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Los espías se espían, saltando generaciones y alternancias, como prueba irrefutable no sólo del continuismo evidente sino también del desarrollo de las mafias y cofradías, esto es como si viviéramos una nueva versión del Estado-policía, de corte neoliberal, con acentos autoritarios y procedimientos contaminados por las complicidades. No se trata de ser panista, priísta o perredista sino de identificarse, debajo del agua, con alguna de las corrientes dominantes en la erosionada estructura gubernamental.

Los enlaces soterrados, sin distingo de filiaciones, han sido exaltados, una y otra vez, por López Obrador y cuantos le secundan aun con escasas aportaciones documentales y excesos retóricos que, a la larga, han resultado fastidiosos y en algunos momentos grotescos. El pertinaz señalamiento sobre una “complot” monumental entre algunos de los personajes claves de la historia reciente del país –Salinas, Diego, los Fox y Calderón-, sólo ha dado cauce a la parodia y a la consiguiente caricaturización de lo mismos en plena escalada de descalificaciones. Una nueva cortina de humo para ocultar los enlaces comprometedores a una disidencia torpe, incapaz de reunir pruebas fehacientes y frecuentemente desdeñada por embustera.


Los hechos, no obstante, confirman per se algunos de los más encendidos señalamientos. Así, el presidente de la mesa directiva del Senado, el priísta Manlio Fabio Beltrones, sucesor en el relevante cargo legislativo de Diego Fernández de Cevallos, ex candidato presidencial panista quien vendió cara su fidelidad a los Fox, agitó con fuerzas las aguas ya de por sí turbulentas de la vida institucional al asegurar, y demostrar incluso, haber sido vulnerado por espías al servicio de los organismos de “inteligencia” del gobierno federal en concreto el CISEN que heredó los archivos de la tristemente célebre Dirección Federal de Seguridad.

Lo curioso del caso es que Beltrones, en su condición de subsecretario de Gobernación bajo la tutela del legendario Fernando Gutiérrez Barrios, esto es en los primeros años del salinato trágico, fue uno de quienes mejor conoció y utilizó las cuestionables redes de “investigación” con la cual se “controlaba”, a decir de quienes ejercían tales funciones, a cuantos podrían representar un riesgo para la cúpula del poder por el peligroso delito de pensar y ejercer la libertad de expresión. No hubo líder de opinión que no fuera motivo de análisis. Incluso llegó a decirse, como desahogo, que si no se tenía un expediente en la corporación citada no se era nadie en México. Y en ello basó Gutiérrez Barrios su celebridad con Manlio como testigo y alumno aventajado. Y de estas fuentes salió para convertirse en gobernador de Sonora, la entidad natal de Luis Donaldo Colosio, sacrificado como Beltrones fungía como mandatario y debía guardarse ciertos episodios comprometedores, según decía, para preservar los intereses regionales a su cuidado. Otros podrán concluir que ésta era la mejor forma de evadirse de las sospechas.

La memoria histórica contra la amnesia colectiva. No faltarán quienes insistan en que no debe escarbarse en el pasado para desacreditar la denuncia de un senador en ejercicio, líder además, por sentirse hollado en su vida privada por los curiosos que acaso luego pretendan chantajearlo. ¿Será éste el fondo de la controversia?¿O acaso se estimó, en las alturas del poder, que el peligro del mismo deviene de sus enlaces subterráneos y los consiguientes compromisos adquiridos para torcer los veneros de la política todavía más?

El asunto, no debemos soslayarlo, toma rumbo cuando se negocia, entre las bancadas del PAN y el PRI, la controvertida reforma energética que mantiene a otra corriente partidista, la del PRD, en la calle y con amagos de rebelión de altos decibeles. No es especulativo apuntar que los chantajes mutuos se elevan cuando el gobierno da muestras de vulnerabilidad patentes y requiere de empujones y acuerdos claves para asegurar el destino de sus iniciativas espinosas. En esta línea, la posición del senador Beltrones encaja a la perfección.

Tampoco debe soslayarse que el ex gobernador de Sonora chocó de frente con otro de las figuras del presente mexicano con larga secuela entre distintos partidos, Manuel Camacho Solís, uno de los consejeros más cercanos de López Obrador y ex salinista de quien se decía formaba parte del grupo de los “químicamente puros” hasta que sobrevino la nominación de Colosio y su brevísimo conato de rebeldía amortizad por el nombramiento como Canciller perentorio –lo fue unas semanas- antes de entrar de lleno a una controversia distinta, mediando, nada menos, con los sublevados del EZLN en aquellas negociaciones en la catedral de San Cristóbal de las Casas. Allí, por cierto, le “sorprendió” el magnicidio de Lomas Taurinas.

