rafael

Una vez más, como en 2006, la clase política ha conseguido poner a los medios de comunicación y a los informadores –sobre todo a los críticos- en el banquillo de los acusados para librarse de algunos cuestionamientos de fondo sobre a los que considera productos de alguna campaña más, visceral y con millos millones de por medio, emprendida como si se tratase de una conjura… contra México, en el entendido que el sinónimo de patria es usado por cada grupo partidista tal y si fuese una exclusiva que segrega a los demás. Una vieja falacia que viene del presidencialismo más ponzoñoso y sus ramificaciones autoritarias-fascistas que tanto han dañado el camino hacia la democracia.

Desde luego, no puede negarse que no son pocos los medios, sobre todo los masivos, que han pretendido votar antes de tiempo y que, además, veían lejana la posibilidad de un repunte de Andrés Manuel López Obrador y, por ende, de una radicalización hacia la izquierda, a diferencia de hace seis años. Quizá por ello, los operadores catalanes al servicio de Los Pinos privilegiaron sus andanadas contra Enrique Peña Nieto, en principio, y luego se alarmaron por la crecida espectacular del veterano líder tabasqueño quien, además, tomó contacto con los violentos de Oaxaca y Chiapas mientras recorría, durante cuatro meses en cada una, hasta el último rincón de las mismas. Pero nadie se anima todavía a hacerle la pregunta clave… acaso para no ser incluido en la lista de los vende-patrias que se atreven a cuestionar la limpieza de miras de Andrés Manuel. ¿Dónde se perdió la tolerancia de éste, elemento esencial para la cohabitación plural dentro de una democracia madura?

Mucho me preocupó, durante el largo proceso poselectoral de 2006 que, en ausencia de personal capacitado para defender los escrutinios y demostrar jurídicamente el desaseo de los mismos –deber no cumplido que debe considerarse como una bofetada contra quienes sufragamos por él-, se optara por la intolerancia y la ceguera ante los hechos consumados. La parodia de la “presidencia legítima”, por ejemplo, tuvo eco en el exterior… pero a carcajadas, sin la mínima gota de seriedad institucional; sobre todo porque los senadores y diputados del PRD sí aceptaron formar parte del gobierno al que su abanderado desconoció a gritos; y también asumió su cargo, sin el menor rubor, quien había ganado con amplia mayoría el gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard. Algo se enredó para convertir un acto de posicionamiento político en una farsa insostenible… aunque tuviera aire para aguantar seis años de campaña.

Si examinamos la perspectiva real, debe insistirse que López Obrador, el de mayor colmillo de cuantos aspiran a la Presidencia, ha sido el más beneficiado por la televisión comercial al tiempo de que los demás, por las acusaciones del perredista, parecen inhibirse y bajar la guardia en espera de que pase el tiempo y Andrés Manuel ya no lo tenga para encaramarse en un “empate técnico” que le lleve a desarrollar su plan “B”, no sabemos si con las mismas armas de 2006 o con otras nuevas, incluida la insubordinación pública sumamente peligrosa en estos violentos tiempos en los que el gobierno se acerca al nivel de los estados fallidos: la pérdida del “monopolio de la violencia”, esto es su incapacidad para superar el poder de fuego de las mafias con dominio territorial y a la espera de los desenlaces fatales en la perspectiva electoral.

De hecho, las últimas polémicas en torno a las intervenciones y acuerdos televisivos con algunos de los aspirantes presidenciales –hay acusaciones en todos los sentidos, de hecho-, los ha ido sobrellevando Andrés Manuel porque aprovecha el desprestigio de las cadenas privadas de televisión que no supieron como guiar imparcialmente sus tendencias y cayeron en la trampa lópezobradorista con la mayor ingenuidad imaginable. Las aclaraciones posteriores no merecieron el mismo nivel de atención general que los señalamientos de quienes aseguraron “contar” con confidencias exclusivas respecto a algunos de los actores, traicionándolos. Huele mal la venta de información, siempre; pero más, mucho más, cuando quien la hace actúa por resentimiento, rencor o por ganar importancia a costa de quienes fueron sus jefes. Y tal debiera tenerlo muy en cuenta la contraparte, en este caso Carmen Aristegui, en su lucha tenaz contra Televisa y en pro de López Obrador y de la izquierda, protegiendo hasta lo indefendible… como la abyecta candidatura de Manuel Bartlett en Puebla o la supuesta inocencia de Pablo Salazar Mendiguchía, todavía preso por sus atrocidades –contra los diarios y periodistas, específicamente- como gobernador, en Chiapas. Por favor. La imparcialidad debiera ser en todos los terrenos.

