El destino de la izquierda mexicana no debería estar sujeto al capricho o las circunstancias especiales de una sola voluntad política. Pero lo está. Cuanto haga Andrés Manuel López Obrador a partir de ahora será determinante para ubicar tendencias, perspectivas y posibilidades de quienes representan a los antiguos liberales y creen, a pie juntillas, que la derecha, con la victoria de Enrique Peña Nieto, no ha sido derribada aún sino permanecen los rescoldos del viejo priísmo en el que abrevaron los dos malhadados sexenios panistas. Esta es una crítica de fondo, tremenda, que pone a examen al candidato vencedor mucho antes de convertirse en “presidente electo” cuando lo determine el Tribunal Federal Electoral (TRIFE).
En 2006 se tiró por la borda gran parte dl capital político alcanzado al asumirse una actitud intransigente tras el evidente fraude electoral que encumbró a Felipe Calderón contra el deseo de siete de cada diez mexicanos. No ocurrió como consecuencia de la defensa del voto sino por la impotencia de defenderlo ante las instancias públicas con argumentos jurídicos, y no viscerales, en ausencia de elementos capaces que instrumentaran las causas judiciales y las hicieran valer. Al final de cuentas quienes sufragaron por López Obrador entonces debieron asumir la enorme frustración de no haber contado con una estructura sólida y capaz de garantizar el peso específico de cada sufragio. Y más allá de ello, la protesta callejera fue restando autoridad moral al líder del movimiento hasta reducirlo a la condición de un andarín dispuesto a recorrer hasta el último rincón d la patria violentada.
Ahora, en 2012, la situación es otra. Tres millones de votos separan a Andrés Manuel de la silla presidencial, y tal es irreversible. Incluso ya lo anunció así el presidente del Tribunal Electoral, Alejandro Luna Ramos, quien expresó, con contundencia, que las elecciones se ganan en las urnas y no sobre las mesas de discusión. Más claro ni el agua, dirían los sabios populares. Pese a ello, la torpe insistencia de Andrés y sus consejeros –algunos de ellos con cultura superior a la de éste pero incapaces, acaso por cobardía, de presentarle alguna negativa, digamos Porfirio Muñoz Ledo y Manuel Camacho Solís-, de mantenerse en la intransigencia –lo que casi todos esperaban, salvo cuantos no conocen al personaje central de la trama-, pueden convertirse en gravísimos tropiezos para una izquierda que sólo en contadas ocasiones se amalgama; la mayor parte de las veces se dispersa y pierde.
Nunca, como ahora, la izquierda levantó tanto aun cuando hace seis años tuviera un poco más de porcentaje de sufragios –de 31 a 35 por ciento-. Pero ahora, ganó dos gubernaturas claves –Tabasco, nada menos la cuna de Andrés Manuel, y Morelos, en el centro neurálgico del país y desde donde construyó Zapata el legendario “Ejército del Sur”, tierra revolucionaria la que más que había caído en manos de la derecha por efecto de los malos gobiernos priístas y de la entronización del delito-, arrolló en el Distrito Federal, en donde Miguel Mancera se alzó con medio millón de votos más que los obtenidos allí mismo por el icono López Obrador –un dato que obliga a la reflexión sobre el cansancio que produce la figura del pretendido redentor-, y se situó como segunda fuerza política en el Congreso consolidándose como el gran contrapeso para el inminente gobierno del priísta Peña Nieto. No fue cualquier cosa, máxime si consideramos que el candidato de las izquierdas partió de un rezagado sitio, con escasa credibilidad, y a punto estuvo de situarse a la par del vencedor aunque no le alcanzó el tiempo ni el discurso para ello.
Otra cosa hubiera sido si los legisladores de su partido no se hubieran opuesto, visceralmente, a la reforma política que incluía las segundas vueltas electorales como un imperativo para recuperar la voluntad mayoritaria de los electores y dotar al mandatario de una verdadera legitimidad democrática. En este momento, López Obrador estaría disponiéndose a enfrentar a Peña desde un escenario muy parejo aun cuando el PAN, seguramente, tendería a inclinarse más por el PRI por razones elementales de supervivencia: en los estados den donde priva la izquierda totalitaria, la derecha suele legislar… desde la prisión.
Pero no. Ni siquiera se previeron los antiguos vicios, denunciados por este columnista desde hace seis años cuando descubrió la práctica del “ratón”, esta es la de dar boletas tachadas para recoger y entregar las limpias a cambio de unos pesos y considerando las credenciales de electores de los varones ausentes, por la pizca estadounidense, y ahora se hace de éstos un festín de acusaciones cuando, en realidad, todos son pecadores. Cuando atestigüé lo que sucedió en Guanajuato, en 2006, las manos sucias eran las del PAN, luego habría de observar lo mismo en el Distrito Federal bajo la maraña perredista y ahora se acusa al PRI por las tarjetas de Soriana –una cuestión que debe aclararse no sólo en términos mercantiles, con un acuerdo firmado en 2010 para posibilitar prebendas a los servidores del PRI y la CTM que lo merecieran-, y las derramas de dinero al pie de las casillas.
