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Tengo la impresión de que Andrés Manuel López Obrador, a quien no puede negarse que hizo un buen papel como jefe de gobierno del Distrito Federal aplicando políticas sociales gracias a las cuales sigue colectando millones de votos en el Distrito Federal –aunque medio millón menos que el virtual nuevo titular del Palacio del Ayuntamiento, Miguel Ángel Mancera-, fue otro a partir de que, el 20 d noviembre de 2006, aceptó colocarse una banda tricolor de utilería para autodesignarse, bajo el clamor de miles de incondicionales incapaces de llevarle la contraria, presidente legítimo así tuviera razón para señalar como espurio a Felipe Calderón. Pero la política no debe ser ciencia apropiada para histriones aunque todos los que la ejercen tengan algo o mucho de actrices y actores.

Aquel día, el tabasqueño no sólo desconoció a la administración entrante, la de Felipe Calderón repudiada por la mayor parte de los mexicanos, sino también inició una larga campaña en la que no dejó de visitar uno solo de los municipios del país, incluso las rutas controladas por las narco-guerrillas o los grupos sublevados con pretensiones vindicatorias –como La Familia michoacana-, sin publicitar gran cosa sus andares al grado tal que le calificaban como misionero quienes más cerca de él estaban.

Lo anterior, es evidente, significaba una severa contradicción: se mostraba como “misionero” quien se formó bajo el signo de las sectas desarrolladas en Tabasco como en ninguna otra entidad –”Destapes”, Océano, 2004-, y llamaba a los panistas, de manera genérica, “la iglesia”, para señalar su repulsa al partido y al clero, en un paralelismo confuso que no terminaba de explicar, y andaba por los caminos de México, obcecado, en busca del culto público, sobre todo entre los humildes, para construir así su propio nicho. Mientras las encuestas y las apuestas jugaban con él a perdedor. Y él seguía andando.

Por eso a muchos sorprendió su crecida cuando se le exhibió como rezagado, detrás de priístas y panistas, al inicio de la justa por la Presidencia de la República; no midieron, claro, ni las casas encuestadoras, los efectos de ese picar piedras hasta en los últimos jirones de la patria hastiada de engaños y de olvidos. Pero, hubo una diferencia sustantiva respecto a los comicios de 2006: aquel año, Andrés ocupó la “pole position”, el primer sitio en el arrancadero, y se dejó alcanzar si bien los laboratorios regionales panistas desplazaron una banda de un millón de votos –la mitad a favor de Calderón y la otra en contra de López Obrador-, para defraudar a la “primera minoría”, concentrada en poco más del 35 por ciento de los votantes, al tiempo que la mayoría, al juntar los sufragios de los adversarios, le rechazaba. Calderón, en condiciones parecidas, no ganó la elección considerando la influencia decisiva de la Presidencia y los poderes fácticos quienes elaboraron la célebre “campaña negra” que para el Tribunal Federal Electoral fue incorrecta pero “no determinante” en el resultado de la elección. Una vergüenza que todavía no se extingue por la rabia de los afectados. Y con razón sobrada.

A diferencia de entonces, López Obrador, con un capital político en apariencia deteriorado, comenzó su trayecto desde abajo y debió intentar alcanzar al puntero de la justa… pero no pudo hacerlo, se quedó corto, por el ajuste de los noventa días de proselitismo. ¿Qué tal si los perredistas hubieran aprobado la reforma política que estructuraba y bendecía las segundas vueltas electorales? No habría ahora tanto mitote y Enrique Peña y Andrés Manuel estarían dirimiendo diferencias en las urnas y no ante el tribunal correspondiente. Mal les salieron los cálculos.

Otra de las grandes incongruencias de López Obrador, al lanzar el Plan Nacional en Defensa de la Democracia y la Dignidad –una denominación que rebasa los pobres argumentos para la defensa de una elección contaminada, como lo han sido todas, en cuestiones de excesos presupuestarios y carruseles de votantes como lo han hecho todos los partidos, incluyendo los quejosos de las izquierdas que así actuaron en el Distrito Federal-, es que ahora conceda a los más necesitados la medalla de la corrupción al asumir que “cinco millones de sufragios” fueron consecuencia de la compra-venta de voluntades en el 35 por ciento de las casillas en donde votan los más pobres. ¿No les pidió a éstos que “aceptaran todo” y luego votaran libremente?¿Y sí así lo hicieron?

