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El Instituto Federal Electoral, creado en 1991 a instancias del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari –mal principio, peor presagio-, se ha caracterizado siempre por anunciar los “candados” contra el fraude comicial, insistiendo en la imposibilidad de cometerlo, y luego ser invariablemente rebasado por los hechos sucintos. La tortuosidad y el ingenio de los mexicanos, inclinados a la defensa de su grupo político, son inmensas, tantas que resulta casi imposible atajarlas. Tal ha sido una obsesión desde aquellos años del salinato, cuando a todas luces un usurpador reinaba y era indispensable “legitimar” un mandato no ganado en las urnas a través de acciones en pro de una democracia lejana –cuando menos había la intención de reformar para tranquilizar los ánimos y no, como ahora, que importa un comino cómo se sofistica la alquimia y se esconden los intereses superiores-. Pero no estábamos, estáticos, en espera de milagros ni éramos condescendientes con las decisiones cupulares.

Antes de las turbulencias, se insistía en el alto grado de confianza de “los mexicanos” en el IFE a grado tal que los cuatro aspirantes presidenciales firmaron, setenta y dos horas antes de la jornada electoral, unj pacto de civilidad política que, se dijo, significaba también el propósito inalienable de reconocer los resultados dados por esta institución. Esto es, sucediese lo que sucediese, los escrutinios se blindaban con la anuencia de postulantes y partidos en un acto sin antecedentes y destinado a elevar la confianza d un conglomerado azuzado por quienes sembraban miedo, hablando de éste –como el inepto secretario de Gobernación, Alejandro Poiré-, o el propio titular del Ejecutivo federal, igualmente torpe. Con ello se pretendía inhibir a los sufragantes con la esperanza de que los adversarios se quedaran en casa para bien del continuismo político derrotado en la campaña por la Primera Magistratura.

Desde semanas antes del primero de julio, pareció clara la intención, de un sector del gobierno, de asegurar los suficientes argumentos –como irregularidades en el veinte por ciento de las casillas y una violencia artificialmente provocada-, para exigir, documentos en mano, la anulación de los comicios y, por ende, la prolongación del estado de cosas –no de Calderón, por favor-, mediano una presidencia interina llamada a convocar a nuevas elecciones. Un verdadero caos que, en cierto modo, confirmaría nuestra hipótesis sobre la urgencia de legislar, de una vez ya, sobre las segundas vueltas electorales en pos de la mayoría de los electores y no de la “primera minoría”, término que venimos arrastrando desde la elección del doctor Zedillo, quien fue el primer priísta que no alcanzó el aval de la mitad más uno de los electores aun cuando se convirtió en el mexicano más votado de la historia, con 17 millones de sufragios en sus alforjas. Dieciocho años después seguimos en la misma línea de las confusiones profundas.

Está claro que el IFE fue absolutamente anulado en 2006 cuando el desaseo, ls tartamudeos de Luis Carlos Ugalde y la imprecisión de los resultados, tiraron por la borda todo propósito democrático y, por ende, la historia no perdonará a los Fox, responsables, en la cúpula de operaciones, de aquel drama político que, por fortuna, se limitó a la instalación de carpas desde el zócalo hasta el Paseo de la Reforma –muchas de ellas sin gente o con “guardias” mínimas que jugaban fútbol en la rotonda del Ángel de la Independencia-, cuando bien pudo extenderse a una conflagración civil de impensables consecuencias… lo mismo que en 1988 cuando Cuauthémoc Cárdenas frenó los intentos golpistas de Porfirio Muñoz Ledo, deseoso de tomar el Palacio Nacional –“para no repetir el ominoso episodio del Cerro de las Cruces”, me dijo-, y conminó a la creación del PRD al que el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), de Heberto Castillo, cedió su registro para que pudiera acceder el nuevo partido rápidamente a la vida institucional bajo el liderazgo de Cuauhtémoc. Fue un ejemplo magnífico de pacifismo útil en medio de una maraña de víboras. Y funcionó, además.

Desde luego, los mexicanos hemos madurado desde entonces aunque algunos analistas, de radio y televisión, abanicados por la inefable maestra Elba Esther Gordillo, sigan señalando a nuestro pueblo como ignorante para subrayar su incapacidad de tomar decisiones y, de allí, la necesidad de tutelarlos orientando el voto gremial o la cooptación mal sana de voluntades débiles –los mendrugos de las despensas o las tarjetitas de débito hasta por mil pesos, estrategias copiadas por todos los partidos y no sólo el PRI, cabe subrayar-, en plena batahola de intereses y reacomodos. Como expresó Rudolph Guliani, ex alcalde de Nueva York, sorprendido por una filmación en la que aparecía él fumando habanos al calor de los jefes de las mayores pandillas de Maniatan y aledaños:

–Si para que haya paz es necesario reunirme y fumarme un habano con el diablo… lo haré.