Por cierto, sobre el tema de las boletas tachadas de antemano para ser canjeadas por las limpias, cabe preguntar: ¿De dónde salieron las sucias?¿Acaso no se nos dijo hasta el cansancio que eran infalsificables y estaban bajo el control del IFE que las custodió hasta entregarlas a los funcionarios de las mesas electorales? Pese a ello, López Obrador, quien elogió al IFE y firmó el acuerdo de civilidad, ahora acusa al PRI por haber distribuido no sólo despensas –lo que también hicieron los otros partidos quizá en menor proporción pero el pecado es el mismo-, sino boletas cruzadas en el círculo priísta. Si López Obrador no lo descubrió a tiempo, declarando que confiaba en el IFE, ¿cómo es que ahora dice todo lo contrario?
No hay congruencia alguna. No la habido en ninguno de los discursos poselectorales de quien se presentó, en su segunda oportunidad, como un aspirante más sensato que había dejado atrás sus años de rebelde singular, con medio pie en el gobierno –con sus senadores y diputados- y la otra mitad desconociéndolo. Desde entonces perdió seriedad y colocó a la izquierda en el abismo. Y en este momento, el dilema vuelve a ser el mismo: dejar las soluciones en manos de López Obrador, despreciando los criterios que no coincidan en su totalidad con los suyos, o anteponer los intereses históricos d la izquierda a los personales de Andrés Manuel. Tal es la única disyuntiva y ésta, por supuesto, depende del valor y el carácter de cuantos se dicen “progresistas” pero sólo sirven para reverenciar a un candidato… como si por sus corrientes no fluyera sangre nueva.
El lópezobradorismo se contradice a sí mismo y se afianza a lo imposible. ¿Alguno de los amables lectores considera posible que Andrés Manuel llegue a la Presidencia en diciembre próximo con base a sus protestas de niño ahogado? Por favor, seamos sensatos: son tres millones de votos de diferencia sumados al hastío de muchos millones más que voltean la cara cuando aparece en imagen el supuesto redentor o extiende su voz a través de los medios radiofónicos a los que también fustiga, salvo excepciones muy contadas, una o dos, por mostrarse incondicionales. ¿Es éste el México de libertades ofrecido?
Debate
La izquierda, ahora mismo, debe velar más por su futuro que por los caprichos, dislates y bravuconerías de quien la representó durante una campaña ya terminada. Lo decimos con la misma vehemencia con la que reclamos la vergonzosa usurpación de Felipe Calderón en 2006 cuando, a todas luces, asumió un mandato ilegítimo que ridiculizó a las instituciones nacionales en el mundo entero; fuimos presentados como una nación bananera más con un personaje asumiendo la Presidencia en un corral de comedias.
Dentro de la violencia y la mala imagen de nuestro país –que resulta muy redituable para los ambiciosos inversionistas dispuestos a comprar lo que se abarata para luego aprovechar las plusvalías-, la consumación de la jornada electoral, con un comportamiento excepcional de la ciudadanía, fue la mejor noticia que sobre México se ha difundido en el primer mundo. Logramos superar el ámbito oscurecido y las amenazas distorsionadas. Y votamos con libertad en la mayoría de los casos aunque siempre habrá, como entre las falenas, hombres y mujeres dispuestos a vender su voluntad a cambio de los mendrugos de las meretrices de la política. La prostitución electoral tiene las mismas características que la física.
Además, como reza el pasaje bíblico, quien esté libre de culpa que arroje la primera piedra. ¿Cuándo lo ha hecho López Obrador fue soslayando sus propios ecados de suficiencia y las malas artes de sus discípulos que también han usado los programas sociales como propaganda inmoral e ilegal? Sin autoridad moral, las palabras se las lleva el viento. Y en este caso, insisto, todos han pecado como para atreverse a alzar la mano contra María Magdalena, en su advocación de democracia.
Mientras más lo razonemos, podremos medir con mayor eficacia la irresponsabilidad de los ambiciosos y los tontos que les siguen.
La Anécdota
Relato una conversación muy reciente con uno de ls editores de mayor prestigio en el país:
-El dilema –le digo- es cómo salvar a la izquierda si vuelve al pantano de la intransigencia…
Después de un segundo, responde:
–No, el conflicto mayor es cómo mandar a López Obrador a su casa sin que siga dañando a la izquierda y su futuro. Si se logra, casi apostaría por la victoria de Marcelo –Ebrard- en 2018. No falta tanto como parece.
