Por otra parte, López Obrador no puede quejarse de haber tenido menos espacios en los noticiarios de la televisión privada; la desventaja, si la hay, se da en el terreno comercial porque así es la estrategia del abanderado de la izquierda: esto es, forzar a las televisoras a un seguimiento noticioso para ahorrar lo conducente en propaganda, exactamente al revés de lo que han hecho los partidos adversarios. Y, por lo visto, ha tenido un enorme éxito cuando sólo faltan dos semanas para la jornada decisiva: es él, sin duda, quien más ha avanzado en los sondeos de opinión en un proceso en cuyo arranque le daban por muerto, considerando que la final se cerraría entre el PRI y el PAN, ahora desfondado no sabemos por conveniencia de quien pero lo imaginamos, sin que pueda achacarse culpa alguna a Josefina Vázquez Mota cuyos defectos afloraron desde adentro, es decir de la “mezquindad”, como ella la llama, de sus propios correligionarios dolidos: los grupos pro presidenciales y el de Santiago Creel, a quien sólo no le han tomado la medida los que no le conocen de cerca.

El hecho es que el acoso se recrudecerá en estos días claves, con los sondeos rebotando por aquí y por allá, además de un gobierno rebasado mientras los órganos electorales dicen estar listos para cumplir con la encomienda de señalar tendencias el mismo día de la jornada electoral, el primero de julio, aunque esta oferta no necesariamente sea una obligación del presidente consejero del Instituto Federal Electoral. Cuando llegue la hora, éste actuará como convenga y no como desee. Lo mismo que sucedió con Luis Carlos Ugalde hace seis años para pasar, después, al basurero de la historia.

De allí que la capacidad de análisis entre los mexicanos sea de tal modo eficaz que se destierren la manipulación y la alquimia, las armas últimas a utilizar por el establishment a favor del continuismo. ¿Lo representa también Peña Nieto? Lo hará en la medida en que no sea capaz de sacudirse, desde ahora, a las mafias políticas que han envilecido su campaña y restado numerosos adeptos a su causa. Posiblemente, y pese a todo, gane los comicios con estrechez de resultados… lo que acarrearía una nueva puesta en marcha de la protesta general que, de hecho, ya inició… ¡cuándo aún no se emite un solo sufragio! Nada es peor a combatir a un candidato y repelerlo cuando está ante la ciudadanía en espera del voto popular. ¿No sirven para nada, entonces, las urnas? Quien no quiera a Peña, o a López Obrador o a Josefina tiene opciones políticas claras antes de llegar a la toma de calles y al insulto soez. Porque la democracia no se construye sobre la base de interpretaciones viscerales sobre una comunidad manipulable por desinformada. ¿O tendré que contar de nuevo la historia negra de López Obrador y los siniestros entuertos de algunos políticos cuyas mujeres murieron cuando ejercían el cenit de su poder en las gubernaturas de sus entidades?¿Y de Josefina?¿Cómo explicaría estar en manos de los operadores catalanes al servicio de Los Pinos?¿Desesperación o tontería? Para todos hay, desgraciadamente.

Mirador

Desde luego, una de las cartas guardadas por Enrique Peña Nieto, ahora lo descubrimos, es la del “prestigio de la víctima” que en México tiene la mayor importancia. No hay nada que convoque más al colectivo que la lucha de quien es situado como blanco propiciatorio y responda con enternecedoras imágenes familiares, y mucho más cuando la consorte sea una popular estrella de televisión. Peña ha explotado al máximo esta condición: asimilando los golpes bajos –como no pudo hacerlo López Obrador ante la campaña negra de 2006 y ahora recurre igualmente al formato hogareño-, y tratando de mostrarse ponderado, muy por encima de los ataques viscerales o poco fundados.

¿Pecados?¿Quién se anima a tirar la primera piedra?¿Andrés Manuel?¿Quizá podría hablarnos del asesinato imprudencial de su hermano José Ramón en Villahermosa?¿Josefina?¿Podría revelarnos cuáles son los nexos auténticos de su partido y el gobierno de Calderón con Joaquín “El Chapo” Guzmán? No hay panistas dirigentes pobres… salvo los poco listos; tampoco priístas y perredistas de acicalados perfiles. Pareciera que la vara de la mediocridad tocó fondo, pero no. Todavía falta mucho por ver… en quince días.

La posibilidad de que las aguas se salgan de cauce sigue latente, muy cercana. Y no hay ni para lavarse las manos. Este es otro de los graves riesgos a sopesar: ¿pretenderá, en serio, el gobierno de Calderón una especie de autogolpe de Estado “técnico” de la mano de sus genízaros preferidos, encabezados por Genaro García Luna? Los antecedentes –2006- nos señalan que es capaz de eso y mucho más: sostenerse seis años sin haber logrado su legitimidad política. Ya es bastante, ¿no les parece?

Por las Alcobas

López Obrador, por cierto, debiera averiguar bien las cosas antes de incordiar a quienes no le hacen el juego. Por ejemplo, ¿sabía que, luego de las elecciones de 2006, los ejecutivos de Televisa convocaron a una reunión con todos sus conductores de noticieros para resolver qué hacer con el personaje que los insultaba desde todos los foros callejeros? Él habló de que sólo confiaba en “Brozo”, el payaso erigido a la fuerza en líder de opinión. Pues le tengo una noticia: Víctor Trujillo fue el primero en alegar que se sacara del aire a Andrés Manuel porque no se debía permitir su reparto d imprecaciones.

Sólo hubo uno, uno solo, que insistió en mantener a López en la ventana de la televisión por su carácter noticioso. Y no fue Brozo, insisto. Averígüelo, si de verdad quiere saber la verdad.