Algo más, de la mayor importancia: Andrés Manuel, cuando desempeñaba la jefatura del gobierno defeño, insistió en defender a “los pobres” de las acusaciones del focismo en cuanto a que allí se concentraba el campo propicio para los crímenes. Con vehemencia, el entonces funcionario insistió que tal era tanto como difamar a quienes menos tenían aunque era necesario atacar las tremendas desigualdades para evitar la cooptación por parte de los grupos delincuenciales. Y ahora acusa a los menesterosos de venderse, compartiendo culpas con quienes supuestamente compran –el tabasqueño, ahora perredista, Arturo Núñez Jiménez, señaló que es imposible seguir a cada sufragante hasta las mamparas en donde se vota en secreto-, como si la miseria fuera el factor en donde se engendra la corrupción. ¿Tal es la alegación de quien insiste en la cruzada por los pobres como camino para evitar estallidos de violencia ante la ominosa negligencia de la derecha todavía en el poder?

Sería muy interesante que lo explicara aunque, por el solo hecho de complicarle las ideas, este columnista sea estigmatizado por los incondicionales del intocable a quien jamás he negado su condición de liderazgo –acaso el último que debe ser considerado “natural” y no por imposición-, y su extraordinario poder de convocatoria que le llevó a obtener más de 15 millones de sufragios cuando tantos le daban por muerto. Por desgracia, sé, de antemano, que no responderá porque, sencillamente, se enerva ante los cuestionamientos incómodos… y los evade alegando que quien pregunta es parte de una nueva conjura en su contra. En realidad, entre todos los mexicanos, el único que tiene la capacidad para conjurarse es él, nadie más, porque muchos le agradecen, con excepcional lealtad, pensiones y bonificaciones justicieras. La fidelidad de los humildes es la grandeza de México.

Una más. Nadie tiene derecho, por capricho, arrogancia o obstrucción cerebral –esquizofrenia le llamarían los especialistas-, a desestabilizar el país con argumentos insostenibles y claramente tendenciosos. ¿Exceso de gastos?¿Y acaso la izquierda no derrochó lo suyo al amparo de Carlos Slim Helú a quien López Obrador no toca ni con el pétalo de una rosa a pesar de su condición de primer multimillonario del mundo?¿Lo considerará de izquierda por su amistad con el socialista Felipe González Márquez, ex presidente del gobierno español?

Un militar, general en retiro y amigo personal, me dijo, al oído, algo que no puedo dejar de mencionar:

–Debiera establecerse que los partidos que atentan contra la paz social, con montajes insostenibles y balandronadas infames, perdieran su registro. Así se andarían con más cuidado a la hora de abrir la boca con discursos provocadores que crispan a la sociedad.

Tanto peca el que amarra la vaca, como la misma vaca, decía Monsiváis.

Debate

Debemos subrayar que las divisiones al interior del ejército –también por la confrontación soterrada con la marina-, puede complicar enormemente la transición política, en niveles incluso mayores a las protestas callejeras de los lópezobradoristas y los grupos juveniles, tan frescos y rotundos en un principio pero después infiltrados por desgracia.

En 2000, cuando cayó el PRI bajo el fenómeno foxista, el ejército expuso condiciones y se las cumplieron cabalmente aunque se rompiera la cadena de mando y el nuevo mandatario optara por un personaje de mayor jerarquía a los generales diplomados de Estado Mayor que esperaban el relevo; hoy, las cosas están más tirantes, sobre todo después del asesinato del general Mario Acosta Chaparro –muy señalado hace años por ciertas tareas sucias en el litoral del Golfo-, y la insólita aprehensión del general Tomás Ángeles Dauahare. Sobre éste último, algunas de mis fuentes castrenses, me han dicho:

–No le extrañe que salte del “arraigo” –porque no ha sido llevado ante la justicia militar, por cierto, como corresponde-, a la titularidad de la SEDENA. Porque él sabe, muy bien, quiénes son los traidores.

Otro aspirante es el general Roberto Miranda Sánchez, quien fuera jefe del Estado Mayor Presidencial en el sexenio del deplorable Ernesto Zediño. Por lo que parece, el zedillismo está en plenitud –ya lo estuvo con Calderón-, e influirá notablemente en el futuro inmediato. Abundaremos.

La Anécdota

Joe Arpaio, hijo de inmigrantes italianos es llamado “el scheriff implacable” sobre todo por sus actuaciones prepotentes contra los llamados “indocumentados” mexicanos, y ejerce sus funciones en Maricopa, Arizona, en donde se dio cabida a los “minuteman” con permiso de cazadores de hombres cuando detecten a los emigrantes ilegales.

Resulta que ahora, en una de las series televisivas de los Estados Unidos recién estrenada, “La Policía de Maricopa”, se exalta la labor de quienes están al mando de Arpaio justificando los arrestos de mexicanos y centroamericanos que resultan sospechosos por montar en bicicleta por la noche. La xenofobia se arraiga, cada vez más, en los estados sureños de la Unión Americana.