Beltrones y Camacho mantienen su enfrentamiento desde hace muchos años. Se miden el uno y el otro porque cada cual asegura tener información suficiente para desnudar al adversario y colocarlo en posición extremadamente delicada… pero sin atreverse a dar el paso definitorio. Más bien han optado por los rounds de sombra mientras las condiciones se acomodan. ¿No es tal indicativo de cuanto podría estar negociándose detrás de bambalinas con el pretexto, siempre socorrido, del espionaje? Porque, además, se denuncia éste pero no se sabe el sustento del temor de quien formula la querella a ser descubierto. Por aquí debería comenzarse.

Debate

A la opinión pública pretende manejársele según soplen los vientos. Por ejemplo, durante la fase final del foxismo, cuando se tendieron infinidad de trampas para comprometer y desfondar a los postulantes a la Primera Magistratura –a todos ellos, incluso los precandidatos del PAN-, se obviaron los métodos de espionaje para exaltar la gravedad de los señalamientos contra, por ejemplo, el empresario argentino Carlos Ahumada de la misma manera como se había usado el caso del yucateco-tabasqueño Carlos Cabal Peniche como punta de lanza contra Roberto Madrazo. Los métodos se tocan cuando las complicidades se extienden más allá del estrecho campo de la política partidista.

Sin embargo, tiempo atrás, cuando Fidel Castro difundió aquella comprometedora conversación con Fox en el preámbulo de la “cumbre” de Monterrey, el gobierno mexicano centró su interés en la grabación que vulneró los protocolos diplomáticos y no, desde luego, en la evidente colusión del presidente mexicano con su “colega”, más bien su patrón, estadounidense a quien servía de manera lacayuna: “Comes y te vas”. Cuando el diferendo llegó al escándalo, los voceros y operadores foxistas optaron por cerrarlo, de manera discrecional, para no abundar en los soterrados compromisos que Castro insinuaba.

Es decir, el espionaje se sobrevalúa o devalúa de acuerdo a las circunstancias y al manejo operativo de quienes mueven los hilos conductores de la vida nacional. Por momentos puede parecer intrascendente grabar, con subterfugios evidentes, una conversación privada si tal llevará a la confirmación de una amenaza “contra la seguridad del Estado” –siempre tal juicio estará registrado de acuerdo a la tendencia personal de quien lo suscriba-, y en otros casos, en cambio, será el motivo, el fin, de una compleja interrelación entre los responsables del gobierno y sus pretendidos aliados que reclaman mayores tajadas del pastel. Así se ha construido, por desgracia, el pluralismo en México.

Cuando estallaron los video-escándalos, con los dirigentes políticos de oposición en jaque, expresamos que debíamos, primero, descubrir la maraña gracias a la cual se había tendido la trampa, en apariencia infantil por lo rudimentaria, destinada a noquear al adversario de mayor alcance en la carrera por la sucesión presidencial. En sentido contrario, se minimizaron los métodos y se exaltaron sus efectos, esto es los sobornos en flagrancia, para descalificar a los protagonistas y a sus jefes políticos. Desde ese momento fue claro que el móvil era más bien una vendetta con el sello del poder central. Y no volvió siquiera a mencionarse la gravedad de tender redes de espionaje como si estuviéramos situados en los deplorables escenarios del fascismo mussoliniano.

Ninguna diferencia, claro, con las proezas de la Dirección Federal de Seguridad cuando, Gutiérrez Barrios, primero, y Fabio Beltrones, después, manejaban a su antojo los hilos conductores.

La Anécdota

¿Han visto, amables lectores, la película “Bandidas” protagonizada por tres rutilantes estrellas de la farándula actual? La trama se queda corta si de referentes se trata sobre las consecuencias de las conjuras femeninas desde el poder central.

Tres mujeres se conjugaron, también se conjuraron, para modificar el estado de cosas: Martita la de Chente, Elba la de Cucky, y Chayito la de Ahumada. Para ninguno de mis amables lectores les serán desconocidos apellidos y perfiles. Estoy seguro.

Las tres, como gotas de agua entre las estructuras de distintos partidos –entonces el PAN, el PRI y el PRD-, maniobraron en el sexenio anterior para emboscar a sus odiados enemigos. Y quien les hizo el juego fue, nada menos, Eduardo Medina-Mora Icaza, quien fungía como director del CISEN y fue antiguo discípulo de Pedro Ojeda Paullada a quien el ex presidente José López Portillo colocaba a la cabeza de la lista de los “saca-dólares” en 1982.