Y con tal sentencia ganó, por amplitud, su reelección ganándose un sitio entre los mejores ediles del mundo con su exitoso programa “tolerancia cero”… con todo y negociaciones, claro, porque ninguna salida para el flagelo del horror puede ser no concertada. De esta premisa nace la enorme barbarie del sexenio de la violencia –con acumulación de ochenta mil víctimas inocentes –ETA, en poco más de 40 años, mató a ochocientas cincuenta personas en medio del escándalo mundial-, y el cataclismo del presidencialismo tal y como lo hemos conocido. A partir de ahora, las cosas se definirán, lo creo de verdad, de otra manera porque el pueblo –y sobre todo los jóvenes- han decidido vigilar muy de cerca a sus gobernantes sin más prestigio que el mediático.

La jornada electoral no ha terminado, Hay muchas dudas que perviven. La mayor de ellas es que, a pesar e lo sucedido en 2006 –cuando se demostró la existencia de cuatro o cinco laboratorios clandestinos para la compra-venta de sufragios-, el IFE sólo reconoce el fraude a partir de los escrutinios y los paquetes electorales; no respecto a las sinuosas “tareas de campo” con la que se aseguran voluntades entre lo9s depauperados hasta por cincuenta cien pesos, una bicoca para cualquiera pero no para cuantos viven con un dólar al día, aproximadamente dos millones de mexicanos de acuerdo a las mediciones sobre la pobreza de la ONU. La diferencia es, per se, una severa acusación a los políticos contemporáneos y a la sociedad que pretende lavarse las manos con la sangre de los caídos; y se tiñen con ella sin percatarse.

En fin, nadie puede decirse satisfecho por los acontecimientos de la jornada electoral. Quien sostenga lo contrario se hace cómplice de la irreverencia contra la democracia, tan a la vista y tan descarada. ¿Para cuándo las medidas urgentes para evitar que el fraude de la venta de votos se haga antes de llegar a las urnas mediante medios sofisticados de alquimia? El IFE cuenta… sobre hechos consumados.

Mirador

No puede culparse a un partido específico, ni siquiera al ganador, por las truculencias electorales. Por desgracia, la responsabilidad es de todos por igual. En cada territorio sólo variaron las siglas: en el Distrito Federal, núcleo casi colapsado, fue el PRD el autor de los mayores abusos mediante supuestas “políticas sociales” dirigidas a comprar la voluntad de los defeños; en Guanajuato, territorio panista inexpugnable, fue este partido el que hizo de las suyas, abierta y dolosamente; y en algunas entidades del norte, el PRI volvió a su antigua metodología paternalista como la distribución de deswpensas y vales, estrategia similar a las del PRD y PAN donde dominan con claridad.

¿Cómo entonces pueden culparse unos a otros si todos han sido pecadores?¿Se trata de superar el episodio o convertirlo en pretexto para acercarnos, cada vez más, al estado fallido? Recuérdese que, a mayor inestabilidad se aumentan las posibilidades injerentistas de la gran potencia del norte a la que sólo le basta dar un paso para imponerse sobre suelo mexicano. Por ello, claro, se ha hablado tanto del “estado fallido” como una amenaza en cierne sobre nuestras cabezas que nos puede llevar, sencillamente, al caos social. Ya estamos muy cerca de ello porque no son pocos los grupos que cuentan con capacidad de violencia a la par o mayor que la del gobierno, esto es el fundamento para que México sea considerado “fallido” y sea pretexto para una automática i8ntervención desde el exterior.

¿De verdad eso queremos los mexicanos? Los panistas, conservadores de ayer, ya tienen su propia historia al respecto: cuando se trajeron al barbudo enajenado de Miramar para engañarle haciéndole “emperador” contra la República juarista; y pagó con la vida y el desastre de los suyos su osadía absurda. Véanse en este espejo quienes buscan tutelas internacionales porque, sencillamente, han dejado de creer en México.

Por las Alcobas

En fin, ¿cuánto vale un voto?¿Las inversión del IFE dividida entre el número de sufragios obtenidos, con una importante abstención?¿O los cincuenta pesos que se entrega a las amas de casa empobrecidas por la credencial y voto del marido ausente, en la pizca en los Estados Unidos?

Alguien me respondió:

–Vale lo que cada mexicano estima su propia dignidad o valora su hambre…

Por fraseología nunca pararemos.