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A los fundadores del Partido Nacional Revolucionario, fundado por Plutarco Elías Calles, se les ocurrió utilizar los colores patrios para redondear su emblema; y la tradición siguió hasta que llegó el PRI, nieto del PNR y al que varias veces se ha pretendido refundar, cuando menos cambiando las siglas, sin éxito. Acaso el último intento se hizo cuando Colosio, el sacrificado, anunció su iniciativa de “reforma integral del Estado” en donde se incluía, entre otras cosas de enorme interés, limita, por ley, las facultades absolutistas del jefe del Estado Mexicano; tras el magnicidio de marzo de 1994, las ideas se dispersaron, el PRI volvió a concentrarse en lo mismo hasta ceder el poder presidencial seis años después, con el “intermezzo” de un Zedillo traidor a las fuentes que le llevaron a la Primera Magistratura –una conducta bastante parecida a la de los Fox para quienes ha habido gracia y no justicia-, sin dejar de deambular por los corrillos del poder, del verdadero poder.

El caso es que la identificación del PRI con los colores de la bandera, dio pie a innumerables discusiones sobre si tenía derecho este partido al uso de los mismos, que encierran un símbolo nacional cuando ondean como bandera. Por supuesto, este solo hecho facilitó la cooptación de votantes, durante décadas, sobre todo en los puntos más alejados de la capital del país en donde la confusión atraía a las urnas a quienes, por mexicanos, sentían una gran atracción por el verde, blanco y colorado que nos aglutina a todos, sin importar niveles o credos. Alguna vez escuché a un editor mencionar con desprecio al “trapo ese” sin percatarse que a su alrededor las miradas se encendían por la repulsa causada; y es que es difícil jugar a la contra con nuestra conciencia, consolidada con las voces de nuestros padres y maestros en plenitud de amor a la tierra patria… aunque a veces nos duela, como hace unos días.
Nunca debió el PNR ni el PRI hacer exclusiva de tales colores y desafiar aq sus oposiciones desde hace décadas. Los panistas, demasiado limitados siempre por cobardía y su tendencia a las barricadas para protegerse, optaron entonces por llama a sus electores a seguir “al color del manto de la Virgen” para contrarrestar al emblema tricolor. Algunos, sobre todo entre los pueblos más marginados del sur, creyeron en la monserga desafiando con ello a la férrea estructura del poder; pese a ello, no fue suficiente, en materia de manipulación colectiva, aquella audacia pasajera que ahora resucitó Josefina Vázquez Mota, en Monterrey, alegando la riqueza del azul sobre los demás. Pero el arco-iris pasó sin remedio para volver a la realidad sin nada en las manos.

Mal van las cosas de la política cuando a lo largo de la hegemonía priísta, la oposición –sobre todo el PAN- se desgarró voces y vestiduras exigiéndole al PRI e fin de su exclusiva respecto a colores de la patria; se razonó, una y mil veces, acerca de si era honesto hacer tal distinción y otorgarle esta ventaja adicional al partido llamado “oficial” que se dio el lujo de “conceder” algunas reformas para mostrar una mayor pluralidad en el Congreso… hasta que de tantas modificaciones, la realidad lo rebasó. Poco a poco, paso a paso, el PRI fue ahorcándose a sí mismo pero sin dejarse de asirse del pendón tricolor como esencia de nacionalidad que sólo este partido podía garantizar dentro de las turbiedades del monolito político casi inexpugnable.

Mal van las cosas, insisto, cuando, después de doce años, aquella oposición ruidosa, exigente y aparentemente intransigente, ni siquiera movió el asunto de los colores del PRI ni tuvo la menor intención de engendrar una polémica para, siquiera, darle coherencia a su pasado disidente. Al contrario, optó por retomar algunas de las fórmulas priístas –incluyendo la célebre tarjeta para adquirir alimentos y medicinas luego de haber cruzado el emblema respectivo, un invento que tiene sello guanajuatense-, y extenderlas, específicamente en los rubros financieros y de educación, como si ningún revulsivo se hubiese dado en el 2000 y sólo tuviéramos que asimilar los cambios de imágenes, no los de fondo. Así, por desgracia, hasta ahora… dos sexenios después.

Bueno, ni siquiera en este punto –de colores, como reza la letanía de las estudiantinas con fervor y acentuada cursilería-, fue capaz el PAN todavía gobernante de actuar en línea precisa, con la iniciativa respectiva y su capacidad de acordar con las demás fuentes políticas. No se atrevieron, vamos, ni a sugerirlo, por la urgencia de no molestar al PRI en el 2000, cuando era necesario asegurar la tranquilidad la transición, o en el 2006, en vísperas del despertar y del México bronco tras el fraude comicial que marcó, sin duda, el punto de no inflexión para los violentos que se apoderaron de casi todo el país ante un gobierno erróneo, cuya reacción tardía cubrió al territorio nacional con ochenta mil víctimas –según los promedios dados por las organizaciones no gubernamentales-, miles y miles más de cuantas cayeron por la ignominia del genocidio de Tlatelolco. El sexenio de la violencia, el de Calderón, será recordado, sin duda, con mucho más dolor.

