Los candidatos a la Presidencia deben tener la conciencia “muy tranquila”: nada han aportado en beneficio del proceso de democratización en México. Han sido, todos, reiterativamente insulsos y mostrando más preocupación por su propia imagen que para destrabar candados entre sectores sociales explicablemente dolidos. Con ello, claro, la sociedad avanza muy lentamente hacia su madurez política pero, mientras llega esa hora, no deja de ser fácilmente manipulable, sobre todo cuanto las cortinillas propagandísticas de siempre plantean sólo las virtudes de sus abanderados y no analizan comportamientos de índole personal para tener un referente que permitiera medir el temple de cada cual. La mayor parte de los electores tendrá que atenerse a la superficialidad de los mensajes, la discordia medida de los debates y las simpatías personales hacia el aspirante de sus preferencias. Por esta ocasión, pese más los nombres, actores y actrices, que los partidos y su fuerza estructural.
A dos semanas de la jornada comicial se evidencia que el porcentaje del 20 por ciento, entre los empadronados, renuentes a sufragar va en aumento… aunque sólo lo exprese en voz baja para evitar pugnas verbales estériles o comprometedoras. Y será mayor si, en cualquier momento, surgen las advertencias de los cárteles y demás delincuentes interrelacionados para sembrar o aumentar más el miedo, en este caso con bastante más justificación que en el entorno de 1994 tras el asesinato de Colosio y la aparente claudicación temprana de Diego Fernández de Cevallos –él alega haber sido boicoteado, expresamente, por el célebre “Tigre” Emilio Azcárraga Milmo, padre del actual accionista mayoritario de Televisa, la poderosa empresa que no está saliendo nada bien parada del proceso en cierne; más bien lo contrario: con una cauda inmensa de sospechas y evidencias sobre su proceder parcial y sesgado. Nada le ha importado al heredero, Azcárraga Jean, con tal de disponer comercialmente de las mayores entradas económicas d4erivadas de las prerrogativas de los partidos políticos. En este sentido quien ha sacado mayor tajada es Andrés Manuel López Obrador: fue quien menos pagó y a quien mayor publicidad se hizo para tapar el ojo al macho. Estrategia exitosa la suya.
Recordarán ustedes que tanto Diego, en 1994, como Andrés Manuel, en 2006, se quejaron acremente de la tendencia televisiva a favorecer las campañas del PRI. Azcárraga Milmo, en sus días de mayor poder, llegó a considerarse –y así lo dijo- “un soldado del PRI”. Claro, en esos tiempos era impensable que la oposición pudiera ganar una elección presidencial cuando apenas comenzaban los ensayos sobre la pluralidad para ir vadeando los duros señalamientos sobre “la dictadura perfecta”, como sentenció Vargas Llosa sumándose a la intelectualidad latinoamericana. Luego, el heredero Azcárraga Jean, mientras se fortalecía liquidando o alejando a los demás beneficiarios de su padre, entre ellos la glamourosa Adriana Abascal quien ha logrado que España coma de su mano, fue lo suficientemente habilidoso como para atrapar los efectos de la alternancia y hacerlos suyos, negociando, a costa del prestigio de los gobiernos de la derecha.
Fíjense: a través de los doce años de administraciones panistas, los grandes consorcios, digamos como Carso y Televisa, han ido ganándole terreno a los funcionarios del gobierno a grado tal que ahora quien acude a los foros es el llamado primer mandatario y no al revés, lo mismo que los candidatos a sucederlo y quienes lo fueron hac seis años. Al respecto, recuerdo una anécdota de cuando Felipe Calderón, luego de las elecciones y sin que el Tribunal Electoral del Poder Judicial Federal se hubiese34 pronunciado al respecto, exigió que fuese tratado como “presidente electo” para zanjar así la polémica acerca de su dudosa legitimidad de origen. Televisa se negó a respaldo tal y, en ese momento, Calderón perdió la hegemonía del poder presidencial sobre empresas que dependen… de las concesiones gubernamentales para el uso de los espacios y las ondas.
Con López Obrador, el quejoso, ocurre alguno casi grotesco: mientras más reclama por sentirse segregado –debe asomarse al balcón televisivo a la hora de los mensajes del PRI y el PAN-, es considerado para un mayor número de entrevistas y seguimientos noticiosos. Sin duda, su crecida en las encuestas –escandalosamente desproporcionada-, se debe a ese martirologio del candidato perseguido y temido, listo a provocar andanadas en su contra para desarrollar lo que mejor sabe hacer: el papel de víctima. La interrogante que le hacemos quienes votamos por él en 2006 es ¿por qué no fue capaz de defender, con elementos y pruebas duras y no sólo mediante consignas y marchas callejeras, nuestros sufragios? Sufrimos un doble fraude: primero, el desaseo del IFE; después, la negligencia irritante de los operadores perredistas quienes optaron por los gritos soslayando los argumentos jurídicos que tenían en la mano. Mientes cuando señalan que, en todas las instancias, se perpetuó el fraude.
