¿Hubo fraude? No, desde luego, en los escrutinios. Pero, no podemos dejar de asentar, como lo hicimos en 2006 sin que nadie actuara –ningún legislador ni, mucho menos, el titular del Ejecutivo federal-, que antes de llegar a las urnas suelen ocurrir, y tal es un viejo estigma para nuestra democracia que no comenzó ayer-, prácticas ilegales no perseguidas, con el rigor necesario, hasta la fecha. Dicen que mientras exista una mujer dispuesta a vender su cuerpo y un hombre listo para comprarlo, habrá falenas e intercambio de prebendas; la prostitución electoral, por tanto, no se encuentra en los paquetes electorales ni el Programa de Resultados Preliminares ni aparecerá hoy durante los escrutinios distritales que definirán los números aunque nla instancia final sea el Tribunal Federal Electoral (TRIFE) cuyas resoluciones son “inatacables”, condición que incluso deja fuera de cualquier posible intervención a la Suprema Corte de Justicia. Los siete sabios del Tribunal tienen el poder por el mango y las togas.
La inmadurez de nuestro proceso suele centrarse en un hecho que, por desgracia, no puede solucionarse en las mesas electorales: la miseria. ¿Cómo impedir que una señora, con el peso de mantener a sus hijos mientras retorna el marido de la pizca en los Estados Unidos, recoja miserables cincuenta o quinientos pesos, según la zona, a cambio de entregar su boleta en blanco y depositar la que ya está cruzada de antemano? Lo que sí debe asentarse es que ahora el PRI, porque obtuvo el mayor número de sufragios, está sentado en el banquillo de los acusados; y hace seis años, lo estaba el PAN –repásese “Confesiones y Penitencias”, Océano, 2006-; y ni qué decir de la reproducción del método en el Distrito Federal en donde la vieja estructura fue cambiada íntegra por el perredismo que la asimiló al pie de la letra. Todos culpables, como en el juego de la perinola.
¿Quién dispuso de más fondos para proceder a estas inversiones inconfesables? Es imposible saberlo. ¿Acaso no “arrolló” el PRd en el Distrito Federal con el 64 por ciento de los votos emitidos y ganando, hasta el momento, quince de las dieciséis delegaciones con posibilidad de llevarse todas además de una aplastante mayoría en la Asamblea Legislativa?¿Y no sucedió lo mismo en Tabasco y Morelos –ésta gobernada por el PAN-, en donde, de manera sorpresiva Arturo Núñez, ex priísta d los tiempos del autoritarismo, y Graco Ramírez, uno de los fundadores del PRD, desalojaron las plazas y se erigieron vencedores con amplísimo margen?¿Puede hablarse entonces de mecanismos fraudulentos –esto es la compra-venta de votos- sólo por zonas, precisamente en donde el PRI se mostró más fuerte?
Sencillamente es inverosímil. Si la estrategia de comprar la pobreza fuera exclusiva de un partido, entonces los afectados tendrían autoridad moral para proceder. Como no es así, la estrategia resulta falaz y oscurece una perspectiva que, además, le ha dado a México otra imagen: la de una nación que, pese a la violencia extrema, es capaz de ir a votar –en gran número, una participación del 63.17 por ciento de los empadronados-, sin que se produjeran salvo incidentes muy aislados en las mesas electorales como suele ocurrir en cualquier parte del mundo. Y es este electorado el que merece, más allá de toda suposición, un poco de respeto. ¿O caeremos en la ofensa fácil, selectiva, para sólo señalar la paja en el ojo ajeno?
Sí, debe preverse los usos ilegales y extremarse el cuidado en donde pueden los zopilotes hacer ronda. ¿Acaso el fraude denunciado por Andrés Manuel, otra vez, no comenzó cuando los tres partidos que le postularon fueron incapaces, sencillamente, de cubrir con sus representantes todas las casillas como el propio candidato de las izquierdas prometió? Sólo lograron presentarse en el cincuenta y un por ciento de las 143 mil cuatrocientas treinta y siete casillas instaladas. Y eso, señor López Obrador, es un engaño para quienes creyeron en usted y sus precauciones para defender el sufragio de los mismos, igual que en 2006. Si me preguntan en donde comenzaron las irregularidades señalaré hacia este factor inapelable. ¿Por qué dejó la izquierda solos a la mitad de sus simpatizantes? En todo caso dejarle sueltas las manos a los adversarios es como ayudar a sujetar la pata de la vaca mientras otro la mata.
Tres millones de votos de diferencia no tienen nada que ver con los doscientos mil que aseguraron marcaron la diferencia hace seis años. Entonces, se jugó con una franja de un millón de votos, para arriba y para abajo, porque López Obrador cometió severos errores que posibilitaron al panista seguidor casi alcanzarle. Entonces fue evidente el fraude y lo denunciamos: cuatro o cinco “laboratorios” estatales bastaron para dar el vuelco y someter a la voluntad general. Lo de ahora es diferente porque también perdió –no lo olvidemos- el gobierno en ejercicio aun cuando supongamos que Calderón, debajo del agua y al estilo de Zedillo, negoció para protegerse con el candidato vencedor. Las perspectivas fueron distintas porque en 2006 Andrés Manuel se enfrentó a la estructura gubernamental y a la parafernalia presidencial y ahora la derecha en el poder quedó rezagada hasta la tercera posición. López Obrador debería estar feliz de su proeza y no adoptando posturas de agitador político cuando, bien sabe, que la distancia que lo separa de Peña Nieto es irreversible aun juntando todas las instancias posibles hasta llegar al TRIFE.