Por supuesto, en la misma línea, doce años no fueron suficientes para realizar una gran revisión de nuestra historia, con representantes de todas las tendencias, siquiera para resolver quiénes fueron héroes y cuáles criminales, cuando bien sabemos que es imposible juzgar a priori y con los lugares comunes haciendo el papel del fiel de la balanza para honrar a todos por igual. ¿Qué me dirían los amables lectores si les comento que este columnista considera a Venustiano Carranza, el Varón de Cuatro Ciénegas, el verdadero gran revolucionario porque fue él quien cambió, con una nueva Carta Magna, el orden constitucional al que Madero se sometió en su vano intento por pacificar a una nación encendida?

¿Y si les digo que Juárez fue el gran místico de la historia aun cuando no pocos religiosos lo satanicen por haberle “arrebatado” sus territorios y propiedades ociosas al gran clero?¿O que la antirrevolución fue iniciada por Miguel de la Madrid y sus esbirros –algunos de ellos supervivientes como el execrable Bartlett y el oportunista Gamboa Patrón-, hasta culminar con el entreguismo avieso de los dos últimos sexenios que tanto nos acercaron al estatus de “estado fallido” para posibilitar con ello una mayor influencia, ingerencia y presencia militar de los Estados Unidos en nuestra nación?¿Acaso no es lo que está ocurriendo ahora cuando el polvo se levanta y los prejuicios nos colocan con las espaldas sobre la pared?

Las interrogantes, por supuesto, lastiman, hieren hondamente; pero más aún las respuestas que flotan en el ambiente tras las elecciones pasadas y sus repercusiones en todo el mundo civilizado. Y todo por quedarnos parados en el mismo lugar, sin fe en el futuro, arraigados a los juegos electorales deplorables que han reducido a la política a un pantano infectado con giros intermitentes hacia la derecha. ¿Hasta cuándo?

No son sólo los colores sino lo que la historia misma significa. Los rezagos y omisiones que exhiben la ausencia de valores en el PAN; la ausencia de una transformación integral en el PRI y las salidas callejeras del PRD como amenazas latentes a cuanto pretenda emprenderse. En el mismo punto estamos y como si nada. Hayamos votado o no.

Debate

La ambición del poder va aparejada, en casi todos los casos –y las excepciones que hablen-, a una profunda sed de hacer fortuna sin apenas enseñar las manos. ¡Pero cómo las meten en el erario! A veces recuerdo aquel programa infantil –de Aladino, la crema de cacahuate-, en la que los concursantes trataban de llevarse, con un dedo y luego con dos y tres hasta llegar a las manos llenas, cuantas monedas de oro podían desde un baúl repleto. Ahora, claro, preferiríamos billetes de otras fuentes para asegurarnos la vida o, de plano, oro y plata fundidos como verdaderas e insustituibles reservas personales. Quizá por ello el grupo de Ricardo Salinas Pliego, el de Azteca, prohijó la compra y acaparamiento de la plata mexicana como una de sus mayores inversiones… “patrióticas”. Puro corazón.

El descaro de los ex presidentes es tremendo. Los Fox erigieron su templo faraónico y no les interesó si para ellos negociaban con el “puntero” de la justa presidencial y dejando con la mano al aire a la dama, Josefina, atrapada por sus colaboradores extranjeros… en todos los sentidos. Y ni qué decir de los demás. Digamos que Echeverría, con su “Instituto del Tercer Mundo” –lo resumo para no aburrir a los lectores-, es el antecedente a la Fundación foxista por donde han desfilado presidentes extranjeros y ex presidentes, también quienes fueron aspirantes, como Peña Nieto quien abiertamente me dijo, mucho antes de los comicios, que con el ex presidente con quien tenía menos trato era, precisamente, Ernesto Zedillo:

–Es que él vive fuera y viene poco…

Y, por supuesto, siempre se mantuvo muy cerca de Felipe Calderón aun cuando algunas piezas claves, como Liébano Sáenz –a quien la DEA vigila desde hace tiempo- y el ex gobernador de Coahuila, Enrique Martínez Martínez, quienes no se separaron de Peña a lo largo de su campaña. Como una gran familia con algunos puntos negros en el arroz. Quizá por eso todos se cubren las espaldas.

La Anécdota

Como vamos, la imagen de México parece ir retrocediendo paulatinamente a las nlejanas décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado.

Recuerdo, por allí de 1966, cuando todavía la juventud ardía en la piel, que fui hospedado por varias familias estadounidenses, una de ellas de Washington. Por fortuna, siempre ganábamos los mexicanos cuando jugábamos Soccer. Un día, uno de mis compañeros me dejó anonadado:

–¿Sabes? Me gustaría mucho conocer México, pero tengo un problema.

–¿Cuál es? Por lo general no hay trabas aduanales…

–No, no es eso. Es que no sé montar a caballo…

Estamos muy cerca de que vuelvan a vernos con aquellos ojos a la vista de nuestras conflictivas internas penosas.