcajadas ante esta eventualidad; hoy tenemos que tomarlo mucho más en serio. Así son los vuelcos en una democracia poco madura que puede construir con enorme rapidez ídolos de barro como las estrellitas fugaces del balompié.
Quadri ha puesto en predicamento a los otros candidatos –no digamos a la angustiada Josefina que ya no sabe cómo salir de la ratonera, envuelta en la mezquindad que ella presagió desde el inicio-, porque, desde luego, no tienen nada que perder… y tampoco que ganar. Su papel es el del discreto esquirol que abre espacios para poder llenarlos de acuerdo a las alianzas de su dirigente, la señora Gordillo, muy animosa a pesar del paso de los años. Las cirugías, tanto estéticas como políticas, le sientan de maravilla. ¿O será que en su natal Comitán los años no pasan o cuentan con el secreto de la perpetuidad? Cuidado: porque el conjuro puede terminar dramáticamente.
El hecho innegable es que Quadri está de pie y se observa más seguro que sus contrincantes aunque las ventajas de éstos sobre él sean irreversibles. De hecho, ya cumplió con su propio proyecto: ganar un espacio con el que pudiera negociar la maestra. Y no es poca cosa si consideramos la ventaja que Reforma asume tiene Peña Nieto, de sólo cuatro puntos, sobre López Obrador. Por desgracia, a los mentirosos los vamos a conocer hasta el dos de julio cuando se establezcan los verdaderos momios; pero el mal está hecho: las puertas del conflicto poselectoral han vuelto a abrirse.
La Anécdota
Cuando hablé con la maestra Gordillo –“Nuestro Inframundo”, Jus, 2011-, parecía que podr´`ia dominar el entorno proselitista con tres nombres en tres diferentes partidos: Peña, en el PRI; Lujambio, en el PAN y Marcelo Ebrard, en el PRD. A la laqrga sólo le quedó Peña pero no Moreira y se alejó, nuevamente, de un PRI que, según dice, le ofendió de manera tal que jamás volvería al mismo.
–¿Y de los tres con quién se queda? –le pregunté-.
–Pues, la verdad, me gustaría meterlos en una licuadora y extraer lo mejor de cada uno de ellos. Sería el presidente ideal.
Como no pudo ser, ¿habrá licuadora entre Peña Nieto y Quadri a cambio de las canonjías de toda la vida? Yo digo que sí.
