Recuerdo, por ejemplo, cuando visité a López Obrador en su tienda de campaña, frente al Palacio Nacional, durante aquel plantón histórico. Y lo que le dije:
–No puedes seguir hablando de un fraude generalizado porque no lo hubo. Por desgracia, bastó con el funcionamiento de cuatro o cinco laboratorios –este columnista los detectó en Jalisco y Guanajuato, cuando menos-, para superar el margen de un millón de votos planteado por los estrategas catalanes al servicio del PAN. Por eso, buena parte de los electores no te cree: porque sufragaron en casillas urbanas en donde, en apariencia, todo transcurrió con normalidad.
Asintió y se quedó en silencio, yo no sé si disgustado –fue la última vez que crucé palabra con él-, y luego supe que en su libro “La Mafia nos Arrebató la Presidencia” –Grijalbo, 2006-, había incluido un capítulo en el que diseccionaba cuanto le había comentado… pero, a última hora, decidió cancelar el episodio y volver a la tesis original del fraude generalizado para que no pareciera que daba su brazo a torcer. La soberbia –o la arrogancia como califican quienes fueron sus más cercanos consejeros entonces- le ganó a la lógica elemental. ¿Por qué cambiaría tanto Andrés Manuel al grado de ser el personaje más irritable ante la crítica? Fíjense en Peña Nieto, golpeado todos los días, y en sus reacciones, a veces con cierto encono pero no con acento convulsionado; o en la misma y retrasada Josefina, quien parece perdida, incapaz de desafiar a los periodistas y escritores críticos con la frívola hipocresía del ex jefe del gobierno defeño. Bueno, ni mucho menos Marcelo Ebrard, llamado a ser quien encabece a la izquierda… a partir de este mismo año.
La intolerancia y la hipersensibilidad son los peores síntomas ara un político maduro porque rebelan su propensión al rencor y, por ende, a la persecución de cuantos sean considerados sus adversarios o enemigos. Y diga cuanto diga, los hechos mismos siguen mostrándolo como un fascista en cierne, capaz de desconocer al Congreso en cuanto le paralice alguna iniciativa… mientras asegura que no se parecerá a Chávez, el venezolano, ni sería capaz de actuar como él. Entonces, ¿qué podemos esperar? No se olvide el antecedente del juicio de desafuero cuando Andrés Manuel, furibundo, abandonó el Congreso sin siquiera escuchar a la contraparte, con marcada intolerancia aún a sabiendas de que imperaba la consigna. Debió ser respetuoso para reunir elementos a su favor y no destruirlos. Pero no lo hizo, ensombrecido por… ¿la soberbia o la arrogancia?
Debate
El Instituto Federal Electoral, en voz de algunos de sus consejeros, insiste en que asegurará que los comicios federales de julio próximo sean equitativos y justos. Desde luego, tal es su obligación, pero al reiterarlo no puede disimular cierto aire de sospecha y de culpabilidad premeditada. De otra manera no tendría que enunciarlo porque se entendería como natural la limpieza comicial. Los acontecimientos de 2006 –sin que se hayan modificado las formas ni aceptado la iniciativa de reforma política propuesta por el titular del Ejecutivo- nos convirtieron, a todos, en escépticos y a los órganos rectores de los procesos, en sospechosos por naturaleza. Una grave desviación democrática.
¿Y el Tribunal respectivo? Luego del célebre dictamen sobre los comicios federales de hace seis años, cuando oficializó que no habían sido “determinantes” las actuaciones ilegales del presidente en turno, Fox, y de los empresarios con sus “campañas negras”, esto es como si la diferencia reconocida en votos hubiera sido aplastante y no sólo de medio punto porcentual, ningún correctivo se ha aplicado para evitar reincidencias que pudieran desviar, una vez más, el sentido de la voluntad popular.
Y, claro, todo esto es arsenal en manos de un provocador, como Andrés Manuel y sus advertencias soterradas, dispuesto a seguir callejoneando por años que tal le reditúa muy bien si consideramos su nivel de vida y el de quienes le rodean. Que se sepa, nadie se la pasa en mal en este entorno; todo lo contrario. Así que lo de “amoroso” le llega por añadidura y gracias a cuanto dispone para su mujer e hijos, tan formalitos, o para sus cercanas colaboradoras.
Para infortunio general, los órganos electorales caen en sospecha fácilmente luego del antecedente de 2006. Fue tan burda la acción de los mismos que, hasta ahora, la amnesia colectiva no la ha borrado totalmente de nuestras mentes; al contrario, subyace la presunción de que, de nueva cuenta, se está armando alguna salida alquimista, más sofisticada si cabe a la de 2006, para evitar un viraje hacia la izquierda, decididamente negativo para la visión de los todopoderosos del norte.
La Anécdota
Tómense en cuenta que ninguno de los actores principales de la justa de 2006 en cuanto al control de los comicios, desde el presidente del IFE, Juan Carlos Ugalde, hasta el del Tribunal Electoral, fueron siquiera investigados sobre las sospechas y denuncias manifiestas de quienes se sintieron afectados por los desaseados resultados de los comicios. Esto es, como si no hubiera pasada nada y todo hubiese fluido con la mayor naturalidad, incluyendo la toma de posesión de Calderón a saltos de mata, con el Congreso convertido en corral de comedias.
¿No será éste el pecado, no confeso ni perdonado, por el cual puede existir la reincidencia dentro de dos semanas?

