Para atajarlo, lo que sí es lamentable, es la actitud del Magistrado Presidente del Trife, Alejandro Luna Ramos, quien, sin que nadie lo solicitara, dictó de antemano un dictamen: “lo que no se ganó en las urnas no se obtendrá sobre las mesas”… del Tribunal Aseguró que con ello se protegerá el voto mayoritario de la población –es decir el que acapara Peña Nieto aunque sólo votaran el 38.14 por ciento de los electores por él, lo que reduce su capital político a uno entre cada cinco mexicanos; no lo olvidemos nunca-, como si se tratara de una sentencia inapelable para callarle la boca a López Obrador y deshacer sus movilizaciones en potencia… que ya comenzaron como hace seis años.
Recuérdese: la fuerza de la izquierda tocó su punto más bajo en 2009 cuando el rechazo a Andrés Manuel parecía irreversible: y se fueron a la tercera posición entre las corrientes políticas. No obstante ello, se dio a López Obrador una segunda oportunidad y la aprovechó de manera excepcional volviendo a situar a su causa muy cerca de los vencedores: en 2006 se le acreditó un 35 por ciento de los sufragios y ahora el 31.65 por ciento, una baja apenas discreta pero con muchas otras satisfacciones partidistas: dos gubernaturas más –incluyendo su Tabasco que “es un edén”, al fin, para él-, todo el Distrito Federal y una enorme presencia en entidades en donde, durante años, fue repelido y despreciado. No es poco lo que se lleva en las alforjas y podría tirar por la borda, en perjuicio de “la izquierdas” y de quien vaya a ser candidato en 2018 –posiblemente Marcel Ebrard si se honra el compromiso suscrito entre éste y Andrés, no muy caracterizado por cumplir su palabra, el tremendo capital político recuperado. Es en esto donde debían poner las dirigencias partidarias –que parecen invitados de piedra- la máxima atención por mucho respeto que les merezca, y con razón, la fuerza del liderazgo de López Obrador.
Debate
Todos son pecadores como en el pasaje bíblico de la pedrea contra María Magdalena, la mejor estampa de la democracia mexicana. No hemos podido superar los escenarios rudimentarios a cambio de contar con un sistema de cómputo confiable… a partir de los paquetes electorales. Antes es el problema, sin duda, por la manipulación de la pobreza. Esta es la enseñanza terrible, una vez más, de la jornada dominguera.
Por desgracia, nadie se preocupa por extender la vigilancia y estrechar los márgenes en donde pululan los zopilotes facciosos. Y es que estamos en el mismo punto, sin una reforma que verdaderamente nos permita avanzar, desde hace ya varios lustros. Por ejemplo, si se hubiera legislado sobre las segundas vueltas electorales, ahora mismo estaríamos ante la posibilidad de una competencia abierta, menos contaminada por los compradores de votos, en pos de los votos mayoritarios y no tendríamos que subrayar que sólo el veinte por ciento de los empadronados –el 38 por ciento de los votantes- sufragaron por Enrique Peña Nieto. Esto es: la mayoría de quienes acudieron a las urnas, sumando al PRD con el PAN, el PANAL y quienes anularon sus boletas –nada menos un millón ciento noventa mil ciudadanos-, no avalaron al candidato del PRI por lo que, en conciencia, debería amortiguar sus festejos y ponerse a trabajar para ganase la confianza de los escépticos y de los millones que no creen en él.
Pese a ello, de acuerdo a la legislación vigente, tiene suficiente aval para llegar a la Presidencia, sobre todo porque el presidente saliente no ofrecerá dificultades acaso a cambio de no ser perseguido después del primero de diciembre. Es evidente, entonces, cuál es el primer compromiso del candidato vencedor –aún no se le puede llamar presidente electo hasta que exista el dictamen del TRIFE-, para llegar a feliz puerto: “olvidarse del pasado” aunque cambie su estrategia contra el crimen. Por cierto, tal pronunciamiento no cayó muy bien que digamos en los fueros militares, disciplinados sí pero cansados de ser acusados recurrentes. Y esto pone el punto de alto riesgo sobre la perspectiva de la transición… que pudiera no ser tan llana como la de 2000 cuando no se movió ni una hoja del árbol de poder.
La Anécdota
Otro de los aspectos interesantes es el hecho de que, en forma automática, Peña Nieto fuera reconocido como presidente electo –no lo es desde el punto jurídico, insistimos-, por los gobiernos de la Unión Europea, Latinoamérica y, desde luego, Estados Unidos. Peña sólo mencionó el nombre de Barack Obama y a algunas naciones que ya le habían certificado sin esperar siquiera os resultados definitivos que se sabrán hoy ni mucho menos el dictamen final del Tribunal Electoral.
Con el aval estadounidense, pareciera que el proceso institucional estuviera terminado. Tal es el grado de nuestra tremenda dependencia. Lo importante, en todo caso, es que la victoria de Peña ya es irreversible y de nada sirve incendiar las capitales alentando la fobia contra los periodistas y exaltando el fuego juvenil… como en 1968. ¡Cuidado! ¿Quiere o no a México el abanderado de las izquierdas? ¡A demostrarlo!
























